miércoles 28 de octubre de 2020

Sólo suscriptores
Flavio Soppelsa, cuarta generación de artesanos del helado. Desarrolló un laboratorio en donde fabrica sabores exitosos como palta o matcha limón. / Ignacio Blanco
Economía

Historias: Flavio Soppelsa, cuarta generación de artesanos del helado

Desarrolló un laboratorio en donde fabrica sabores exitosos como palta o matcha limón, entre otras delicatessen. Imprime su ritmo a uno de los helados más famosos de Mendoza sobre la calle Lavalle.

Flavio Soppelsa, cuarta generación de artesanos del helado. Desarrolló un laboratorio en donde fabrica sabores exitosos como palta o matcha limón. / Ignacio Blanco
Sólo suscriptores

Cuando en 1927, Güerino Soppelsa llegó a Mendoza, nunca imaginó lo que sucedería. Le puso apellido a una tradición, la misma que con algunos matices combina arte y sabor, la del helado mendocino. Como en los ’60, cuando inspirados en el art decó y junto a una vajilla exclusiva creada por ceramistas locales, sumaron nuevos colores y cremas a una propuesta diferente. Luego los integrantes de la familia tomaron su propio camino, y bajo el nombre de “Dante” agregarían sello propio -frente a un imponente mural del maestro Luis Quesada- en el local de calle Lavalle.

De la esquina de Avellaneda y Belgrano, la primera heladería Soppelsa, los nombres de Güerino y Ernesto, posteriormente los de Dante, Ítalo y Ferruccio le aportaron su esencia a una marca fuerte. Cuando falleció Ernesto, muy joven, sus hijos Dante y su hermana Noemí, crearon la empresa Soppelsa Hnos. y montaron el local de calle Las Heras. Mientras tanto, Ítalo y Ferruccio también tomaron sus propios caminos.

La visión de una inmigrante austríaca haría dar un giro inesperado a la historia de la marca. Dueña de una capacidad de trabajo envidiable y de un alto nivel de exigencia, Natalia, esposa de Dante, daría forma a un negocio propio y le pondría el nombre de su marido: Dante Soppelsa. En calle Lavalle, en la arteria principal de los cines, la presencia del local no pasó desapercibida durante los últimos 32 años.

“Creo que la gastronomía gourmet abrió una ventana al descubrimiento de nuevas materias primas exóticas, texturas y mezclas que los fabricantes artesanales de helado comenzaron a desarrollar. Mientras, de forma recíproca, los artesanos también han aportado a la cocina una gran dosis de creatividad”, sostiene Flavio (45 años), hijo de Dante y Natalia. Él es parte de la cuarta generación de artesanos del helado. Es responsable del laboratorio, donde se experimentan nuevos sabores.

Ignacio Blanco | Los Andes

De su mamá, que nació en la localidad de Villach, Austria, aprendió la calidez del trato; que para brindar un buen servicio es necesario primero una alta calidad humana. “Para nosotros el cliente es muy importante. Queremos que -al visitarnos- genere colecciones de experiencias positivas, recuerdos únicos y felices. Para alcanzar esa meta trabajamos. Para generar sorpresa con nuestro sabor pero también un gran servicio”, detalla Flavio Soppelsa, quien no siempre trabajó en Mendoza.

De hecho, durante un tiempo desarrolló su carrera en Carolina del Norte, EEUU. Trabajaba como asesor de marketing en la bodega Silver Court Winery. Después de varios meses, decidió dar un vuelco a su vida y volver a las raíces. En 2005, Flavio se hizo cargo del negocio familiar en calle Lavalle y no sólo tomó la administración sino que se abocó, con la ayuda de sus padres, a la faceta creativa. Su formación en administración, marketing e imagen, estaba puesta al servicio del lugar que lo vio nacer.

“Mi padre es una de las personas que más sabe de helados en Mendoza. Le profeso un gran respeto y admiración. Es un buen compañero, compartimos muchas horas de charla y un excelente maestro. Me ha enseñado mucho sobre elaboración. El laboratorio de calle Lavalle lo gestiono yo, mientras que él y su equipo se encargan de la elaboración para el local de calle Las Heras”.

“Para nosotros, la innovación, la búsqueda de nuevas materias primas, el descubrir nuevos sabores, el proceso de crear, nos apasiona. Creo que es nuestra razón de ser. Es importante saber escuchar la demanda de los clientes. Ellos van marcando el rumbo de nuestra empresa, busca productos más saludables, elaborados –por ejemplo- con leche de almendra-. Ellos van conduciendo nuestras búsquedas”, sostiene Flavio.

Su madre sigue impartiendo orden con una sonrisa. En el local se percibe la calma. Una familia italiana ha puesto corazón a una tradición genuina. El mercado de los helados ha incorporado nuevos sabores, como palta, algodón de azúcar, carbón activado, frambuesa rossé (helado de agua súper cremoso de frambuesa y pétalos de rosa), las particularidades de vinos.

“Está de moda el barista. Si tomamos en cuenta lo que se refiere a nuestra empresa, algunos sabores incorporan diferentes bebidas. Hay mucho de ello en el proceso creativo. Creamos en la especialización, en el arte”. Arte, pasión e innovación, tres de los pilares en los que se ha fundado un negocio que pronto cumplirá 100 años. No importan las aristas. En el recorrido, muchos sabores se han ganado desde 1927.

“Cuando me refiero al arte, al armar un helado frente al imponente mural del negocio, fluye una energía especial, una inspiración que hace mágico el helado a la vista. Queremos generar una grata sorpresa, una experiencia agradable. Nuestro esfuerzo está puesto en crear una experiencia única”, sostiene Flavio. Su aventura está por delante.