El debate político debería entenderse como una forma de educación cívica en la que ideas distintas disputan o acuerdan en la escena pública para fortalecer el pluralismo necesario a fin de que la sociedad pueda optar de acuerdo a sus preferencias entre las alternativas ofrecidas.
Sin embargo, cada día crece más el modelo opuesto: el de la agresividad permanente donde todos insultan a todos y donde las generalizaciones superficiales tratan a mejores y peores como si de la misma cosa se tratara.
Eso no ocurre solamente en el país, sino que la degradación política es hoy un fenómeno mundial, pero en la Argentina sus expresiones son por demás elevadas. Ejemplo concreto de lo que decimos es la relación que el presidente de la nación, Javier Milei, viene manteniendo con los gobernadores de provincias en la discusión por el reparto de los fondos públicos.
Primero , Javier Milei afirmó que todos los gobernadores querían destruir al gobierno. Y cuando se le repreguntó si quería decir “algunos” en vez de “todos”, reafirmó la palabra “todos”, con lo cual estaba diciendo que incluso los mandatarios provinciales que lo apoyan son sus enemigos, están en contra de su gobierno hasta el punto que quieren desestabilizarlo cuando menos. Luego continuó en su campaña lanzando todas las agresividades e insultos posibles -a los que suele ser por demás proclive en casi todas sus declaraciones públicas- contra los mismos gobernadores por disentir en alguna que otra ley que le quita o le niega recursos indispensables para la gestión.
Cuando todo esto se intensifica, la acción política se torna invivible y contribuye fuertemente al ya de por sí elevado desinterés de la gente común por la cosa pública en todas sus manifestaciones.
Y lo más preocupante de todo es que este clima enrarecido de generalizaciones injustas y de agresiones permanentes se genera desde lo más alto de la esfera política, luego es multiplicado por las instancias subordinadas en la jerarquía partidaria, también por las redes militantes (verdaderas cloacas de la ofensa) y al final todos caen en el mismo modo de hacer política, que es el peor modo de hacerla.
En este opaco presente, cuando un periodista pregunta algo que no es del agrado del político entrevistado, éste -no sólo el presidente- termina acusando al profesional de la comunicación de cometer tontas generalizaciones (cuando son ellos, los políticos, quienes generalizan todo) y no son pocas las veces en que su lenguaje frente al entrevistador termina siendo por demás maleducado o incorrecto.
En suma, generalizaciones y agresiones que afectan la sana convivencia que debería existir, aún con las más profundas diferencias, entre los distintos actores de la vida pública y en la relación de éstos con la sociedad en general. No se puede vivir todo el tiempo insultando y ofendiendo justificando tales actitudes diciendo que son meras formalidades, que lo que en verdad importa es el fondo. Cuando en realidad, casi siempre la forma y el fondo terminan siendo lo mismo.
La política argentina, empezando por sus más altas jerarquías, debe recuperar la calma y el respeto que parece estar perdiendo en magnitudes crecientes y sofocantes.