El baile es una forma de expresar alegría de cuerpo entero. La música nos incita a seguir la música y entonces todo se predispone para acompañar con todos los músculos lo que estamos escuchando.
El baile es una forma de expresar alegría de cuerpo entero. La música nos incita a seguir la música y entonces todo se predispone para acompañar con todos los músculos lo que estamos escuchando.
Los bailes de ahora por ahí esbozan una coreografía menor, menuda, limitada, pero por lo general son acciones individuales. Uno se va adaptando a la propuesta musical, como le da la gana y entonces zangolotea el esqueleto sin un plan medianamente agradable.
Cada uno baila a su manera, salvo que sean bailes folclóricos, porque estos sí tienen coreografía y la mayoría la respeta con mayor o menor acierto, pero tratando de acercarse a lo que está estipulado.
El baile es maravilloso y tiene en sí varias categorías. Está el baile clásico donde uno puede darse un empacho de buen gusto viendo cómo se adaptan los cuerpos al pensamiento de Chaikovsky. También hay bailes modernos en los que los involucrados hacen malabarismos con su cuerpo y uno no entiende como pueden describir el ritmo de tan original manera. Y están los bailes simples, los de pueblo, donde todavía, se baila abrazados con los cuerpos tentadoramente cercanos y a veces, pocas veces, mejilla contra mejilla.
A tal punto el baile es un arte que interesa que hay programas de televisión (es muy embromado tratar de mostrar un baile por radio) donde la esencia del programa es el baile, tal “Bailando por un sueño” del señor Tinelli, copia de programas de otras latitudes, en donde se enseñorean excelentes señoritas, de cuerpo sumamente bailables, con estilizados cuerpos de señores que las acompañan.
No conozco bailes tristes. Tal vez los haya habido cuando los pueblos originarios realizaban sus rituales mortuorios, pero en la actualidad expresan, como dijimos al comienzo, alegría.
Entonces me pregunto: ¿qué hacía el presidente de los argentinos bailando en el escenario de un foro internacional?
Había recibido el premio “Ciudadano global” –que no sé qué premia realmente, porque, en esencia todos somos ciudadanos globales– y se mostró muy contento de haber trabado, según él, una amistad promisoria con Christine Lagarde, la capa del Fondo Monetario Internacional, que es como un segundo gobierno para la Argentina, sino el primero.
Cuando subió a recibir el premio junto con otros destacados, la tomó sorpresivamente a Adrienne Arsht, empresaria y filántropa y ensayó algunos pasos de baile.
Mientras eso ocurría en el Norte, aquí en el Sur se desarrollaba un paro contundente, renunciaba el presidente del Banco Central y se desplegaban manifestaciones por las calles descontentas, sobre todo, por el rumbo económico que propone el gobierno, tres muestras de la misma crisis. Entonces la pregunta: si el baile es una expresión de alegría, ¿de qué estaba contento el presidente? ¿De haber tenido que ir a pedir ayuda al fondo? ¿Del premio que le dieron? ¿De la cena que sirvieron?
Pareció una tomada de pelo a todos aquellos que bailamos la danza de la incertidumbre todos los días. Él baila sobre escenarios internacionales, nosotros bailamos la danza del dólar, que es una danza que todavía está verde.
No la sacó a la Lagarde porque entonces sí hubiera podido decir que a él le tocó bailar con la más fea.