21 de abril de 2018 - 00:00

El empleo estatal en tiempos de Yrigoyen - Por Luciana Sabina

Hace algunas semanas hablamos del crecimiento del empleo público durante las primeras décadas de existencia estatal. Hoy nos proponemos adentrarnos en las costumbres que se incorporaron con la democratización del aparato.

El magnetismo de Hipólito Yrigoyen lo ubica entre los líderes carismáticos por excelencia de nuestra historia. Sus modos lo mimetizaban con el hombre común, con los millones de argentinos que llevaban una vida simple y austera. Simbolizaba la abnegación y la piedad, vivía honradamente en inmueble alquilado, sin ningún tipo de lujos. De hecho, careció de calefacción hasta los últimos años de su vida. Jamás asistía a fiestas o al teatro. Heller lo citó como un "Defensor de los humildes", el primero de tantos…

La llegada del radicalismo al poder, en 1916, fue fruto principalmente de una mayor participación política de la sociedad. Más allá de que cuatro años antes fuese sancionada la ley Sáenz Peña -incorporándose la obligatoriedad y el secreto del voto- los radicales habían formado un partido con mucha anterioridad y eso se tradujo en que no necesitaban el fraude porque tenían los votos.

Consecuentemente, la ampliación del sufragio situó a los partidos en el centro de la escena política y la política de masas requería de organizaciones para reclutar al votante. Como explica la especialista Ana Virginia Persello, ya instaurado el nuevo sistema e instalados los radicales en el poder, todos los sectores políticos comenzaron a demandar por una racionalización del aparato administrativo. Con Yrigoyen no crecieron en demasía las instituciones que conformaban el Estado, pero si los trabajadores.

Con anterioridad, al ser gobernados por una élite con acceso a la mejor educación, se garantizaba que quienes accedían al empleo burócrata poseían cierta capacidad para desempeñarse. Los radicales en cambio comenzaron a otorgar puestos laborales a sus militantes y partidarios. No importaba la virtud o talento; se premiaba la lealtad a la hora de designar a los funcionarios y empleados estatales.

Los recién llegados convivían con antiguos funcionarios, llegados en administraciones remotas. Aunque Yrigoyen respetó en gran medida el trabajo de estos últimos, evitando muchos desalojos y simplemente sumando nuevo personal, en el interior del país los "desalojos" de trabajadores estatales fueron moneda corriente cada vez que se producían cambios gubernamentales.

Esta "empleomanía" perseguía garantizar a Yrigoyen un electorado fiel, convirtiéndose en una verdadera máquina electoral. Podemos decir que el nuevo modo de "comprar" votos era más sofisticado y costoso.

Ninguneando totalmente las críticas esbozadas por la oposición y la prensa, Don Hipólito fue más allá y pocos meses antes de abandonar el gobierno nombró a miles de nuevos empleados estatales.

El caso que ocupó gran espacio en la prensa fue el de los empleados de Correos. El radicalismo nombró a 4.000 empleados nuevos porque muchos estaban en huelga. Esto provocó una andanada de críticas. La solución también fue censurara por la opinión pública. Al respecto leemos una interesante ironía, expuesta en el Diario Santa Fe del viernes 13 de diciembre de 1918: "La magnanimidad del gobierno es sencillamente inaudita. En primer término se desaloja a los empleados nuevos para ubicar a los empleados viejos; y en segundo, no se les paga".

Otro episodio de una Argentina cíclica y de falencias inmutables.

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