8 de enero de 2014 - 02:32

Donde manda Capitanich, manda marinero

El “jefe de Gabinete” se terminó de desdibujar. Su rol es absorber el desgaste y ser desmentido por los bufones de la reina. Un 2014 con más gasto, más impuestos y más inflación. Timerman y la “inserción” argentina en el mundo.

Las pocas e infundadas expectativas de apertura y sensatez que había despertado Jorge Capitanich se hicieron añicos. La dilución de su autoridad se inició a principios de diciembre, con las crisis policiales y los saqueos, y se completó a fin de 2013 cuando, a raíz de los cortes de luz, sus palabras fueron desautorizadas por el ministro de Planificación, Julio De Vido; también a principio de 2014, cuando el que le enmendó la plana no fue ya un ministro sino el titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos, Ricardo Echegaray.

Este es un funcionario emblemático del kirchnerismo, al que acompaña desde los tiempos de Santa Cruz, donde recaló y se hizo pingüino tras una serie de escándalos y fracasos como emprendedor privado, incluida una estafa para "apagar" incendios de pozos petroleros en Kuwait.

El jefe de la AFIP es también emblemático por la grosera contradicción entre praxis y "relato" y por la violencia y la cara de piedra con que responde cuando, como ocurrió a fin de 2013 en Río de Janeiro, lo deschavan.

Aunque canóni-K y repetida, la secuencia no deja de ser irritante: el funcionario que administra de hecho el "cepo cambiario" por el cual todo argentino que quiere o necesita viajar al exterior debe mendigar para que el Estado le venda al menos una parte de las divisas para hacerlo, viaja en primera clase en una de las líneas aéreas más caras  del mundo (Fly Emirates, porque su trunco destino final era Dubai), se da lujos de millonario en Río (antecedentes tenía: ya le había regalado a su hija un Audi importado), en compañía de administradores de depósitos fiscales a los que debería controlar, y contempla, seguramente extasiado, la golpiza de sus acólitos a los periodistas que lo pescaron in fraganti.
 
Al cabo de esa secuencia, ya en Buenos Aires, el funcionario se victimiza y miente con un descaro casi psicopático.

Pero dejemos la "personalidad" de Echegaray de lado y centrémonos en el objeto de su desautorización al jefe de Gabinete, Jorge Capitanich: el aumento del impuesto a los bienes personales, que el gobierno querría instrumentar cobrándolo sobre la "valuación de mercado" de los bienes inmobiliarios, que el año pasado implicaron el 43% de la recaudación del tributo.

El jefe de la AFIP había anticipado algo de eso la semana pasada, luego Capitanich lo relativizó y horas después Echegaray sepultó las palabras del supuesto "jefe de Gabinete" confirmando que la iniciativa -un típico revalúo, para rascar los bolsillos a la clase media- sería enviada al Congreso. Al final, ayer Capitanich terminó confirmando el envío del proyecto al Congreso y horas después Kicillof, invocando una conversación con la Presidenta, lo desautorizó por completo.

En la misma línea va el anuncio de que la AFIP obligará a los exportadores a hacer un "anticipo" del impuesto a las Ganancias. La conclusión inevitable es que, lejos de cualquier atisbo de recato, el Gobierno seguirá aumentando el gasto público y la presión fiscal. El gobierno que más dinero ha dispuesto en la historia moderna de la Argentina dice que no le alcanza. Se lo dice a una sociedad exhausta por una inflación que en 2013 le ganó a los salarios. Y que lo seguirá haciendo, cada vez por mayor diferencia. 

Si el año pasado la construcción privada había repuntado a medida que las inmobiliarias le encontraron la vuelta al cepo cambiario para explotar la financiación en pesos aprovechando que la propiedad es el principal instrumento de ahorro de la clase media alta, este año el sector volverá a recaer. Igual que lo hará, por motivos similares, el sector automotor.

Mientras tanto, el Gobierno quiere convencer a los gobernadores (ya lo hizo en Entre Ríos) para que desconozcan los aumentos salariales prometidos a las policías provinciales, de modo de aliviar la presión sobre las próximas paritarias y las finanzas provinciales y exorcizar el fantasma de las "cuasimonedas" que ya mentó el gobernador de Corrientes, Ricardo Colombi, pero quedó en "stand-by" (palabras del mandatario correntino) a raíz de la refinanciación parcial de deudas que las provincias firmaron con la Nación. 

Otra muestra de "relato" (ergo, de duplicidad y descaro oficial) fue el anuncio del "Programa de Aumento y Diversificación de las Exportaciones" por parte de los ministros de Economía, Industria y Relaciones Exteriores, de que la Argentina superará en 2015 los 100.000 millones de dólares de exportación.

Entre un Axel Kicillof vacilante y una Débora Giorgi extraviada, Héctor Timerman, sin dudas el peor canciller de la Argentina desde el retorno de la democracia, denunció el "proteccionismo" de los países centrales y, como muestra del grado de inserción argentina, afirmó que en 2003 había sólo seis países con los que el país intercambiaba más de 1.000 millones de dólares, pero en 2013 fueron veintidós.

La verdad es que la Argentina no ha hecho más que perder posiciones y credibilidad en el comercio mundial. Nuestras exportaciones representan hoy porcentajes inferiores, respecto de la región y del mundo, de lo que representaban en 2003.
 
Casi todos los ítems de nuestras ventas han retrocedido en los rankings internacionales (salvo algunos pocos del sector agropecuario), el país está más aislado que nunca, habiéndose distanciado incluso de su más entrañable vecino, y la Argentina es hoy el miembro del Mercosur más cercano a quedar descolocado en las negociaciones entre el bloque y la Unión Europea. 

A fin de enero vence el plazo para presentar ofertas de negociación. Brasil, Uruguay y Paraguay ya se cansaron de las argucias con que la Argentina estira y frustra ese proceso que deja al bloque cada vez más aislado y a contramano de las grandes corrientes del comercio y la inversión mundiales. Hacia afuera, no hay "relato" que valga.

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