18 de mayo de 2019 - 00:00

El juez que fue juzgado - Por Luciana Sabina

Salvador María del Carril supo manejar los hilos de la historia desde las sombras, siendo autor intelectual del fusilamiento de Dorrego.

Al observar el lamentable papel que la Corte Suprema de la Nación protagonizó durante las últimas horas, viene a nuestra memoria la figura de Salvador María del Carril, uno de los primeros miembros del organismo fundado en 1862, bajo la presidencia de Bartolomé Mitre. Cuyo comportamiento distó por momentos de ser honorable.

Según Lucio V. Mansilla, del Carril era hombre de “estudiada sencillez”, con manos “pulcras, cuidadas las uñas color rosa, ni cortas ni largas, lo mismo que las de una dama de calidad”, manos que daban “frío al tocarlas, un frío que venía muy de adentro”; sus labios “algo gruesos, casi siempre un poco apretados, como para que no se escaparan sus secretos…  ”.

De origen sanjuanino, su participación en la vida pública nacional constituye una de las más extensas de las que exista registro. Siempre al frente de grandes empresas, lo encontramos como ministro durante la presidencia de Bernardino Rivadavia. Las decisiones económicas que impulsó entonces fueron duramente criticadas por Manuel Dorrego, quien terminó desplazándolo del poder. En 1853 hallamos su firma entre la de los diputados que sancionaron la Constitución Nacional; poco después, acompañó a Justo José de Urquiza como vicepresidente -convirtiéndose en el primero de nuestra historia- y al crearse la Corte Suprema ocupó uno de sus cargos, quedándose años más tarde con la presidencia, hasta jubilarse en 1877.

A pesar de estos servicios prestados al país durante años, detrás de aquellas fachadas institucionales, del Carril supo manejar los hilos de la historia desde las sombras. Siendo autor intelectual del fusilamiento de Dorrego en 1828. Pretendió llevarse el secreto a la tumba y estaba a punto de conseguirlo, pero en 1880 el historiador Ángel Justiniano Carranza encontró una serie de cartas que lo incriminaban.

En estas presiona a Lavalle para fusilar a Dorrego, exigiéndole que tras leerlas las eliminara. Algo que Juan Galo no hizo. Carranza las halló y Mitre las publicó en su diario, produciendo un verdadero escándalo: podía leerse al respetable juez confesando que “si es necesario mentir a la posteridad, se miente…  ”.

Instigador y cómplice del primer crimen político nacional, el sanjuanino, no se pronunció al respecto y falleció dos años más tarde. Lavalle dejó de cargar con todo el peso de aquella muerte que tanto lo atormentó en vida.

Al morir del Carril, su viuda -Tiburcia- recibió parte de la enorme fortuna y desde entonces dejó de sufrir la miseria a la que estaba sometida. No se dirigían la palabra desde hacía veintiún años, después de que él hiciera publicar una carta —en varios medios gráficos— comunicando que no pensaba hacerse cargo de las deudas de su mujer. Como última voluntad, Tiburcia pidió que su busto fuese colocado de espaldas al de Salvador María porque seguiría enojada aun después de muerta.

Actualmente, la pareja constituye una de las visitas obligadas del cementerio en Recoleta, donde podemos verlos aún de espaldas. Paradójicamente a lo que no pudo dar la espalda aquél juez fue a la verdad, vivió para ver su nombre hundirse en el fango de la historia. ¿Sucederá lo mismo con nuestros actuales magistrados? Sinceramente, esperamos que no.

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