24 de septiembre de 2018 - 00:00

El adorno curricular de los políticos españoles - Por Joana Bonet

Mis amigas y yo teníamos un truco para estudiar: lograr el machete perfecto, la que en menos papel contuviera mayor información estratégica y legible. A fuerza de repetir tantas veces lo mismo, haciendo callo en el dedo corazón, memorizábamos sin querer fechas y reyes, de forma que ya no las necesitábamos aunque permanecieran en nuestro bolsillo, arrugadas y húmedas de tanto manosearlas.

Muchos de quienes nos licenciamos en los ‘90 no codiciábamos un master, nos bastaba con dejar de ser una carga para nuestros padres, empezando desde abajo y donde las vocación o la fortuna nos hubieran lanzado. El conocimiento era un valor supremo, y las ganas de husmear en su corte nos hicieron aprendices autodidactas: la honestidad iba en el sueldo. El prestigio intelectual nunca fue condición sine qua non para presidir un país, al menos así lo ha demostrado la historia. Pero si lo fue la veracidad. Que lo que decían ser y creer nuestros representantes fuera honesto y verificable.

Hoy, cuando ya se han caído todos los mitos y el poder ha corrompido aquello que ha tocado, desde la iglesia al fútbol, la credibilidad de la universidad queda gravemente cuestionada a causa del quiosquito de la Rey Juan Carlos, cuyos alumnos matriculados hoy se avergüenzan al pronunciar su nombre. El adorno curricular ha generado un auténtico género periodístico, porque las imposturas ya no quedan en anécdota con la imposición de una ética global. “Burbujas de la prensa de Madrid” lo califica el presidente Torra, cuando por copiar sus tesis dimitieron dos ministros de Merkel: el aristócrata Karl Theodor zu Gutenberg y Annette Schavan y en Hungría tumbaron a su presidente, Päl Schmitt, por lo mismo.

La pureza del conocimiento debería ser inviolable, pero, ¿quiénes son los rectores de nuestros rectores, los jueces de nuestros jueces, los vigilantes de nuestros vigilantes? Los círculos de poder endogámico actúan de la misma forma. Sacan tripa, no dan explicaciones ni responden, y, si se les molesta, amenazan con tirar de la manta. Debería hacer autocrítica la universidad española: ninguna de ellas figura entre las 200 mejores del mundo.

En su libro póstumo, “Pensar el siglo XX” (Taurus), Tony Judt lamentaba el paso de “una meritocracia social e intelectual a un sistema regresivo y socialmente selectivo de educación secundaria en virtud del cual los ricos podían de nuevo comprar una educación a la que los pobres no podían acceder”.

Bien lo expresó la ex ministra Carmen Montón, tan mal aconsejada, con su frase eslogan: “No todos somos iguales”, queriendo marcar distancias entre los tipos de fraude y de cáscaras vacías. Hay quienes sólo le echan codos para conseguir un grado, y quienes logran un master con puente de plata, sin embargo, siempre ignorarán la íntima satisfacción del esfuerzo intelectual. Y probablemente no les importe nada porque se han acabado creyendo su propia mentira.

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