13 de marzo de 2020 - 00:00

El Buen Pastor: un proyecto para vivir la ciudad - Por Rosa T. Guaycochea de Onofri

Suena increíble pero ha sucedido: un desarrollo inmobiliario en plena zona residencial de Mendoza que recupera un edificio preexistente. Se trata de la antigua sede de la penitenciaría de mujeres llamada del Buen Pastor. La institución, dirigida por religiosas, cesó hace años y con ello el destino del inmueble con fachada sobre la calle Martín Zapata se convirtió en motivo de inquietud para quienes hemos vivido tantas batallas conservacionistas perdidas.

Por eso el anuncio del Arzobispado de Mendoza, de que “lo que se ha vendido es el corazón del predio y un pequeño sector para el ingreso. Pero se conserva el patrimonio cultural de la fachada y la capilla. Arzobispo Marcelo Colombo. Sobre la supuesta demolición del edificio del Buen Pastor en la 5ª Sección”. (Los Andes 25-7- 2019) es una buena noticia.

La experiencia de Casa FOA, con décadas de revalorización de edificios patrimoniales que se adaptan a nuevos usos, se instaló como el modelo a seguir. El extraordinario Palacio Alcorta, reconvertido en apartamentos de lujo, o el caso más reciente de la fascinante abadía benedictina de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires, convertido, -íntegro-, en La Abadía, Centro Cultural, lo justifican .

En Mendoza, Avome trabajó en este sentido, ejerciendo un verdadero voluntariado y tuvo logros notables a pesar de las limitaciones locales.

Los pocos ejemplos públicos concretados tras luchas desgastantes son la demostración de las dificultades a vencer. Por ello, pretender una conservación integral puede significar quedarse sin nada. La solución local, que se practica con frecuencia en Europa para salvaguardar los entornos arquitectónicos, es lo apropiado.

Todavía se resiente la pérdida del Colegio de los Hnos. Maristas sobre Av. San Martín. Su fachada y la capilla debieron salvarse. Cuando se demolieron, la ciudad perdió.

Un ejemplo expresivo de lo que Paul Virilio, un autor francés que alcanzó notoriedad mundial en temas urbanísticos contemporáneos a comienzos de este siglo, en su libro Ciudad pánico, llama “estética de la desaparición” la que -dice- “ha marcado el conjunto del siglo pasado”.

Y peor, ese proceso ha sido acompañado de una ética del despilfarro, especialmente en un país pobre como el nuestro. El desorden funcional es una de sus expresiones. Sectores de la ciudad erializados, inseguros y tristes durante la noche para sus escasos residentes.

La ciudad que vemos

Revisando papeles releo un artículo publicado en “El Mercurio” de Santiago de Chile (domingo 7-09-1997). El autor se refiere a los estudios de su compatriota Francisco Varela, premiado en Ciencia y Tecnología por la OEA en 1988, biólogo óptico, que partió a trabajar en un laboratorio francés: “Dejando la imagen de que está en nuestra mirada, la belleza, el sol... Que de nosotros, de nuestro espíritu, de nuestra actitud, depende mucho cómo es la ciudad que queremos. Cada día, al salir a la calle, la inventamos”. (Miguel Laborde, La urbe que queremos).

A la subjetividad de la visión podemos sumar el oído, el olfato, el tacto, el gusto y la memoria en la configuración de un lugar. Por cierto hablamos no sólo de estructuras materiales, sino también de quienes las habitan.

En este orden la ciudad que no se vive -por lo tanto, que no construimos-, sustituida por los hábitats del encierro, la segregación en cualquiera de sus formas, conlleva pérdidas. Sin ágoras, sin plazas, sin calles, sin arquitecturas compartidas, sin jardines, sobreviene la mediocridad cultural. Faltos de pensamientos propios, nuestras mentes se llenan de contenidos ajenos. Se ha olvidado que el significado es parte de la arquitectura.

El proyecto

El Buen Pastor puede llegar a ser un punto de inflexión que afirme otros buenos ejemplos    -que existen- de reúso de arquitecturas tradicionales, con ganancia para la ciudad.

Un frente no es solamente el límite entre adentro y afuera, sino que define la forma del espacio urbano y, como tal, propicia la experiencia de la continuidad de una comunidad.

En el caso que nos ocupa, el volumen de la capilla, con su cúpula aparente -nota romántica y original- es un plus en términos de valores plásticos en contrapunto con el plano de la fachada. Además, en su interior luce una decoración excepcional de pinturas y vitrales de Ramón Subirats. El hecho de tener acceso desde la calle facilita su apertura al público.

Todo el frente es en rigor un cuerpo de salones también con puertas al exterior. Es fácil por lo tanto imaginar varios usos posibles para esas habitaciones sin alterar la actividad del interior y sin modificar el carácter y el encanto del lugar.

Por ello hay que celebrar iniciativas como ésta que enriquecen la experiencia vital aún para aquellos que no son sensibles a estas cuestiones.

Las obras valiosas son pacientes: están ahí a la espera de ser descubiertas.

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