Existe un debate legítimo en todo el mundo acerca del creciente protagonismo de los medios de comunicación en una sociedad dependiente del conocimiento provisto a través de la tecnología informática.
Existe un debate legítimo en todo el mundo acerca del creciente protagonismo de los medios de comunicación en una sociedad dependiente del conocimiento provisto a través de la tecnología informática.
Dichos medios aparecen como los principales concentradores del saber y la información, lo que les da un inmenso y creciente poder. Lo que ocurre es que sobre ese dato cierto de que estamos viviendo en una sociedad mediática, se pueden sacar distintas conclusiones de acuerdo al lugar donde está ubicado cada uno o según las diferentes ideologías.
Donde la postura crítica frente a la prensa se ha llevado más al extremo es en varios países de América Latina considerados, sin mayor reflexión, como progresistas simplemente porque reivindican ciertas ideologías izquierdistas sobre los medios de comunicación que se desarrollaron principalmente en Europa.
Lo paradójico del caso es que en nuestros países esa crítica a los medios es asumida no por opositores al poder sino por gobiernos de clara vertiente autoritaria, en continua guerra contra la Justicia y la prensa de sus países (como las viejas dictaduras bananeras), que quieren cubrir con una pátina de teoría progre sus reales prácticas de censura, represión e incluso supresión de la prensa crítica e independiente.
Un filósofo nac y pop contra el mundo. El teórico por excelencia, el más osado acerca de estas nuevas teorías de izquierda puestas al servicio de prácticas de derecha es precisamente un argentino, José Pablo Feinmann, quien incluso ha escrito un mamotreto interminable llamado “Filosofía política del poder mediático” donde lleva hasta el delirio su convicción acerca de que los medios dominan el mundo y sólo los gobiernos que los enfrenten hasta las últimas instancias podrán recuperar la libertad de los pueblos.
Basta leer las principales declaraciones de Feinmann sobre esta cuestión para analizar desde dónde habla:
* “El sujeto mediático es el nuevo sujeto absoluto. Esta tesis es de una enorme riqueza. Creo que soy el primero que la postula pero, si no es así, me importa poco”.
* “El sujeto hegeliano hoy se ha encarnado en el inconmensurable propietario de medios de ultraderecha Rupert Murdoch. La News Corporation, el Times, el New York Times, la Fox y otras corporaciones. Ojo: no sería raro que el grupo Clarín fuera un desprendimiento menor del poder de Murdoch y la News Corporation”.
* “En la Argentina se lucha contra el capital, que hoy tiene su expresión fundante en la concentración de medios”.
* “La filosofía occidental de los últimos 45 años se ha equivocado gravemente... El fracaso es terrible y hasta patético... En tanto proponen la muerte del sujeto, el Imperio monta brillantemente al más poderoso sujeto de la filosofía y de la historia humana: el sujeto comunicacional. Y ésta -hace años que sostengo esta tesis que en Europa causa inesperado asombro cuando la desarrollo- es la revolución de nuestro tiempo”.
* “Asombrosamente ningún filósofo importante ha advertido esta revolución. Foucault se pasó la vida analizando el poder. Pero no el comunicacional... Nadie vio -además, y se me antoja imperdonable- al nuevo y monstruoso sujeto que se había consolidado. Superior al sujeto absoluto de Hegel”.
Las citas textuales de este extraño, surrealista y egocentrado pensamiento (de alguna manera hay que llamar a quien se ve superador de Foucault) nos quiere significar lo siguiente, traducido al criollo básico: Hace 45 años que todas las filosofías y filósofos de todo el mundo se vienen equivocando feo porque no se dieron cuenta de que Clarín y algunos otros medios internacionales han sustituido el espíritu absoluto de Hegel y el Capital de Marx en su busca de dominación mundial.
Nadie se dio cuenta salvo Feinmann porque vive en un país donde su presidenta piensa igual que él. Además, cada vez que va a los congresos de filosofía internacionales, todos los filósofos lo miran con admiración y asombro por haber descubierto algo que nadie vio, mientras le dicen: Te felicito, macho, no sé cómo en medio siglo y millones de sesudos estudios, no nos dimos cuenta de lo que vos descubriste en un santiamén con los Kirchner. Gracias hermano.
Está en manos del lector deducir si esta interpretación argentinocéntrica y egocéntrica de Feinmann es un descubrimiento en filosofía al nivel de los de Newton o Einstein en física (porque así él lo postula sin rubor alguno) o si es pura paranoia.
Clalín miente. A favor de la tesis de la paranoia juegan los dos hechos más patéticos de la semana producidos por el poder político: la rotura de dos páginas de Clarín por el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y la mundialmente criticada frase de la presidenta argentina donde se burla, en la propia China, de cómo hablan los chinos.
Habiendo tantas páginas donde los medios dan opiniones controversiales e incluso donde se comenten errores, Capitanich no tuvo peor idea que romper dos páginas que ofrecían información concreta e interpretaban verazmente una primicia acerca de un borrador crucial del juez Nisman en su denuncia contra el poder que suscribió el ignominioso pacto con Irán.
De las tantas páginas que podría haber roto para simbolizar su repudio al tratamiento periodístico de las noticias que dan los medios, eligió las únicas dos que era imposible discutir, donde el periodismo cumplía al 100% su labor de informar y analizar.
Nadie se hunde tan bajo porque quiere sino porque sufre de paranoia, de feinmannitis aplicada. Cuando Capitanich creyó, en base a una información errónea que le dieron, que Clarín había sido descubierto ipso facto en una mentira, ansioso, feliz y anhelante se lanzó a denunciar la infamia.
Ahora tenía en sus manos algo más que acusaciones al boleo o meros slogans de cuarta como democracia versus corporaciones. Allí estaba, al fin, la prueba tan buscada; sólo bastaba escenificarla con un par de páginas rotas para que el mundo se diera cuenta. Y efectivamente el mundo se dio cuenta pero de la payasada cometida por el funcionario, porque todo lo dicho en esas páginas era verdad.
No pasaron ni dos días cuando con igual lógica feinmanniana, la presidenta de la Nación caería en la misma trampa de Capitanich. Es que Ella se fue a una de las misiones internacionales más importantes de su gestión con la mira puesta en el caso Nisman y el tratamiento que del mismo hacían los medios “enemigos”.
Por eso cuando se encontró con mil personas, ajenas a su claque, aplaudiéndola en China, en vez de pensar en todo lo bueno que eso significaba para la Argentina y para ella misma, sólo pensó en Clarín, en su odio hacia los medios, en vengarse de ellos.
Entonces, sin medir consecuencias, sin pensarlo, descargó su bronca traducida en clave de un humor pésimo y largó su tuit sobre “la Cámpola” y varias sandeces más.
En defensa de la presidenta, dejamos claro que estamos convencidos de que ella con ese chiste de mal gusto no se quiso burlar de los chinos como interpretaron todos los medios del mundo, sino que lo único que quiso hacer es burlarse de Clarín y los demás medios y periodistas argentinos que la critican.
Fue tan pequeña su mira frente a la grandeza de su misión, que quedó atrapada en su ira, su bronca, su insignificante petulancia frente a los que consideran, como Feinmann, la reencarnación hegeliana del mal. Si esto no es paranoia, no imaginamos qué otra cosa puede ser.
No se trata, como podría pensarse, de que la presidenta haya enloquecido, sino que su concepción conspiracionista frente a los medios la está llevando a perder todo sentido de las proporciones.