2 de marzo de 2019 - 00:00

El hilo de Ariadna - Por Jorge Sosa

“Me pongo en tu lugar”, dice el tipo cuando el otro le ha confesado que está atravesando un mal momento. Y no puede. Nadie puede ponerse en el lugar del otro. Hay una ley irrefutable de la física que dice que el lugar que ocupa un cuerpo no puede ser ocupado por otro.

El tipo dice “me pongo en tu lugar”, pero es una manifestación solidaria que no tiene oportunidad de concretarse. El afectado está sufriendo una situación que solamente él puede bancarla de cuerpo y mente enteros, o está frente a un conflicto de difícil situación, un entuerto a los que habitualmente nos enfrenta la vida.

No podemos ponernos en el lugar del otro, salvo que el otro nos ceda su silla. El versus es él y su circunstancia y sabe en cuero propio la dimensión de su malestar. No tenemos sus mismas condiciones, por lo tanto mal podríamos cambiar de protagonista del problema por nosotros mismos por más amigo que seamos.

También decimos “no quisiera estar en tu lugar”, y es una manifestación que no tiene ninguna posibilidad de concretarse porque ese lugar le pertenece, exclusivamente, a la persona afectada, con todos sus condimentos que son incomparables e incompartibles.  Sólo se puede estar cerca, eso sí, predispuesto a servir de ayuda si el que sufre la busca, la desea y la pide. Tratar de entender lo que ocurre y en todo caso acercarle la buena intención de un consejo para que supere el trance, más no se puede.

Escuchar puede ser buen camino. Al tipo lo agarró la vida de contramano y lo dejó abollado. Y uno lo está viendo, nada más, y se ahí nomás se da cuenta de que algo embromado le está ocurriendo. Ese es el momento del “dale, contame”, de tratar de que el que sufre vuelque en palabras parte de su sufrimiento para saber por dónde tirarle un salvavidas.

Comprender cuál es la situación por más que la situación a nosotros no nos afecte, para acercarle el atisbo de una solución, un camino por el que tal vez no haya transitado y lo ayude a encontrar su destino.

Hacernos solidarios, no separar a aquel que sufre por el hecho de que está sufriendo, entenderle su situación y acompañarlo en los pasos que él decida dar, sin más opinión que la presencia, o la buena palabra.

A veces el día nos encierra en laberintos de donde es muy difícil de escapar. Acordémonos en ese momento de aquella vieja enseñanza de Ariadna.

Hace una punta de años atrás, según la mitología griega, Minos y Pasifae reinaban en Creta. Un día Minos decidió atacar a Atenas y además lanzó una serie de maldiciones que provocaron que el territorio ateniense sufriera sequías y sus habitantes, hambre, como consecuencia.

A cambio de la paz los atenienses debían enviar a siete varones jóvenes y siete doncellas cada año para alimentar al Minotauro, monstruo demoníaco que habitaba en el Laberinto de Creta. Teseo, hijo de Egeo, se anotó como uno de los jóvenes para tratar de matar al monstruo.

En el medio conoció a Ariadna y ella le dio un ovillo de hilo para que pudiese hallar el camino de salida una vez cumplido su propósito. De esta forma Teseo pudo eliminar para siempre la amenaza que se cernía sobre su ciudad.

Hay distintas explicaciones para explicar qué pasó luego con los tortolitos enamorados pero lo cierto es que ella, con un simple truco que no le marcaron los dioses sino el sentido común, logró que la hazaña se consiguiese.

Tal vez el que está dolido no pretenda que uno se meta dentro de sí a lidiar con sus monstruos sino que imitemos a Ariadna y le tiremos un hilo, apenas un hilo, para encontrar el camino de regreso a los buenos tiempos. Nada más que eso.

No nos podemos poner en el lugar del otro pero bien podemos ayudar a que salga otra vez, a ver la luz.

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