El pasado 7 de junio se realizó en el salón cultural Bernardino Rivadavia la Primera Edición de las Jornadas de Política Educativa "Educar para Crecer", organizadas por el Instituto para la Transformación del Estado y la Sociedad (ITES) con el auspicio de la Secretaría de Relaciones Institucionales de la Universidad Nacional de Cuyo y del INAES. Como se deducirá por la fecha, esta nota no intenta constituir la publicidad de tal evento académico, sino una reflexión que surge de la experiencia de aquellos que participamos del mismo.
En dicha jornada, además de realizarse una teleconferencia con el prestigioso académico Juan José Llach, director de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral, y de la conferencia de Santiago Gelonch Villarino, destacado profesor de Epistemología de las Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, se realizó un panel de "análisis de la enseñanza media", en el que participaron el que suscribe, el Prof. Néstor Luján (presidente de la Federación de Colegios Humanistas), el Ing. Antonio Álvarez Abril, profesor de la Universidad Tecnológica Nacional y director del Instituto de Bioingeniería de la misma casa de estudios, y Luis Acosta, responsable de la Formación Técnico-Profesional de la Dirección General de Escuelas.
Lo primero que pienso cuando se logra en un ámbito proponer planteos serios sobre la educación pública es la necesidad que de ellos tenemos. Es necesario y posible generar espacios de reflexión sobre la educación, pues uno de los problemas de la misma es la indiferencia de nuestra sociedad hacia una tarea que no sólo es noble, sino uno de los fundamentos de la misma.
En este punto, me hago eco de una apreciación de Llach: "La educación en la Argentina no constituye un tema relevante en la discusión pública", y agrego: ni ocupa tampoco un lugar de relevancia en la agenda política de aquellos que tienen la responsabilidad de conducir a la sociedad.
Si una sociedad se niega a pensar sobre su educación se está negando, al mismo tiempo, a pensar sobre un proyecto de provincia y de país y sobre la posibilidad de desarrollo y crecimiento de las generaciones que deberían plasmar tal proyecto. Indirectamente niega la necesaria relación que existe entre el problema educativo y su solución, con problemas tales como los de la economía, la política, el orden social, etc. Pues si buscamos las raíces profundas de tales dificultades, encontraremos que en algún punto las mismas podrían haber encontrado una alternativa de salida si antes hubiera existido un planteo serio desde el plano educativo.
Por ejemplo, cuando pensamos en el ámbito del empleo y, por tanto, en la cantidad de jóvenes subocupados que estudiaron una de las llamadas "carreras tradicionales", advertimos que en realidad no hay una auténtica orientación para que estudien aquello que la sociedad necesita y que, por lo tanto, les permitirá obtener honorarios decorosos.
Cuántos médicos y abogados jóvenes deben trabajar por salarios paupérrimos cuando, y al mismo tiempo, la sociedad requiere de ingenieros de todas las áreas, ya que es imposible el despliegue de la industria o la reconversión del agro sin el recurso humano calificado.
Tampoco puede pensarse en una mejora cualitativa de la educación sin educadores que se destaquen por su excelencia.
En Finlandia, por ejemplo, es necesario establecer cupos a la carrera docente pues es una de las más pretendidas por los jóvenes que culminan el secundario, porque si bien existen altos niveles de exigencia para los que pretenden convertirse en educadores, existe una remuneración acorde a tan noble tarea.
Otro aspecto digno de destacar es que la jornada no se limitó a la crítica, y si se hicieron diagnósticos lo fueron con el ánimo de brindar propuestas superadoras.
Algo digno de resaltar del panel fue el criterio de pensar de manera constructiva, no reiterando antinomias como educación pública o privada, humanista o técnica, etc. A pesar de los matices de los que componían el panel, se buscó unificar criterios acerca de lo que es mejor para nuestros jóvenes en nuestras actuales circunstancias.
Del ánimo de este panel quisiera dejar plasmada una de mis últimas apreciaciones: toda reforma educativa, si quiere lograr un cambio real y positivo, debería surgir del consenso de todos los que estamos involucrados en la educación, especialistas, docentes, padres, dirigentes políticos, representantes del sector productivo, etc.
Una reforma real debe ser el proyecto de una nación, de una provincia, cuyos miembros, conociendo el rumbo fijado, participen todos de una manera efectiva. ¿Cuántas experiencias tenemos ya de leyes redactadas en un escritorio y que sólo han agudizado los problemas en lugar de resolverlos? La ardua tarea de la educación de los niños y jóvenes de nuestra provincia y nación requiere y exige la participación de toda la sociedad política.
Algunas conclusiones de esta jornada
a. La necesidad de brindar una educación de calidad para todos, lo que constituye una necesidad urgente.
Consciente de que el término calidad por su uso inadecuado y reiterado se ha tornado en una noción vaga, su uso hace precisa una breve explicación: "Por calidad educativa entendemos la ?formación acabada del estudiante', lo que implica, por un lado, el ?aprendizaje efectivo de las ciencias' y, al mismo tiempo, la ?asunción de los valores permanentes de la cultura', de la que resulta el adecuado despliegue moral, afectivo, comunitario, estético, etc., a fin de lograr una personalidad unitaria, no cercenada".
La calidad no puede ser privativa de algunas escuelas, y por tanto de una parte de la población escolar.
Si no revertimos la situación actual, situación que ya he advertido en otras publicaciones de este diario, la educación se constituirá en una estafa. Pues, las titulaciones que entregamos nada tendrán que ver con los conocimientos y competencias reales que poseerán los estudiantes que la reciban, lo que los conducirá al fracaso en la educación superior o en su inserción en la vida laboral.
Esto ya fue avisado por Jaim Etcheverry en su obra ("La tragedia educativa" en su primera edición -año 2000), aunque mucho antes había sido advertido por una multitud de voces provenientes de los más diversos ámbitos. Cito sólo un ejemplo: Juan Mantovani en su obra "Bachillerato y formación juvenil" de 1940.
b. La necesidad de recuperar la "escuela pública", lo que supondría una reforma profunda de la misma a fin de que se convierta en auténtica escuela de madurez para el adolescente, para el que está creciendo y necesita ser nutrido y alimentado por la asimilación de la cultura y el ejemplo de los referentes de la sociedad política.
En ámbito propicio para el descubrimiento del mundo, al decir de Antonio Álvarez, lo que supondría eliminar la enseñanza enciclopedista ceñida a las pautas del utilitarismo y del más craso materialismo. De allí la necesidad y urgencia de las humanidades.
Por lo mismo, la escuela argentina debe dar respuesta a la singularidad. Tal respuesta implicará brindarles a los adolescentes las posibilidades oportunas de acuerdo a su talento, a su inclinación y sus méritos. Si todos los adolescentes no son iguales no deberíamos educarlos como si fueran iguales, de ahí la necesaria diversificación de la enseñanza media que atienda la singularidad de los que la transitan.
c. La necesidad de generar políticas, no acciones aisladas, que aseguren la continuidad del rumbo educativo en el tiempo. De allí la realización de estas jornadas: la urgencia de pensar la educación en clave de política pública.