Confirmaron que el hombre de 28 años que manejaba el automóvil tenía 2,18 gramos de alcohol en sangre, lo que superó casi cuatro veces el límite permitido por ley.
A pesar de la reiteración de siniestros viales fatales producidos por conductores irresponsables que salen a manejar tras una ingesta de alcohol, la comunidad no debe ceder posiciones y bregar para que estos casos disminuyan en la realidad provincial.
Confirmaron que el hombre de 28 años que manejaba el automóvil tenía 2,18 gramos de alcohol en sangre, lo que superó casi cuatro veces el límite permitido por ley.
La base de esta introducción periodística, de una crónica más de un incidente vial ocurrido en el Gran Mendoza, es el leit motiv al que nos estamos acostumbrando los mendocinos por la reiteración de incidentes de tránsito con una única causa: manejar bajo la influencia de una ingesta alcohólica.
Los efectos del alcohol, al aumentar el tiempo de reacción, deteriorar la coordinación motora, el procesamiento de la información y disminuir la atención, reduce marcadamente la capacidad para conducir con seguridad e incrementa el riesgo de accidente.
Por añadidura casi siempre estos siniestros vienen acompañados de la alta velocidad que las personas que han bebido les imprimen a los vehículos que conducen.
Los incidentes que se producen por esta combinación de alcohol y velocidad son gravísimos y muy gravosos por la pérdida de vidas o la secuela de heridos con peligro de sufrir discapacidades permanentes.
Las escenas de rescate y atención de las víctimas, que se desencadenaron tras el tremendo accidente ocurrido en la madrugada del domingo 31 de agosto, en pleno centro de San Rafael, deberían ser suficiente motivación para que nadie condujera más luego de haber tomado unas copas en una reunión.
El joven que provocó la tragedia, de 21 años de edad, acumulaba 0,96 gramos de alcohol en sangre (el doble de lo permitido) y por su imprudencia en la conducción causó la muerte de su acompañante y amigo, también de 21 años, y heridas a dos personas más, incluido el propio titular del rodado que causó el siniestro.
La Físcalía de Tránsito trabaja sobre las pericias y la reconstrucción del siniestro. Según los resultados preliminares, el conductor tenía 0,96 gramos de alcohol en sangre. Aunque esa cifra no constituye automáticamente un agravante de homicidio culposo, los investigadores evalúan si hubo exceso de velocidad o manejo imprudente, lo que elevaría la escala penal a prisión cuando se inicie el proceso judicial pertinente.
Obviamente, importa saber qué castigo recibirá el culpable de este drama, pero no hay punto de comparación frente al vacío que el accidente causó en el seno de la familia afectada, que perdió un integrante en el comienzo de la vida, prácticamente.
Desde estas columnas venimos apelando a la necesidad de imponer como conducta permanente el manejo prudente y defensivo de automotores, en circunstancias de travesías extensas o en el simple desplazamiento en las calles de ciudades o sectores más poblados.
Por el lado de la legislación vigente y las eventuales reformas que se puedan introducir, es necesario esperar la máxima aplicación de las normas que castigan estas conductas.
Pero, hay que volver a insistir en la educación que se puede brindar a través de la escuela pública y otros ámbitos de discusión de conductas que deterioran las familias y el tejido social comunitario.
Trabajo entonces para esos ámbitos y también para la discusión en el seno de las uniones vecinales y entidades de la organización civil, tuteladas por los especialistas en temas viales y funcionarios especializados en este flagelo que no podemos erradicar de nuestras vías de comunicación.