Es difícil recordar, pero allá a principios de los años noventa hubo un debate sobre cómo iban a salir los países del comunismo, si por la vía rusa o la china. Los rusos hicieron el cambio económico y político al mismo tiempo.
Es difícil recordar, pero allá a principios de los años noventa hubo un debate sobre cómo iban a salir los países del comunismo, si por la vía rusa o la china. Los rusos hicieron el cambio económico y político al mismo tiempo.
Los chinos se limitaron a la reforma económica.
La realidad no permite hacer experimentos limpios pero el modelo chino ganó en la corte de la opinión pública. El éxito de China le ha dado a la autocracia la legitimidad que le faltaba. En los últimos ocho años, según Freedom House, el número de países que se movieron en una dirección autoritaria ha superado a los que se dirigieron hacia la democracia.
Cuando examinamos las autocracias notamos que muchas de ellas han pasado por el mismo ciclo vital. En un principio, el autócrata se considera un dictador benevolente. Coquetea con Occidente y empieza a hablar de reformas liberales. Pero el régimen casi siempre es corrupto e ineficiente.
Para mantenerse en el poder, el autócrata tiene que azuzar las furias nacionalistas. Tienen que ser agresivos con sus vecinos para mantener al país unido en un estado permanente de guerra. Inestables por dentro, las autocracias tienen que ser radiactivas en el extranjero. Los autócratas pueden empezar pretendiendo ser el Deng Xiaoping de su país, pero acaban convertidos en Robert Mugabe.
Lidiar con autocracias radiactivas y matonas probablemente será el gran desafío en materia de política exterior en los próximos años. Los gobernantes autocráticos radiactivos desafiarán las fronteras nacionales e inflamarán las rivalidades regionales. Exacerbarán las tensiones étnicas y socavarán el orden mundial. De hecho ya han hecho que el mundo sea un lugar más irascible.
¿Cómo responderá Estados Unidos? El presidente Barack Obama definió su enfoque en un discurso en West Point la semana pasada. Sostuvo convincentemente que Estados Unidos tendrá que actuar más para movilizar a las democracias para emprender acciones colectivas contra las agresiones autocráticas. Aun más, su gobierno sigue abanderando la democracia. El mismo día del discurso de Obama, su embajadora ante Naciones Unidas, Samantha Power, pronunció un excelente discurso de fin de curso en la facultad de Administración Pública Kennedy, de Harvard, en el que explicó por qué el fomento de la democracia debe estar en la base de la política exterior de Estados Unidos.
Pero la actitud del presidente en cierta forma me parece mal adecuada para el desafío de los autócratas. Para empezar, quizá esté equivocado respecto del equilibrio entre el exceso y la falta de acción. Quizá basado en el caso de Iraq, Obama piense que los problemas de Estados Unidos no fueron causados por la contención sino por el exceso y la arrogancia.
En el marco general de la historia, ésta es una verdad a medias. En los años veinte y treinta del siglo pasado, por ejemplo, los estadounidenses estaban en modalidad de atrincheramiento. El resultado fue un mundo sin líder, el deterioro gradual del orden mundial y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial.
Como demostró Robert Kagan en un brillante ensayo en The New Republic, en los últimos setenta años los políticos estadounidenses han comprendido que también la falta de acción puede conducir a la catástrofe. Los presidentes cuidaban del jardín mundial para que los problemas pequeños no degeneraran en grandes, aunque no estuviera en juego el interés nacional básico de Estados Unidos. En los años noventa, por ejemplo, los presidentes George H.W. Bush y Bill Clinton emprendieron acciones militares más o menos cada 17 meses para contener a dictadores, difundir la democracia y preservar las normas internacionales.
Esta jardinería de corte más intervencionista será aún más necesaria en la época de las autocracias asertivas. Si Estados Unidos limita su intervención a sus “intereses fundamentales”, como propone Obama, si deja de estar cuidando continuamente el jardín, los matones van a avanzar cada vez más y habrá conflagraciones horrendas. Las respuestas asertivas de Estados Unidos no necesitan ser militares; rara vez lo serán. Pero tienen que ser actos sencillos y fuertes de disuasión para conservar el orden. Como observa Leon Wieseltier, si Obama hablara en Kiev en su próximo viaje a Europa, eso sería un gesto asertivo, como lo fue el viaje de John F. Kennedy a Berlín en 1963.
En segundo lugar, Obama subestima el hecho de que la lógica de la fuerza seguirá siendo importante en los años por venir. Sería bonito que los autócratas pensaran en términos de normas internacionales y de acuerdo al cálculo racional de costos y beneficios. Pero los autócratas están en su lugar porque son primitivos que perciben el mundo a través del antiguo cálculo de la fuerza y el poder. Lo que percibimos como prudencia, ellos lo perciben como debilidad. A falta de una contrapresión clara y enérgica, seguirán violando límites que el actual presidente, o el futuro, tendrán que hacer respetar.
Durante los últimos 70 años, Estados Unidos ha tenido una política exterior de dos niveles. Por arriba, la diplomacia estadounidense establece coaliciones multilaterales para extender la democracia. Pero en el nivel inferior, los presidentes han comprendido su responsabilidad como agente de la ley mundial, actuando en ocasiones conforme a la lógica de la amenaza y de la fuerza.
Si Obama abandona esa tradición y se deshace del nivel inferior -por miedo a los excesos, en búsqueda de normalidad o por una creencia desmedida en los límites de su propio poder-, entonces socavará el nivel superior que él admira. Los autócratas arrastrarán al mundo a una anarquía atroz.