1 de octubre de 2019 - 00:00

Educación financiera: el escudo en tiempos de crisis - Por Mariano Zalazar

Los economistas siempre distinguen dos tipos de pobreza: la coyuntural y la estructural. La primera es la más volátil, la que aparece y desaparece rápidamente de acuerdo al avance de la economía. La segunda es mucho más profunda y difícil de combatir; no deja de existir por la entrega de un subsidio o de un beneficio impositivo, ni cede ante un año aislado de crecimiento económico.

Con frecuencia escucho a los expertos decir que se necesitan al menos tres o cuatro años de mejora sostenida para empezar a ver cambios favorables en los índice de pobreza. Lo cierto es que Mendoza nunca alcanzó ese objetivo en la última década. Según un informe de la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas de Mendoza (DEIE), el Producto Bruto Geográfico (PBG) de la provincia (estudio que mide el tamaño de la economía) cayó en 2009, 2012, 2014 y 2016. Seguramente el 2019 se sumará a esa lista.

Está claro que hasta que eso no cambie, la tendencia de pobreza creciente tampoco lo hará. Sin embargo, hay otro factor aun más importante que se está pasando por alto: la educación financiera.

Desde el primer día de escuela hasta el último, nos preparan para salir al mercado laboral a ejercer correctamente un oficio o profesión, pero no nos enseñan qué hacer con el dinero una vez que está en nuestras manos. No aprendemos a ahorrar, a invertir ni a iniciar un negocio propio.

En el libro “Padre Rico, Padre Pobre”, Robert Kiyosaki dice: “Hay una diferencia entre ser pobre y estar quebrado. Uno puede estar quebrado temporalmente, uno es pobre eternamente”. Lo que plantea el autor, es que aquellas personas con educación financiera pueden pasar por un mal momento económico, pero tarde o temprano sus conocimientos le permitirán salir de esa situación. Los pobres, en cambio, difícilmente puedan cambiar su realidad si no saben administrar e invertir sus ingresos.

Por eso, para erradicar la pobreza estructural hay que ir a las raíces del problema. Hay que darle a los mendocinos el poder del conocimiento. Si las nuevas generaciones terminan sus estudios sabiendo utilizar las herramientas financieras que ofrecen los bancos, los mercados de capitales y hasta el mercado de divisas, las posibilidades de quedar atrapados dentro de la pobreza estructural serán mucho menores.

Saber cómo crear y administrar un emprendimiento propio también es fundamental. Es importante entender que un mercado laboral cerrado, que no crea puestos de trabajo, no es el final del camino. Hay cientos de maneras de generar ingresos y son mucho más accesibles de lo que se piensa.

Una población “plagada” de emprendedores, inversores y ahorristas estaría mucho mejor preparada para enfrentar una crisis. La educación financiera es una especie de “escudo” contra la pobreza que todos deberíamos tener.

En mayo pasado la Municipalidad de Mendoza, en conjunto con la Dirección General de Escuelas, el Banco Central y el Banco Ciudad, desarrollaron algunas actividades de educación financiera para niños y jóvenes de las escuelas Leonardo Favio y Bernardo Houssay. Los resultados fueron prometedores, pero es necesario que esa capacitación se vuelva permanente en la educación primaria, secundaria y terciaria. Así, un día, los índices de pobreza que sufrimos hoy serán solo un mal recuerdo.

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