La educación se desenvuelve en sistemas complejos dentro de un contexto determinado por la responsabilidad estatal primaria que adoptaron las naciones en la modernidad.
La educación se desenvuelve en sistemas complejos dentro de un contexto determinado por la responsabilidad estatal primaria que adoptaron las naciones en la modernidad.
El diseño de estos sistemas de enseñanza, entre otros objetivos tenían el de asegurar la efectiva incorporación del educando al sistema de trabajo de la sociedad industrial. En consecuencia, no es desatinado decir que las naciones modernas se desarrollan con educación, pero no todas lo hacen de igual modo o con iguales resultados.
El Estado, al instituir la educación como su responsabilidad pública, propuso la construcción de un mecanismo social con el fin de ordenar y nivelar (lamentablemente, casi siempre, por lo inferior) los contenidos, los grados y niveles, la extensión y títulos o certificaciones en cada nivel del sistema.
Estas instituciones se proyectan más allá de las voluntades individuales, al identificarse con la imposición de un propósito, considerado -al menos en teoría- como un bien social, es decir: normalizado para el conjunto a educar. Su mecanismo de funcionamiento varía ampliamente en cada caso, aunque se destaca la elaboración de numerosas reglas o normas que suelen ser poco flexibles y moldeables.
Las instituciones educativas se erigían, entonces, como un ente integrador, aunque también homogeneizador de las personas, al incorporar también como rol el enseñar las nociones básicas de la nacionalidad a los hijos de los no nativos. Pero es preciso reconocer que, más allá de su objetivo de bienestar colectivo, en definitiva como todas las instituciones las educativas presentan un aspecto restrictivo para la libertad individual, justificado por la “más alta” finalidad social. Y no es de extrañar que las mismas sean más bien conservadoras que transformadoras del medio social donde se desenvuelven.
Las instituciones están llamadas a permanecer, pero no por ello son totalmente estáticas, siempre tienen su dinámica, evolucionan, cambian, claro que a velocidades “lentas"”o casi rutinarias, pero lo que está cambiando en nuestro caso es su finalidad: la “educación”, que transita desde una situación de alta institucionalidad, a una de transformación generalizada de los saberes, de los procedimientos de las modalidades de enseñanza, de las tecnologías aplicadas, y de la propia sociedad, y también de las competencias necesarias para que los individuos puedan desempeñarse en esta con éxito.
A pesar del rol asignado a la docencia, las grandes transformaciones en la educación pocas veces se han dado por el solo impulso de esta actividad docente, y tampoco por otras causas endógenas, sino que aquellas de mayor trascendencia, como lo fue la incorporación efectiva de la mujer en todos los niveles de los sistemas educativos, o la incorporación a los diversos niveles educativos de las [¿podemos continuar llamándolas nuevas?] tecnologías de cómputo, información y comunicación, se han producido por factores exógenos de cambios en la sociedad.
Si acordamos, en una descripción restrictiva, que las entidades que componen un sistema educativo -que en tanto tal es al mismo tiempo un sistema material y un sistema conceptual- son los docentes, los alumnos, las autoridades, los contenidos educativos, las pedagogías y las tecnologías, es admisible acordar que todos y cada uno de ellos evoluciona con el paso del tiempo, sólo que todos marchan con el paso cambiado. Esto es, responden a diferentes velocidades de transformación.
Las tecnologías evolucionan a mayor velocidad que las pedagogías y que los contenidos educativos. Los alumnos avanzan a mayor velocidad que los docentes, y éstos que las autoridades. La incorporación de la computadora e internet a la educación fue vista como el gran objetivo para alcanzar la modernización, lo que puede ser cierto sólo si olvidamos la paradoja enunciada por Horacio Godoy: “Una institución obsoleta a la que se incorpora computación se convierte por ese sólo hecho en una institución obsoleta con computadoras”.
Otro cambio significativo respecto a las tecnologías es que ya no se presentan como instrumentos aislados contenidos en el aula, y muestran una creciente interrelación entre ellas y el contexto social para ser plenamente ubicuas, conectando todo en cualquier lugar y momento, con lo que exceden largamente su aplicabilidad al limitado horario escolar. Tampoco pueden considerarse más inversiones a largo plazo, o definitivas, como lo es la infraestructura de edificios e instalaciones, sino que evolucionan a su propio ritmo, usualmente más rápido que el conocimiento necesario para su aplicación.
Por su parte los docentes, ya no provienen exclusivamente del ámbito local, ni dependen de su acreditación por el propio sistema, y se puede acceder a ellos, en diversas instituciones, en todo el mundo, en cualquier momento y casi sin limitaciones de lenguaje o textualidad. Lo que patentiza la gran asimetría en los niveles de actualización y perfeccionamiento en la docencia.
Los contenidos “institucionalizados” se renuevan muy lentamente, son prácticamente fijos, permanentes y para todos iguales En tanto que los conocimientos que se ofrecen “en línea” son múltiples, construidos colectivamente, resignificados contextualmente, personalizados y se actualizan aceleradamente. Si todos estos componentes de la educación difieren en sus atributos y propiedades estructurales, también sus diferentes velocidades de cambio o evolución, tal situación se refleja en sus relaciones intra y extra sistémicas.
Frente a ello, si tenemos en claro que la educación no se reduce a la enseñanza en la escuela, el hogar, la familia, las inserciones grupales y el propio individuo vuelven a adquirir gran importancia, y como muchas de las funciones sociales la educación deviene en personalizada, permanente, susceptible de ser alcanzada en cualquier lugar en todo momento. Haciendo cada día más posible lo que enseñaba Gandhi: “Debes convertirte en el cambio que desear ver el mundo”.