“Not everything that counts can be counted, and not everything that can be counted counts”. Atribuida a Einstein, la cita indica que no todo lo medible es importante y que ciertas cosas importantes no pueden ser medidas.
“Not everything that counts can be counted, and not everything that can be counted counts”. Atribuida a Einstein, la cita indica que no todo lo medible es importante y que ciertas cosas importantes no pueden ser medidas.
En esta línea, un reciente best -seller en Estados Unidos: “Capital in the Twenty-First Century” -no proviene de la literatura sino de la economía- de Thomas Piketty procura demostrar que la concentración de riqueza aumenta a pasos agigantados y que la desigualdad en las economías más desarrolladas se acerca a los niveles del siglo XIX.
La inequidad se constituye en el desafío de nuestro tiempo. Llega a esta conclusión estudiando datos de acumulación de capital y de creación de riqueza en el Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Suecia en los últimos 150 años. Su hipótesis se expresa en la formula “r > g” que indica que el rendimiento del capital (“r”) en una economía excede la tasa de crecimiento (“g”) lo que genera en forma automática desigualdades arbitrarias e insostenibles que destruyen los valores de la meritocracia en los que supuestamente se basan las sociedades más democráticas.
Cabe suponer que si se hiciese un estudio similar con foco en América Latina, considerada la región con “mayor desigualdad del mundo”, la brecha sería mayor. Lo que sumado a las diferencias existentes en relación con la propensión al ahorro, a la acumulación y generación de capitales a corto y largo plazos y las nuevas inversiones productivas, ensancha las distancias entre desarrollados y subdesarrollados y cuestiona los modelos tradicionales de crecimiento desde la perspectiva de la distribución.
Piketty afirma, apoyado en registros históricos, que “entre 1700 y 2012, la producción mundial creció 1,6% anual: 0,8% por aumento del producto per cápita y otro 0,8% debido al crecimiento de la población, y que la productividad podría continuar creciendo indefinidamente si en el futuro próximo inventáramos energía limpia. Pero en cualquier caso, no sería superior a 1 a 1,5%.
Solo en períodos excepcionales las tasas de crecimiento de la productividad alcanzaron cifras más altas, entre 4 y 5%. Sin embargo, las tasas de rendimiento del capital pueden estar en 4 a 5% durante siglos, o son aún mayores para activos de riesgo y carteras con grandes riquezas. Prueba de esto es el crecimiento del 6 a 7% anual entre 1987 y 2013 del número de multimillonarios globales de Forbes; tres veces más rápido que el aumento de la riqueza y del ingreso per cápita a nivel mundial.
Entender la dinámica que lleva a la concentración del ingreso y la riqueza en pocas manos es, sin duda, muy importante, tanto como comprender que el desarrollo del sistema económico no es sincrónico ni beneficia de igual modo a todos sus actores, y el crecimiento adquiere muy distinto volumen y velocidad: las tecnologías de producción, los productos tecnológicos, los procesos, costos, ganancias, sueldos y salarios crecen a sus propios ritmos. Los mismos capitales responden a dinámicas diferenciadas si se trata de inversiones a corto o largo plazos.
También son diversos los aspectos que se deben considerar en relación con la distribución de la riqueza en las economías más importantes del mundo: más allá de la tendencia al ensanchamiento de la brecha entre los salarios menores y los más altos, el incremento de la población, su movilidad y la misma herencia devienen en factores de redistribución en el mundo capitalista. Usualmente, en los Estados Unidos el aumento de la población supone una mayor reducción de la importancia relativa de la herencia comparada con Europa.
Por el contrario, se observa en los últimos tiempos un aumento sin precedentes de la alta compensación a la gerencia en los Estados Unidos, lo que constituye una nueva fuente de desigualdad. Otro factor que adquiere relevancia en la era digital: la brecha entre los trabajadores calificados y los no calificados, quienes ejecutan tareas rutinarias y los que crean contenidos simbólicos.
Diversas organizaciones han puesto el foco en la inequidad del ingreso. El Foro Económico Mundial de Davos, en su informe sobre “Riesgos Globales 2014” afirma: la brecha entre ricos y pobres constituye el mayor de los riesgos que debe afrontar el desarrollo económico global en relación con otros tan importantes como las crisis fiscales, el alto desempleo estructural, las crisis de agua, la falta de mitigación y adaptación al cambio climático, la mayor incidencia de fenómenos naturales y el fracaso de la gobernabilidad mundial.
También la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo, a medio siglo de su creación, comprometida con la reducción de las desigualdades económicas y sociales del mundo, afirma que si se compara con la situación de hace 50 años, las desigualdades internas aumentaron en forma alarmante, tanto en países ricos como pobres, señalando que algunos individuos son tan ricos como países enteros.
Sin embargo, hay quienes sostienen que la dinámica de concentración del ingreso y la riqueza en pocas manos es la real fuente del crecimiento de la economía. Si esto fuese cierto, las brechas regionales que muestran una dispersión extrema de las relaciones de distribución, solo estarían ayudando al crecimiento de los países subdesarrollados en desmedro de los desarrollados.
Otra explicación cuestionable del crecimiento es una del Banco Mundial, para el que la alta desigualdad del ingreso en América Latina se debe a varios factores, en especial a su dotación de riqueza en recursos naturales. Un informe del BID afirma que la correlación de los niveles de desigualdad (medidos por el coeficiente de Gini) con la disponibilidad de recursos muestra que los países tropicales tienden a ser más pobres y desiguales.
El BID, en su informe 1998/99, adopta un determinismo geográfico y ecológico, según el cual la inequidad se correspondería con la latitud y en aquellos países con una mayor riqueza ecológica más se deterioran las opciones de desarrollo, afirmando que la dotación de recursos naturales, especialmente los minerales, y la disponibilidad de tierra para cultivos y ganados, está fuertemente asociada con la inequidad. No la relaciona, sin embargo, con los sistemas de tenencia de la tierra ni con la absolutización de la propiedad privada.
La relación que defiende indica que a medida que aumenta la disponibilidad de esos recursos naturales aumentan la desigualdad y la pobreza. La contracara de esta vinculación se observa en países templados y fríos, que poseen dotaciones reducidas en recursos pero que han ganado en riqueza y equidad. A juicio del BID, cuanto más rico sea un país en recursos naturales, más lento será su desarrollo y mayores sus desigualdades internas.
Piketty concluye su investigación con la afirmación de que es una amenaza para la democracia que se basa en el sistema capitalista en el primer lugar. Como puede apreciarse, hay una relación inexcusable entre sistema político y sistema económico. La transición de gobiernos autoritarios a regímenes democráticos no siempre mostró una correlación positiva.
Por el contrario la experiencia, tanto de Europa como de América Latina, indica que los sistemas democráticos no siempre dan respuesta adecuada al crecimiento de la desigualdad.
Como la distribución de probabilidades de desarrollo integral de una persona tanto como de su comunidad no es sólo una cuestión de dinero, sino también de educación, salud, capital social y del saber qué hacer con éstas; a más de una redistribución más justa y equitativa, resulta dramáticamente necesaria una nueva concepción del capital que adopte como prioridad la necesidad de hacer real la igualdad de oportunidades, no solo al interior de generaciones en los marcos nacionales, sino entre las actuales y futuras en un horizonte global.
Solo así será posible hablar del futuro del capitalismo.