21 de febrero de 2016 - 00:00

El kirchnerismo, flor de invernadero

Habiendo perdido la presidencia por menos de tres puntos, Cristina Fernández de Kirchner supuso que ella se quedaba con prácticamente la mitad del país a su disposición. Tenía su lógica, la única líder del peronismo hasta el 10 de diciembre era ella, porque todos los demás con pretensiones debieron quedarse callados, humillarse ante la reina o retirarse del movimiento.

Aparte ella era también líder del Frente para la Victoria, algo que suponía mucho más grande y mejor -cualitativamente hablando- que el peronismo, porque lo incluía a éste pero sólo para que hiciera número, con sus jefes territoriales casi en estado vegetativo al depender absolutamente de si Cristina les abría o les cerraba la canilla de los recursos.

Fue tan implacable que ni siquiera dudó en volver inviable Santa Cruz, su provincia, porque el gobernador no se subordinaba todo lo que ella quería. Volvió inviable también Buenos Aires, para que a Scioli no se le ocurriera liberarse de su sumisión. Y ni qué decir de Mendoza, que cuando el PJ local, de puro susto, desdobló las elecciones, Cristina condenó a la inanición al gobierno local, aportando como nadie a la quiebra del mismo.

Condenó a Paco Pérez, al PJ local y a Mendoza a la hoguera de sus pasiones, como hizo en todos lados, para que en su jardín no creciera ningún otro pasto que el suyo.

En síntesis, con tanto poder confiscado, licuado, destruido, cooptado, no quedaban en esa mitad menos uno del país más que Cristina y los suyos, esos poquitos fanáticos y esos otros poquitos que se disfrazaban de fanáticos para convertirse en privilegiados del poder disimulando, además, con su falso fundamentalismo sus evidentes mediocridades.

Sin embargo, en poco más de dos meses sin gobernar el país, y sin que aún el PJ haya podido desplegar nuevos liderazgos por el aplastamiento que sufrió a manos de Cristina, el kirchnerismo está teniendo serias dificultades para siquiera respirar fuera de los palacios que ya no ocupa. Como una flor de invernadero que al salir del jardín artificial no soporta el aire natural de la vida y se marchita indefectiblemente.

Es que el kirchnerismo siempre fue flor de invernadero, esa es su verdadera originalidad histórica. Como nuevo rico heredero, nada propio ni meritorio hizo para llegar donde llegó, sólo colgarse de los mismos políticos que empezó a traicionar al minuto siguiente de ocupar el gobierno.

Néstor Kirchner sacó menos votos propios que cualquiera de los otros cuatro candidatos con posibilidades que se presentaron en 2003 (Menem, López Murphy, Carrió y Rodríguez Saá). Pudo salir segundo, detrás de Menem en la primera vuelta, por los votos que le prestó Duhalde y el aparato del PJ en el gobierno. Sin ellos, Néstor Kirchner hubiera terminado en último lugar.

Luego pudo travestir como ideología de gobierno a la sostenida por grupúsculos que por sí solos no hubieran podido conquistar ni una concejalía. Grupúsculos sin más contacto con la realidad política que la que se podría derivar de algunas áreas artísticas e intelectuales criticonas o de algunos políticos retirados, casi jubilados de la vida, que habiendo tenido su oportunidad en la primera mitad de los años 70 y habiendo fracasado estrepitosamente, buscaban -ya casi sin esperarla- una revancha histórica que les vino por absoluto milagro cuando un líder feudal peronista los necesitó para vestirse con sus pensares, ya que los suyos de patrón de estancia -tal cual los mostró en Santa Cruz- eran impresentables a nivel del país entero.

Hacer que un pensamiento de minorías se apoderase ideológicamente de un movimiento de mayorías fue posible ya que luego de 2001-2 en la Argentina no existía ninguna tradición política que proseguir o a la cual oponerse ya que la política había volado por los aires. Eligió la del progresismo que dominaba en los medios, en parte de la cultura culturosa y en algunas facultades, y los sedujo con mucho menos de lo que hubiera costado representar a una clase social.

Total proponer una revolución o lo que fuera daba lo mismo en ese entonces porque nada en serio se podía hacer en un país quebrado. Era gratis todo lo que se hablara. Y eligió al sector social que pese a su cultura por encima del promedio, tenía la mayor propensión a creerse sus propias mitomanías y una ignorancia casi supina de las cosas del poder, por lo cual con muy poco se los podría cooptar. Bastaba, en particular, con halagarles su profunda vanidad.

Néstor quiso quedarse con el peronismo para destruirlo desde adentro o para transformarlo en una continuación de su personalidad. Pero, peronista al fin, se dio cuenta de que el peronismo era inconquistable, no por rebeldía de sus miembros sino por inercia disfrazada de sumisión al poderoso del día.

El peronista ortodoxo dice siempre que sí al que tiene coyunturalmente el bastón de mando del movimiento, pero se prepara para continuar en contra de aquel al que le dijo sí cuando éste empieza a perder poder. Como Kirchner eso lo supo siempre, murió intentando la única posibilidad de perpetuidad que le quedaba: proseguirse indefinidamente en la presidencia con su esposa, como los Rodríguez Saá en San Luis. Pero se murió y con él, su intento. Quedó un jardín artificial que su esposa regó con fruición.

Cristina fue la heredera flor de invernadero de Néstor, el que llegó a la cima sin merecimiento ni esfuerzo propio algunos. Cristina avanzó aún más en esa línea y entonces inventó La Cámpora, la flor de invernadero más grande jamás vista, creada solamente desde la prebenda estatal.

Cuando a la flor de invernadero le falta el agua y los cuidados del jardín artificial, comienza a morir porque afuera no puede respirar. Eso es lo que está pasando con el invento más artificioso que ideó la democracia argentina, el kirchnerismo, del cual se registran pocos antecedentes, porque casi todos los otros presidentes representaban una parte de la realidad social, mejor o peor. Buenos o malos representantes pero representaban algo desde antes de llegar al poder, mientras que los kirchneristas subieron por otros, no por sí mismos.

Eso no implica que Néstor haya sido un tonto, porque al llegar al gobierno lo supo transformar en poder con gran talento, primero recuperando la autoridad política perdida, su gran e innegable mérito histórico, pero también por ser extremadamente hábil al convertir los pecados argentinos en la materia prima con la cual construir su “virtud” política. Fue talentoso por demás en crear poder a través de la ilusión de un falso hiperconsumo mediante el subsidio y la inflación, dos cosas que le encantan a la parte mala de los argentinos.

El kirchnerismo es un fruto de los privilegios del Estado. Del Estado adonde se llega por el esfuerzo de otros y después se lo usufructúa solo para ellos mismos.

Esa mezcla de caudillismo feudal y de progresismo populista es algo que llegó por Kirchner, que se apoderó de un PJ sin ideas y sin más vocación de poder que permanecer en él a costa de lo que fuera, y que luego quiso colonizar el Estado mediante la militancia rentada de La Cámpora, Justicia Legítima y varias creaciones artificiales que no pueden sobrevivir fuera del Estado. Para ellos el empleo público es como para el pez el agua. Sin él se mueren.

El peronismo clásico pudo haber tenido muchos defectos, pero fue un drama histórico con basamentos sociales reales, mientras que lo que vivimos esta última década fue una estudiantina que se la pasó tirando manteca al techo con la plata de los buenos precios internacionales y cuando éstos se acabaron, la estudiantina se acabó con ellos.

Y entonces volvemos a la cruda realidad, algo insoportable para los miles de miles que subsidiados con el empleo público vivieron esta década como una benemérita y benéfica revolución sin riesgos, con infinitos privilegios porque no tuvieron ningún enemigo enfrente contra el cual luchar en serio, pese a que trataron de inventarlos todos los días para justificar su revolución de historieta.

Mientras ésta sea la oposición, Macri no tiene más destino que crecer, porque hasta sus errores serán tapados por esta Armada Brancaleone que el día que deje de contar con el apoyo del peronismo territorial pasará a ser nada más que un fenómeno que convoca gente en recitales musicales y en algunas asambleas en las facultades de ciencias sociales.

Sabedor de ese peligro, ni lerdo ni perezoso, el kirchnerismo mendocino esta semana pasó a llamarse Peronismo para la Victoria. Antes querían mostrar la menor conexión con el peronismo clásico, al que despreciaban. Entonces eran el Frente para la Victoria. Pero ahora saben que sin el peronismo su jardín de invernadero se marchitará, y por eso le agregan la palabra maldita a su agrupación. Picarones.

En fin, si el kirchnerismo hubiera transformado seriamente al peronismo en una variante racional de centro izquierda hoy vería al macrismo como una variante de centro derecha a la cual oponerse racionalmente. Pero al haberse creído que eran lo que decían, al haberse creído revolucionarios en curso, hoy ven al macrismo no como una oposición ideológica democrática, sino como su contracara aterradora. Si ellos fueron los santos -que no lo fueron- los macristas son los demonios, que no lo son.

Por lo tanto, como sólo lograron ser la mera caricatura de un progresismo o una izquierda en serio, ahora ven al macrismo como una caricatura invertida de ellos mismos.

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