Historiadores y analistas de Oriente Medio dicen que el estancamiento político y económico bajo décadas de gobierno autocrático que condujo a las insurrecciones dejó, de igual forma, mal preparados a países árabes para formar nuevos gobiernos y sociedad civil.
Si bien algunos de los movimientos alcanzaron sus primeros objetivos, removiendo a líderes de largo tiempo atrás en cuatro países, sus objetivos mayores -democracia, dignidad, derechos humanos, igualdad social y seguridad económica- ahora parecen más distantes que nunca.
“Ya no existe el viejo orden regional y el nuevo orden de la región está siendo trazado con sangre, y va a tomar largo tiempo”, dijo Sarkis Naoum, analista político en el diario libanés An Nahar.
“Toda la gente en esos países vivía bajo una supresión similar pese a las diferencias en sus regímenes, así que las insurrecciones fueron contagiosas”, destacó Naoum. “Sin embargo, nadie en Siria, Libia, Egipto o Túnez que quería deshacerse del régimen estaba preparado para lo que vino después”.
En muchas formas, la Primavera Árabe ha revelado y exacerbado profundas divisiones sociales, entre secularistas e islamistas y entre diferentes sectas religiosas.
“Esto es polarización política en esteroides”, dijo Jeffrey Martini, especialista en Oriente Medio por la Rand Corp. “Tenemos a ambas partes tratando de desterrarse mutuamente de la política”.
En Túnez, la cuna de las insurrecciones, el moderado partido islamista que ahora está en el poder ha sido incapaz de formar suficiente consenso para trazar una nueva Constitución, al tiempo que líderes de la oposición han sido asesinados.
Y en el reino de Bahréin en el golfo Pérsico, la fuerza abrumadora de la gobernante monarquía sunita no ha logrado silenciar la disidencia de la mayoría chiita del país.
La exclusión política también ha afligido a la transición de Egipto. Después de ganar elecciones tras la revolución, Mohamed Mursi, actualmente el presidente depuesto, y sus aliados en la Hermandad Musulmana enfrentaron la feroz oposición de aquellos que los acusaron de pervertir la democracia como una forma de monopolizar el poder.
A lo largo de la región, las insurrecciones no han logrado resolver las demandas de millones de ciudadanos comunes que habían clamado por el cambio; por empleos, comida, cuidado de salud y la elemental dignidad humana. En cualquier caso, las injusticias que reclaman han empeorado.
“La mayoría de las economías de Oriente Medio golpeadas por la Primavera Árabe ya iban en la dirección equivocada”, afirma Joshua M. Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio en la Universidad de Oklahoma. La tensión económica causada por el gran crecimiento de poblaciones de jóvenes, desempleo, aumento de precios y sequía, dijo, habían hecho tanto por causar las insurrecciones como la opresión política.
En muchas formas, sostuvo, “la Primavera Árabe es el canario en la mina para un problema mayor -países fragmentados, demasiado crecimiento poblacional, terribles sistemas educativos, muy poca agua-, estos países son los perdedores”.
El remolino actual dejó a muchos activistas árabes desencantados con los movimientos por los cuales habían invertido tremendos esfuerzos y, a menudo, arriesgado su vida.
Este es el caso en Siria cada vez más, donde una insurrección originalmente pacífica y en pro de la democracia ha evolucionado hasta convertirse en una guerra civil y sectaria, con grupos de rebeldes extremistas que rechazan la democracia y juegan un papel cada vez mayor en el campo de batalla.
“Al principio era una revolución real: me emocionaba trabajar, compré un arma con dinero de mi propio bolsillo y vendí tierra para comprar munición”, nos informa Soheil Ali, quien hasta hace poco encabezaba a un pequeño grupo rebelde en el norte de Siria. “Ahora es completamente diferente”.
Ali renunció a la lucha en frustración por lo que llamó corrupción entre los líderes nominales de los rebeldes y la tendencia de algunos grupos a acumular armas en vez de pelear para derrocar a su adversario común, el presidente Bashar Assad.
Los historiadores notan que el cambio político en un nivel fundamental en cualquier lugar puede requerir de décadas o generaciones. La Primavera de Praga de 1968 pudo haber fallado, por ejemplo, pero fue un catalizador para cambios en Europa Oriental que condujeron al colapso de la Unión Soviética en los ’90.
Las revoluciones europeas de 1848, serie de levantamientos populares que fueron la ola revolucionaria más extendida en la historia europea, afectaron a más de 50 países pero, al poco tiempo, colapsaron bajo la represión de fuerzas militares leales a realezas y aristocracias.
Sin embargo, sembraron las semillas de ideas políticamente progresistas que contribuirían a moldear la historia europea durante los siguientes 100 años.
Los historiadores creen que, dadas las represivas autocracias entre países árabes, las convulsiones en Egipto y otras partes son dolorosas pero inevitables.
“Yo no estoy descartando estas transiciones; tan solo creo que nos dirigimos a un periodo de agitación extrema”, piensa Mona Yocoubian, prominente asesora de Oriente Medio en el Centro Stimson, grupo no partidista dedicado a la investigación, en Washington.
Otros notaron que ese tipo de agitación a menudo oscurecía sutiles pero profundos cambios sociales. Por ejemplo, Ziad al-Ali, experto constitucional de El Cairo, opina que ahora se ha vuelto normal que los ciudadanos de países de la Primavera Árabe insulten a sus gobernantes, lo cual era impensable apenas unos cuantos años atrás.
“Esta dinámica de libre expresión, de liberalización política en la que ahora hay muchos partidos políticos y personas expresándose libremente, esto nos conducirá por una dirección positiva a largo plazo”, sostuvo.
Mohammed al-Sabri, uno de los líderes de la oposición en Yemen, donde las protestas expulsaron del poder a Ali Abdulá Salé, quien fuera su líder durante largo tiempo, el año pasado, afirma que este sentido general de haber adquirido poder ha sido el logro más significativo de las insurrecciones hasta ahora.
“Las élites y los líderes en cualquier sociedad, ya sea revolucionaria o no, pueden renunciar y decir: “Hasta aquí’”, dijo. “Sin embargo, el pueblo no puede renunciar”.