"No se trata de ayudar a los pobres a vivir mejor en la pobreza, sino de acompañarlos para salir de ella. Hay que impedir que la pobreza se siga transmitiendo como una herencia". Estas palabras las dijo, recientemente, el presidente de Francia Emanuel Macron, al anunciar un plan para terminar con la pobreza en su país que alcanza a poco más del 13% de sus habitantes.
En la Argentina, tuvimos un 5% de pobreza hasta hace cuarenta años y alcanzamos los dos dígitos en la década del noventa. Después del pico, provocado, por la mega devaluación del 2002, la pobreza se ha estancado en un tercio de la población, a pesar del incremento del gasto público que del 25% del PBI en el 2001 pasó al 44% y que los precios para nuestras exportaciones, entre el 2004 al 2010, que fueron los más altos desde la primera década del siglo pasado.
Cristina Fernández se ufanaba porque en las villas miseria muchos habían podido comprar el plasma, pero lo cierto es que no sólo esas familias no pudieron salir de la villa miseria, sino que las villas se incrementaron.
Todo lo opuesto a lo que plantea el presidente francés, un político cuya formación contrasta con la mediocridad de nuestra dirigencia.
La Argentina, cuyos pilares fundacionales fueron la idea de la libertad y la igualdad, supo ser uno de los países con mayor dinamismo social de la región llegando a contar con una de las clases medias más numerosas del mundo. Fue el resultado de fuertes inversiones en infraestructura en los gobiernos de la generación del ochenta, las políticas educacionales de Sarmiento y Roca y haber dotado al país de una moneda estable, que duró hasta mitad del siglo pasado; a ello hay que sumar los avances en la democratización del país, con Yrigoyen y Alvear, y que culminara con la incorporación política y social de los trabajadores con Perón.
La pobreza sólo puede superarse con profundas reformas estructurales, si no sólo es posible el alivio, que por lo pronto no puede demorarse en por lo menos asegurar que todos puedan comer todos los días.
Sin duda hay una tensión entre los conceptos de libertad y el de igualdad.
La libertad es clave para generar riqueza, y la creación de riqueza lleva a la desigualdad, pero la igualdad absoluta impide la generación de riqueza y encima termina en el autoritarismo o directamente en el totalitarismo como sucedió en los países que adoptaron el llamado socialismo real o comunismo.
Sostenía John Rawls: "La justicia es la virtud más importante de una sociedad democrática". Este filósofo político, buscó, conciliar la libertad con la igualdad mereciendo las críticas de Robert Nozick,desde el neoliberalismo, o de Ronald Dworkin desde una posición más cercana a la socialdemocracia que hablaba del "igualitarismo de la suerte".
El liberalismo siempre sostuvo el principio de la igualdad ante la ley, todos somos iguales ante un tribunal, todos tenemos derechos como ciudadanos. ¿Pero es lo mismo nacer en un hogar pobre con carencias no sólo materiales sino también culturales, que en una familia con las necesidades básicas satisfechas o en una casa opulenta?
Carlos Aguinaga contaba que un fuerte bodeguero, nieto del fundador, le decía después de la revolución de 1955, en un hotel de Buenos Aires, que había que derogar la legislación social del peronismo. Aguinaga que era muy incisivo, e incluso provocador, le contestó acercándose a la ventana de la habitación: "Totalmente de acuerdo doctor B, pero junto con eso deroguemos la ley de herencia, para que todos empiecen de cero, porque no es lo mismo heredar la bodega T, que nacer como el barrendero que está pasando por la vereda de este hotel".
Los liberales en serio como Roca y Pellegrini se interesaron por la cuestión social.
Roca encargó el primer estudio sobre las condiciones de vida de los trabajadores a Bialet Massé y el fruto fue el proyecto de Código del Trabajo que redactó su ministro Joaquín V, González, enviado al Congreso que no lo trató.
Pellegrini llegó a plantear la distribución de las utilidades entre capital y trabajadores.
Encarar el tema de la pobreza requiere un amplio acuerdo político porque implica reformas que requieren un amplio consenso para eliminar privilegios, normativas que impiden el empleo. Y cambios impositivos como la coparticipación federal que hoy deja sin adecuado financiamiento al conurbano bonaerense donde están el 50 % de los pobres del país en beneficio de las oligarquías feudales del norte, ese contubernio de políticos corruptos y seudo empresarios que viven de los fondos públicos.
El país necesita una moneda y un sistema financiero fuerte que evite tener que endeudarse en el exterior. Los argentinos ahorran pero lo hacen en dólares porque, desde hace décadas, han perdido cuando lo hicieron en pesos. Por eso hoy tenemos depósitos en los bancos que equivalen al 14% del PBI cuando Bolivia tiene el 50% y nos gana hasta Haití.
La pobreza sólo la podremos solucionar con inversiones, en su mayor parte nacionales. Tecnología y educación, algo clave ante la cuarta revolución industrial digital que está desarrollándose en el mundo.
Por eso es ridículo que tengamos normas laborales de 1975, de un mundo que ha desaparecido, tanto como desaparecieron las carretas ante el ferrocarril.
Mientras tanto, no se puede abandonar a la exclusión a nadie. Hoy está claro que el mayor capital no son los recursos naturales sino los hombres y las mujeres. Decía Antoine de Saint Exupery que en cada chico pobre "hay un Mozart frustrado". Por eso, lo menos que debe encarar la sociedad es asegurar el alimento, el agua potable y una educación de calidad a todos.
Eso cuesta plata y en parte se puede obtener eliminando privilegios como el que tiene el Poder Judicial con la exención del impuesto a las ganancias, o transfiriendo el juego a Cáritas y al Ejército de Salvación.
Así se puede lograr un alivio, mientras, se implementan reformas estructurales para incrementar la creación de riqueza y una mejor distribución de la misma.