El sentido común es la facultad que por naturaleza poseen las personas para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, etc. Con él, toda persona puede juzgar razonablemente el mundo que lo rodea.
El sentido común es la facultad que por naturaleza poseen las personas para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, etc. Con él, toda persona puede juzgar razonablemente el mundo que lo rodea.
Pero hoy vemos cómo la sociedad ha perdido el sentido común de las cosas. ¿Acaso es el menos común de los sentidos?
¿Por qué caemos en este juicio? ¿Creemos que hemos perdido el sentido común, como regla y facultad para poder juzgar criteriosamente la realidad en la que vivimos?
Es fácil, la mayoría de los resultados producto de las relaciones humanas son ilógicos. La mayoría no resiste el menor análisis. Están fuera de toda norma, por eso la paz y el orden social son utópicos, son ajenos a la vida del pueblo desde hace tiempo.
No hay sentido común cuando como sociedad permitimos que los maestros puedan ser reprendidos injustamente por los padres de un alumno que recibió una mala nota producto de su mal rendimiento.
Más aún, cuando durante años y años el reclamo educativo ha sido sólo salarial y nadie marchó en contra del bajo nivel educativo impartido a los alumnos en todos los niveles, cuando nadie puede ser reprobado ni mal calificado, ya que el mérito y el sacrificio no sirven, no hay nivel de excelencia. El nivel es la mediocridad.
No hay sentido común cuando vemos que la puerta giratoria de la Justicia perdona sistemáticamente al delincuente y al criminal, y la pena de los delitos las cumplen las víctimas viendo constantemente la procesión libre de sus victimarios y cómplices.
No hay sentido común cuando permitimos como sociedad que la ayuda social de emergencia a los más pobres se convierta en política de Estado en favor del clientelismo, produciendo una cantera enorme de ciudadanos que no son tratados como tales sino usados demagógicamente como coto de caza de la ambición política, partidaria y del poder.
No hay sentido común cuando la regla básica de la economía, que es el ahorro, es suplantada por la teoría del gasto y el consumo, donde el capital junto al trabajo no son la base de la economía sino que la productividad es dejada de lado por la dádiva del Estado y el subsidio al gasto. El sueño de la casa propia se cambió por el consumo constante de Smart-TV o el Smartphone.
No hay sentido común cuando líderes sociales se proclaman en favor de los más pobres y sus derechos, y a costa de esos ideales se enriquecen robando al pueblo la dignidad de poder vivir humanamente: 30% de pobreza, 50% de la niñez en riesgo, 4.100 asentamientos con más de 800 mil familias hacinadas sin agua potable, luz eléctrica y cloacas, en el siglo XXI, es un ejemplo de la falta de criterio y buen sentido en el manejo de los recursos públicos, productos de décadas bastardeadas cuando "miseria" es lo único que se ha ganado.
No hay sentido común cuando el Che es el prócer de la juventud, y San Martín, no era prócer sino masón. Se elige el "hasta la victoria siempre" del tirano y genocida castrista, amigo del "Che", en vez del … "o juremos con gloria morir" … de nuestro hermoso Himno Nacional. San Martín y Belgrano ya no son los Padres de la Patria sino al contrario, son viejos retratos en aburridos libros de historia, que no son más leídos porque supuestamente nada bueno tienen para contar.
En cambio, hoy los jóvenes se ponen la remera del "Che", total no importa que haya sido un genocida y promotor del comunismo salvaje en Cuba y otras partes del mundo y América Latina. Lo que sí importa es que era un aventurero arriba de su motocicleta, casi de telenovela.
Así podemos seguir hasta el cansancio, pero no es la tesis de este artículo, la finalidad es otra. No podemos seguir cometiendo los mismos errores y fracasos.
Debemos decir basta a tanta incoherencia moral, social, cultural e histórica. Basta de imponer ideologías y malas recetas a una sociedad que ya fue diagramada desde la historia.
No podemos seguir negando nuestros errores y nuestro pasado. Argentina alguna vez fue el esplendor del mundo y hoy es un ocaso. No es pesimismo, es realismo.
No caigamos en el negacionismo ridículo de que ser argentino es ser mediocre, chanta o embustero. Así estamos insultando la memoria de nuestros próceres y abuelos que hicieron de la Argentina "la perla austral". Es momento de que cambiemos pero no partidariamente sino culturalmente.
A nuestro país lo salva su cultura, no las ideologías, partidismos, sectores de poder o personalismos mesiánicos.
Primero somos argentinos. Después hablemos de River o de Boca, de la izquierda o la derecha, del peronismo o el radicalismo. Nuestra cultura es diversa, pero en la diversidad tenemos los argentinos muchos más puntos que nos unen que aquellos que nos pueden alejar. Pisamos la misma tierra y nos cubre el mismo cielo y con … "Dios, fuente de toda razón y justicia" … poseemos un mismo destino, el de hacer de la Argentina una gran nación. Y como narra el Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos porque ésa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera".
Entonces ¿hasta cuándo vamos a seguir peleados? El mal que nos aqueja sólo lo vamos a poder erradicar si estamos unidos. Esto es una verdad concreta, es de sentido común, ¿no creen?
Si es así dejemos la viveza criolla o las chicaneadas de lado, apostemos al trabajo y al sacrificio y abandonemos el supuesto confort que da el recibir todo sin hacer nada; seamos autores de nuestro destino y no víctimas de todo, todo el tiempo.
Seamos responsables, amemos la verdad y odiemos la mentira. Y por sobre todo, abandonemos el faltazo general o la "rateada escolar adolescente" a las verdaderas y principales cosas de la vida: Dios, la Patria y la familia porque, si no, vamos a seguir siendo extranjeros en esta vida.
Por eso señores, más sentido común, más verdad, más Argentina.