La reciente primera vuelta electoral determinó que la presidencia de Bolivia se resuelva, en una segunda elección, entre el senador Rodrigo Paz y el expresidente Jorge Quiroga. Ambos representan, en mayor o menor medida, a la derecha política. De esta manera, el resultado del domingo pasado puso punto final a 20 años de hegemonía política del izquierdista MAS.
El oficialismo boliviano quedó totalmente relegado en la votación. Entre su propio candidato y otro representante de la izquierda apenas sumaron 11 por ciento de votos. El derrumbe fue producto, en gran medida, del rechazo a las desinteligencias constantes entre Evo Morales y el presidente Luis Arce, su sucesor y ex colaborador.
Además, influyó el hartazgo de la población hacia medidas de la actual gestión que destruyeron su imagen pública, como la crisis económica surgida a partir de la escasez de divisas para insistir con una política de subsidios a los combustibles, por citar uno de los ejemplos más palpables, junto con la elevada inflación.
Luis Arce terminó siendo el detonante para el personalismo político encarnado por Evo Morales. Arce estuvo muchos años acompañando al líder del MAS como ministro de Economía y Finanzas, desde donde promovió el mercado interno, la estabilidad cambiaria y la industrialización de los recursos naturales de su país, por citar una parte de sus aciertos.
Esos antecedentes se reflejaron en el respaldo popular que tuvo al momento de su triunfo. Pero también surgía la esperanza de una mejor calidad institucional y de una estabilidad democrática que con los años de dominio de Evo Morales fue quedando de lado en el vecino país.
Debe recordarse que, como Hugo Chávez en Venezuela, Morales saltó a la política como una salida esperanzadora de la mayoría de la sociedad boliviana ante el descrédito de la dirigencia tradicional. Luego llegaría la tentación con la continuidad en el poder para perpetuarse en él; recuérdese su renuncia, en 2019, por fraude en la primera vuelta electoral de entonces y el rechazo del Tribunal Constitucional de Bolivia, el año pasado, a toda posibilidad de reelección indefinida que promovió. A ello se deben agregar otras serias denuncias de índole personal y moral.
Volviendo a la derrotada gestión del presidente Luis Arce, la lucha de poder librada contra Morales y los desaciertos de su gobierno, que contrastaron nítidamente con sus antecedentes ya apuntados, terminaron conduciendo a la hasta ahora dominante izquierda boliviana a una derrota que la puede dejar relegada por largo tiempo.
Por lo tanto, el 19 de octubre se definirá el camino a la Presidencia. Los bolivianos deberán elegir entre dos opciones de cambio: un centroderechista y un exponente de la derecha conservadora más extrema. Más allá del resultado, el cambio de orientación política será notable y puede dar paso a la conformación de nuevos frentes que le otorguen al país vecino el comienzo de una saludable alternancia democrática vedada por un hegemonismo extremo.