26 de febrero de 2014 - 23:59

Las dictaduras electivas

Aun habiendo arribado al poder a través del voto popular, no puede llamarse democrático un Estado que no está dispuesto a ajustarse absolutamente a la letra de la Constitución.

En la década de los ochenta, a partir de la recuperación de las instituciones en nuestro país, se extendió una ola democrática por toda América Latina terminando con los golpes de Estado. Algunas crisis, como la provocada por Fujimori en Perú, el final del gobierno de Fernando de la Rúa o la salida del ex obispo Fernando Lugo de la presidencia paraguaya, fueron encarriladas dentro de las reglas constitucionales.

Hoy Venezuela es el ejemplo del retorno de un régimen militar. Casi todo el gabinete y la casi totalidad de los gobernadores son uniformados que han logrado triunfar en elecciones, aunque la que encumbró al presidente Maduro es sospechosa de fraudulenta.

En realidad cuando el Poder Judicial está sometido al presidente y la prensa no tiene libertad para informar, un gobierno no puede calificarse de democrático y menos cuando diariamente, en vez de promover la convivencia civilizada de los distintos sectores, demoniza y ataca a los que opinan diferente.

Venezuela se ha retirado de la Comisión Interamericana de Defensa de los Derechos Humanos y recibe las crítica de todas las ONG, que se han destacado en el mundo por la defensa de la libertad y de la dignidad de las personas.

Es lamentable que nuestro país, que ha iniciado la recuperación de la democracia, que planteó una política internacional -especialmente en la región- de promoción y defensa de los valores democráticos, ahora se solidarice con dictaduras.

El Gobierno argentino ha abandonado paulatinamente ese rol pues, en lo interno, también ha intentado reducir las opiniones distintas y someter a la Justicia. Ha convertido a organizaciones de derechos humanos en apéndices del poder y en cómplices de sus ineficiencias y corrupciones, como es el caso del Programa Sueños Compartidos.

Cuando se fundó el Mercosur quedó establecida, como requisito ineludible para participar del mismo, la vigencia de la democracia tomando el ejemplo de la Unión Europea. En ese continente, países como la España y el Portugal fascistas, la Grecia de los coroneles o los regímenes comunistas de Europa Oriental, no pudieron ingresar hasta no demostrar su calidad y fortaleza democrática. Ni el Brasil ni la Argentina están demostrando el mismo compromiso que demostró la UE para calificar a sus miembros, sembrando dudas sobre la cultura institucional de la región.

El régimen venezolano, que ha gozado durante el chavismo de precios excepcionalmente altos por su petróleo, ha fracasado en construir una plataforma institucional y económica que le permita superar problemas estructurales. Ha tirado manteca al techo, demostrando una vez más que el desarrollo económico no es una cuestión de dólares solamente sino que exige una cultura para lograr el mismo con instituciones sólidas en vez de personalismos carismáticos y caudillescos.

Desde el inicio del ciclo chavista ha derrochado doce mil millones de dólares anuales en subsidiar el mantenimiento de la pobreza cubana, el fruto de su mentada revolución. La Argentina, del gobierno venezolano sólo recibió préstamos a tasas usurarias, el triple de lo que cobraba el mercado, y por combustible de mala calidad a precios absurdos; más hechos de corrupción.

La confusión del lenguaje y los conceptos

Todos los días los venezolanos escuchan en las cadenas televisivas denuestos contra la conspiración fascista y burguesa. Cualquiera que haya visto un noticiero del franquismo o del viejo fascismo mussoliniano no tiene dudas, cuando escucha al bufonesco presidente Maduro con su escenografía y palcos atestados de uniformes militares de combate y civiles con sus camisas rojas, que se está en un acto fascista.

Los escraches, los civiles armados en motos y el uso y abuso de amenazas, epítetos, conspiraciones, agravios y falsedades son propias de estos regímenes, no diferentes por cierto a los desfiles de la plaza roja de los comunistas.

Sin embargo el personaje que ofrece estos espectáculos se ha apropiado de la palabra democracia. También se autocalificaban como "democracias populares" las dictaduras del extinto bloque soviético y define, a quienes reclaman las libertades propias de toda democracia, como fascistas.

También en Nicaragua el comandante Ortega, digno sucesor de Anastasio Somoza, ha logrado que la Corte le habilite la reelección indefinida, aunque está expresamente prohibida por la Constitución de su país y en Ecuador se persigue a la prensa independiente.

Los sucesos de Venezuela no deben sernos indiferentes pues en quienes nos gobiernan hay muchos que pretenden ese camino. Hace un par de días el subsecretario de Justicia y nuevo integrante del Consejo de la Magistratura, dijo que los jueces deben hacer política, y eso en boca del oficialismo sólo significa jueces que amparen la corrupción, el atropello a las libertades y garantías constitucionales, el abandono del derecho.

La presidente Fernández, con sus declaraciones de apoyo a Maduro, ha dejado en claro su indiferencia hacia los derechos humanos del pueblo venezolano, coherente con sus intentos de sometimiento de las instituciones a sus caprichos.

En nuestro país es vital que el pueblo no entre en la trampa de las falsas divisiones y del odio que desde el poder se pretende instalar como manera de disimular la ineficacia y la corrupción.

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