9 de noviembre de 2013 - 23:46

El dilema entre alimentos o combustibles

Estamos asistiendo a nuevas discusiones relacionadas con cuestiones medioambientales derivadas del desequilibrio que continúa provocando el crecimiento por ahora descontrolado de la población mundial.

Décadas atrás, pocos podrían haber pensado en conflictos por el uso y consumo de los recursos naturales.

Así, algunos países que tempranamente comenzaron a tomar conciencia de los riesgos de agotamiento de algunos recursos energéticos, se dedicaron a crear nuevas fuentes basadas en recursos renovables no hidrocarburíferos, pensando en productos alternativos e igualmente rentables, aprovechando ventajas naturales de sus territorios, tierras y mano de obra adecuadas para estos desarrollos.

Así nació el etanol como combustible en Estados Unidos y en Brasil principalmente, siendo ellos los principales productores pero no los únicos.

En un primer momento se creyó que el uso del etanol como combustible era un gran avance en la lucha contra la polución ambiental, aun cuando fuera fabricado usando materias primas de la industria alimentaria como el maíz (EEUU) o la caña de azúcar (Brasil).

Pero pasado el momento del furor mediático, algunos líderes políticos mundiales y organizaciones como la propia ONU comenzaron a referirse a la crisis alimentaria que esto generaría si se dedicaran las materias primas alimenticias a la producción de combustibles.

Por estos días la discusión continúa y no son pocos los analistas políticos y sociales que dicen que el aumento de precios de los alimentos en el mundo y su creciente escasez están dados por la falta de algunas materias primas relacionadas con otras industrias, como la de los combustibles, y han llegado aun más lejos en la retórica, ya que funcionarios de las Naciones Unidas han afirmado que el etanol fabricado a partir de alimentos es un crimen contra la humanidad. 

 Toda esta discusión fue generada en un contexto de conflictos nacionales relacionados con cuestiones alimentarias, como lo que aún se vive en Haití a causa de la falta de ellos pero también en otros países de Asia y África, sin dejar de mencionar específicamente al Sudán, donde la hambruna ha sido lo más catastrófico conocido en la primera década del siglo XXI.


Ante esta situación de riesgo alimentario cuyo primer nivel es el aumento de precios y luego el desabastecimiento, países ricos como Francia y los Estados Unidos continúan con el subsidio a la producción agrícola para asegurarse de ese modo el aprovisionamiento y los saldos exportables, en una carrera de decisiones que no contribuyen en nada a la baja de precios y dejando en riesgo de hambrunas a las poblaciones más pobres del mundo.

Muchas medidas de protección contra el etanol se están estudiando, entre otras, la prohibición de importación del producto fabricado en tierras en las que se puedan producir alimentos o el pedido de una resolución de jurisdicción mundial a través de la cual se priorice la producción de alimentos sobre combustibles cuando estas dos actividades sean concurrentes, o también la búsquedas de nuevas materias primas no alimenticias para producirlo.

Todos estos asuntos son importantes porque refrescan los planteos iniciados por Malthus 250 años atrás con referencia a la relación que existiría en el mundo futuro (en ese entonces) entre la producción de alimentos y el crecimiento de la población. El caso es que si producimos etanol estamos dejando de producir alimentos y si producimos etanol y alimentos es porque estamos desmontando bosques ya que no hay más tierras fértiles en el mundo.

La controversia continúa en medio de argumentos y contraargumentos que vuelan en todas direcciones, manejados todavía por el criterio economicista en el que hasta el desacreditado FMI ha acusado a los productores de biocombustibles de generar un aumento de la inflación mundial por el encarecimiento de los alimentos.

El problema está sin resolver y aún hay regiones enteras en que la gente sufre la falta de comida, hecho que está ya siendo crónico. Según Kofi Annan (ex secretario general de la ONU) es una calamidad que representa una de las peores violaciones a la dignidad humana. Muchos países están ya dependiendo del programa mundial de alimentos que patrocina la propia ONU, entre ellos Sudán e Irak, que años atrás eran el canasto de pan del mundo musulmán.

Grandes líderes mundiales atribuyen esta situación al crecimiento de la población mundial, en particular a los dos países más poblados de la tierra, China e India, que ostentan entre ambos la tercera parte de dicha población cuando al mismo tiempo sólo tienen entre el 7 y el 10% de territorio cultivable.
 
El efecto es que a causa del crecimiento económico que los dos están experimentando compran más alimentos, presionando el precio de estos y algún desabastecimiento en los países productores, al mismo tiempo que favoreciendo el desarrollo del fenómeno inflacionario mundial.

Toda esta serie de desequilibrios económicos encadenados en el contexto del comercio internacional están generando decisiones locales en algunos países productores de estos commodities tendientes a evitar el desabastecimiento en sus propios pueblos, así como también el despertar o el continuar de la temida inflación que tantos estragos ha producido desde la segunda mitad del siglo XX, en particular en América Latina, que es una de las regiones nobles de producción alimenticia.

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