7 de junio de 2020 - 00:00

El discurso incendiario y el incendio - Por Claudio Fantini

Podría haberse hincado ante los periodistas de la Casa Blanca, en una de sus tantas exposiciones. Donald Trump haciendo el gesto antirracista sorprendería de manera positiva. Resulta conciliadora la sensación que causan los cientos de policías que se hincan frente a los manifestantes que protestan pacíficamente, porque expresa conciencia sobre la criminalidad del racismo.

Habría sido apaciguador que lo haga el presidente, aunque cause perplejidad. En definitiva, es el gesto simbólico contra el odio racial que creó de improviso la estrella del futbol americano Colin Kaepernick para repudiar, precisamente, las actitudes de Trump que avalan el racismo y la violencia étnica.

Por cierto, no se habría hincado por indicación de sus sentimientos. Está a la vista que siente lo opuesto. Debió hacerlo por astucia. Habría sido una hipocresía saludable, pero ni se le cruzó por la cabeza.

La ausencia de ciertos sentimientos y pensamientos también describe a Donald John Trump. Y explica buena parte de la sombra que oscurece a su país.

No se le ocurrieron los gestos ni las palabras que se requieren para apaciguar.

La circunstancia requería un discurso presidencial para apagar las barricadas ardientes.

Era necesario un pronunciamiento medular y profundo sobre la abyección del racismo.

Que los norteamericanos escuchen al jefe de la Casa Blanca describiendo la inferioridad moral de los racistas.

En semejante circunstancia, un estadista hablaría a Estados Unidos sobre la necesidad de erradicar el racismo en los estamentos policial y judicial, así como en los pliegos de la sociedad donde persiste agazapado.

Mostraría conciencia sobre el viejo mal que fue mutando a lo largo de la historia. Que no extinguió la abolición de la esclavitud, porque se transformó en el segregacionismo que imponían las llamadas “leyes Jim Crow” (por un personaje del vodevil decimonónico que se burlaba de los afroamericanos) contra las que se rebeló en 1955 Rosa Parks, la mujer negra que se negó a darle el asiento al hombre blanco que se lo reclamaba en un ómnibus de Montgomery.

Un estadista habría hablado de la aberración que implica que el segregacionismo haya durado hasta la segunda mitad del siglo XX y hayan procurado defender en la década del 60 los gobernadores de Misisipi y Alabama, Ross Barnett y George Wallace, intentando impedir el ingreso de los primeros estudiantes negros a las universidades públicas.

La circunstancia imponía un discurso resaltando la lucha de Luther King y el reformismo de Kennedy para barrer el apartheid que humillaba a los afroamericanos. Y explicando por qué, tras el éxito de aquellas luchas y reformas, el racismo persistió agazapado en la policía y en el sistema judicial, causando crímenes policiales que quedaban impunes, como el linchamiento del taxista negro Rodney King en Los Angeles.

Pero Trump está cultural y moralmente imposibilitado de pronunciar ese discurso imprescindible. Se negaría a sí mismo. No sería él si lo dijera.

Su retórica ha sido siempre incendiaria. Es parte de la mezcla inflamable que detonó estos días de furia.

Poco antes del asesinato de George Floyd, había calificado de “buena gente” a los supremacistas blancos que, con sus fusiles de asalto, ocuparon el Capitolio de Michigan en protesta contra la cuarentena.

Que una ley permita protestar portando armas de guerra mientras no sean apuntadas a otras personas, no implica que sean actos pacíficos. Las protestas con fusiles de los defensores de la posesión irrestricta de armas constituyen una aberración. Y quienes participan en ellas son adherentes a la Asociación Nacional del Rifle (NRA) que, además, integran milicias del supremacismo blanco.

Si el sicópata que cometió una masacre en la ciudad fronteriza de El Paso confesó que “quería matar mexicanos porque el presidente dice que están invadiendo Estados Unidos”, ¿por qué no se sentiría avalada la recurrente brutalidad policial contra los afroamericanos?

¿Qué, sino un aval, puede producir la equiparación moral de manifestantes racistas y manifestantes anti-racistas que hizo Trump durante los enfrentamientos en Charlottesville, Virginia?

En estos días de furia hubo muchas señales del racismo agazapado en las instituciones. Por caso, el frustrado esfuerzo de Trump por declarar terrorista a Antifa, activismo anarquista cuyo nombre viene de Acción Antifascista, la fuerza de choque del Partido Comunista alemán que enfrentaban al nazismo naciente durante la República de Weimar.

En las últimas décadas la nominación fue reflotada por anarquistas ante la irrupción del neo-nazismo en Alemania y en países nórdicos, comenzando su activismo norteamericano en el Estado de Oregon.

Lo que dificulta considerar terrorista a Antifa es que esa calificación se aplica sólo a grupos extranjeros. Una limitación que explica por qué jamás se declaró terrorista al Ku Klux Klan y a las milicias del supremacismo blanco. Las organizaciones que engendraron terroristas como Timothy McVeigh (autor de la masacre de 1995 en Oklahoma) fomentan el odio racial y acusan al gobierno federal de ser “manejado por la ONU  y el judaísmo internacional”. Pero para el Estado norteamericano no son “terroristas”.

Cuando el extremismo gobierna, alimenta otros extremismos. El odio multiplica el odio. La violencia de las palabras provoca acciones violentas. El inexorable vínculo entre la causa y el efecto.

Cuando lo imprescindible era el discurso profundo y medular de un estadista equilibrado, lo que hizo Trump fue pedir a los manifestantes que protesten pacíficamente.

Pero a renglón seguido ordenó la represión de una protesta pacífica que se desarrollaba frente a la Casa Blanca, para montar una escena patética y divisiva: ni bien concluyó la expulsión violenta de los serenos manifestantes, el presidente atravesó caminando el Parque Lafayette y se fotografió en la puerta de la iglesia Saint John, levantando una Biblia.

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