Individualmente, todos tenemos nuestros propios miedos, con los cuales vivimos cotidianamente: miedo a la soledad, a la muerte, a las arañas, a la oscuridad, a la pérdida de un ser querido.
Individualmente, todos tenemos nuestros propios miedos, con los cuales vivimos cotidianamente: miedo a la soledad, a la muerte, a las arañas, a la oscuridad, a la pérdida de un ser querido.
La lista sigue y sigue, ya que existen miedos de todo tipo, sumamente variados dependiendo de la personalidad de cada sujeto.
Pero, ¿qué pasa si analizamos el miedo en masa, dentro de una sociedad?
De repente, la lista se reduce, y los miedos se comparten entre cada individuo que forma parte de la colectividad.
Vivimos una época en la cual el desempleo, la creciente desigualdad y la irresuelta inseguridad han ayudado a germinar en la población un temor a gran escala, que se ve reflejado en el aumento del individualismo y el prejuicio social entre las diferentes clases.
El miedo, al igual que la esperanza, tiene poder para modificar las actitudes y acciones de la ciudadanía ante los peligros, sean reales o imaginarios.
Por lo tanto, el miedo político es un instrumento de control social sumamente poderoso.
Este fenómeno da lugar a la dominación del pueblo, es decir, al ejercicio de un poder efectivo, ya que las personas no tenemos más salida que obedecer a las órdenes de nuestros representantes.
En muchos casos este poder es legítimo, ya que estas autoridades llegaron a sus cargos democráticamente.
De esta forma, queda en evidencia cómo el miedo no es patrimonio exclusivo de las tiranías sino parte esencial de cualquier relación de dominación, incluso de una democrática, como bien expresó el periodista y politólogo José Natanson.
Los candidatos manejan los temores que inquietan al pueblo. Nos invitan a confiar en ellos, en una especie de contrato social, y nos prometen soluciones que luego nosotros votamos con la esperanza de que la situación cambie.
Claro ejemplo de esto son el ex gobernador de Mendoza, Celso Jaque, quien basó su campaña política en "el mapa del delito" anunciando erradicar la inseguridad en 6 meses; y el caso del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien prometió construir un muro en la frontera que comparte con México, con el afán de poner fin a la inmigración ilegal y al terrorismo, llegando de esta forma al poder.
Sin embargo, no necesitamos recorrer tantos kilómetros ni volver tantos años atrás para analizar una realidad víctima del miedo político, basta con conocer lo que pasa hoy mismo dentro de nuestro propio territorio.
Los secuestros y desapariciones son noticias que están a la orden del día, sembrando en la gente el miedo de salir a la calle y, días después, acabar en las noticias.
Lo que sucedió con Santiago Maldonado es una muestra del miedo que pueden generar las autoridades en el pueblo, haciendo posible la creación de un sentimiento de desconfianza en el propio Estado.
Nuevamente se aprecia la veracidad de lo escrito por Natanson, quien manifiesta acertadamente que el miedo es inherente al poder, ya que no hay autoridad política sin miedo, porque el miedo es prepararse para obedecer.
Ante el uso indiscriminado de esta potente herramienta política, nos queda una sola cosa por hacer: combatir de frente con esperanza e información.
Debemos enfrentarnos al miedo, salir a la calle y comprobar nosotros mismos lo que está sucediendo y sacar nuestras propias conclusiones, teniendo al juicio propio como arma principal.
No debemos creer todo lo que dicen los medios, ya que como bien sabemos, muchas veces ocultan diversas intenciones.
Es fundamental observar uno mismo la situación que se está viviendo, y sobre todo, analizar las intenciones y la veracidad de las propuestas políticas de los candidatos a la hora de votar.
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.