En estos últimos días, la cotización del dólar paralelo o “blue” se ha mostrado particularmente nervioso y su valor superó nuevamente la barrera psicológica de los 10 pesos. Las razones son más que comprensibles y hasta esperables, aunque los funcionarios fustigan a los medios que lo divulgan.
Los operadores tienen razones actuales para tomar previsiones y argumentos del pasado para esperar los días posteriores al 27 de octubre con el paraguas abierto por si se desata alguna tormenta.
Entre las previsiones actuales, y todo en el terreno de la especulación, algunos esperan que el gobierno tome alguna medida para evitar que siga el drenaje de billetes verdes por la vía del turismo al extranjero. Otros especulan con un desdoblamiento del mercado cambiario y hay quienes creen que el impuesto actual del 20% se puede duplicar. Algunos soñadores esperan la liberación del tipo de cambio, pero esto nunca estaría en los planes del gobierno.
De todos modos, todos creen que alguna medida tomarán, ya que a los 9.000 millones que se irán por turismo se debe sumar las compras de energía, el déficit del intercambio automotor con Brasil y el extraordinario costo de divisas que genera la industria electrónica en Tierra del Fuego.
Además, recuerdan que hace exactamente dos años, cuando Cristina Fernández ganó su reelección por abrumadora mayoría, el Banco Central tenía 52.000 millones de dólares y este año terminará con algo más de 32.000 millones.
Esto demuestra que el cepo ha sido un fracaso total por la pérdida de reservas y, además, ha provocado incertidumbre y una caída en el nivel de actividad económica. Con una diferencia de alrededor del 60% entre el dólar oficial y el paralelo, la parálisis de la inversión es total y, a pesar de ello, se siguen perdiendo reservas. Algo han hecho mal y deberán revisarlo.
Otra de las especulaciones es que habrá correcciones en los subsidios de las tarifas de los servicios públicos. Por esa razón subieron tanto las acciones de las empresas ligadas al sector de empresas prestadoras. Pero llegada esta fecha, muchos inversores prefirieron salirse del mercado y colocarse en dólares, a cualquier precio, para esperar.
Las razones que operan como antecedentes están centradas también en este gobierno. A poco de ganar las elecciones en 2011, y ante la comprobación de que se había acelerado la fuga de divisas, pues el mercado advertía que estaba atrasado ante la inflación, el gobierno dispuso una serie de medidas que se conocen como el “cepo cambiario”.
La Presidenta nada había dicho de estas medidas, que ya estaban preparadas antes de las elecciones. Para frenar la fuga, que a setiembre acumulaba 13.000 millones de dólares, la AFIP prohibió la compra de dólares para atesorar a los particulares y comenzó a restringir los billetes que entregaba a los turistas. Igualmente, trabó el pago de importaciones, puso trabas a ciertas compras del exterior y prohibió a las empresas extranjeras transferir dividendos al exterior.
Días después, Cristina anunciaría un proceso de “sintonía fina” en el tratamiento de los subsidios a las tarifas de los servicios públicos. Se comenzó retirando los mismos en barrios cerrados, en zonas catalogadas como de clase alta, bingos y casinos y se abrió un registro voluntario para renunciar a los mismos, que no dio ningún resultado. El gobierno luego no avanzó ante la amenaza de protestas sociales.
Nadie sabe a ciencia cierta qué medidas adoptarán pero hay algo claro: si hay algo que no pueden hacer es no hacer nada. Por eso, los que pueden, compran dólares para esperar hasta que se despeje la incertidumbre.