16 de febrero de 2014 - 00:23

Educación, la tarea pendiente de Obama

A juzgar por esta nota, muchos de los problemas educativos de EEUU son muy similares a los de la Argentina.

El presidente Barack Obama debería hacer enteramente suyo el discurso que hace poco dio su secretario de Educación, Arne Duncan, el cual no fue escuchado por mucha gente.

De hecho, fue un discurso para sentirse mal que planteó una pregunta enorme.

¿El país se está quedando atrás en materia de educación no solo porque no se recluta a los mejores estudiantes universitarios para que sean maestros o a causa de los sindicatos que se oponen a las reformas, sino por la cultura de hoy en día, en la que demasiados padres y chicos no se toman muy en serio la educación y no quieren aportar el trabajo necesario para destacar realmente?

¿Es ésta la causa fundamental de la desigualdad en el ingreso y de la pobreza persistente? No. Pero ciertamente sería una parte de la solución y es un tema que Obama no ha abordado de ninguna manera sostenida.

Me ocuparé del discurso de Duncan en un momento pero primero, si piensan que él está exagerando, escuchen a los maestros. Ésta es la esencia de una carta publicada recientemente por The Washington Post de una veterana maestra de artes y lengua de séptimo año en Frederick, Maryland, que explicó por qué ya no quiere seguir dando clases (pidió quedar en el anonimato.)

Después de quejarse del “plan de estudios superficial que fomenta la conformidad mecánica”, ella relata: "Decidí que, si iba a enseñar esas tonterías, lo menos que podía hacer era enseñarlas bien. Me fijé unas expectativas altas, mantuve estructurados a mis grupos, di tutorías a los estudiantes, ofrecí prácticas adicionales y traté de hacer divertidas las clases. (...) Rápidamente ascendí a la categoría de 'maestra preferida’, mantuve abiertos los canales de comunicación con los padres y tuve muchos alumnos de puro diez. Fue más o menos por ese tiempo cuando me llamaron a la oficina de la directora. (...)

Ella me entregó una lista de unos diez estudiantes con calificaciones reprobatorias o deficientes. En ese tiempo yo tenía unos ciento veinte estudiantes, así que eso estaba conforme con una curva de campana estándar. Al ir repasando a cada uno de ellos, le mostré a la directora mis hojas de calificaciones que no solamente revelaban una puntuación baja sino el hecho de que no entregaban trabajos y su falta de responsabilidad.

Le mostré mis registros de tutoría, mis cartas a los padres, pero solamente para que me interrogara más a fondo. A fin de cuentas, la reunión se redujo a dos frases que siempre recordaré como el lema que define a la educación pública: ‘No se les permite fracasar’ y ‘Si tienen calificaciones reprobatorias o deficientes, hay algo que el maestro no está haciendo por ellos’. ¿Qué era lo que yo no hacía por ellos? Supongo que no les daba las respuestas en los exámenes. No les tomaba la mano para escribir por ellos. No los seguía a casa cada noche para asegurarme de que hicieran su trabajo a tiempo. No les disculpaba su falta de disciplina. (...) Los maestros están sujetos a normas imposibles y, por su parte, los estudiantes difícilmente son responsables de su educación y son incapaces de fracasar”.

Yo recibí una carta casi idéntica el mes pasado de un maestro de preparatoria en Oregón. “Hasta más o menos 1992, yo tenía por lo menos un chico en cada grupo que definitivamente no hacía nada. Un mal grupo podía tener dos. Ahora tengo de diez a quince. Hace poco les eché un vistazo a mis viejos exámenes de los años ochenta. Eran exámenes difíciles y exhaustivos, sin la posibilidad de consultar notas. Pocos estudiantes los aprobarían actualmente. Estamos estupidizando a nuestros estudiantes.

Estamos en un descenso inexorable en el que llegará el día en que lo único que tenga que hacer un chico para aprobar es tener presión arterial. Los chicos de hoy en día no son diferentes en ‘naturaleza’. (...) La diferencia es que, en ese entonces, hacían el trabajo aunque no quisieran. Ahora no lo hacen. (...) Ésta es una conversación real que tuve con una estudiante deficiente, que fue muy sincera en sus comentarios: ‘Yo sé que usted es un maestro muy bueno pero parece que no se da cuenta de que tengo que estar dos horas en Facebook cada noche y tengo que lidiar con más de cuatro mil mensajes de texto al mes. ¿Cómo espera que haga todo ese trabajo?’. Cuando recojo las tareas al principio de la clase, lo normal en una clase de treinta y cinco alumnos es recoger de ocho a diez tareas. Si no diera medio crédito por entrega tardía, creo que la mayoría reprobaría”.

Ahora tenemos una idea de por qué Duncan dio su discurso en la Cumbre Educativa para Padres Líderes de la Junta Nacional Rectora de Evaluación. He aquí un extracto:

“En 2009, el presidente Obama se reunió con el presidente Lee de Corea del Sur y le preguntó cuál era su mayor desafío en la educación. El presidente Lee le respondió sin vacilar que los padres en Corea del Sur eran ‘demasiado exigentes’. Incluso los padres más pobres exigen una educación de primera clase para sus hijos y él tenía que gastar millones de dólares al año para enseñarles inglés a los niños de primer año, pues los padres no querían esperar al segundo. (...) Ya quisiera yo que nuestro mayor problema aquí en Estados Unidos fuera que los padres exigen escuelas de excelencia”.

“Quisiera plantearles una pregunta sencilla: ¿Los niños de Corea del Sur merecen mejor educación que los nuestros?”, continuó Duncan. “Si su respuesta es no, entonces el trabajo está cortado a la medida de ustedes. Pues actualmente, Corea del Sur -y bastantes países más- están ofreciéndoles más a los estudiantes, y exigiéndoles más, que muchos distritos escolares en Estados Unidos. Y los resultados se notan en el aprendizaje de nuestros niños, en sus oportunidades de tener éxito y en las increíblemente grandes brechas de logros en este país. Hacer algo respecto de nuestro bajo desempeño significa elevar su voz y animar a que también hablen otros padres que no están tan comprometidos como ustedes. Los padres tienen el poder de refutar la complacencia educativa en su casa. Los padres tienen el poder de exigirles más a sus líderes y también de pedirles más a sus hijos”.

Tras citar el reciente libro de Amanda Ripley -“The Smartest Kids in the World, and How They Got That Way”-, Duncan señaló: “Amanda nos señala con el dedo a ustedes y a mí como padres. No porque no participemos en la escuela sino porque, con demasiada frecuencia, participamos como no se debe. Los padres, afirma, se contentan con asistir a los eventos deportivos, con su cámara de video en la mano, y luego van a la escuela a protestar por una mala calificación. Pero también observa, y la cito: ‘Los padres no suelen presentarse en la escuela para pedir que les pongan a sus hijos lecturas más difíciles o que en el jardín de niños se enseñen matemáticas mientras a los chicos todavía les gustan los números’. (...)

Para ayudar realmente a nuestros niños tenemos que hacer mucho más como padres. Tenemos que cambiar la expectativa respecto de cuánto deben de trabajar los chicos. Y tenemos que colaborar con maestros y líderes para crear escuelas que les exijan más a nuestros hijos”.

Eso sí que sería un discurso que el país necesita escuchar de su presidente... y que no olvidaría.

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