24 de diciembre de 2013 - 00:00

Diciembre: esperado mes de balances, proyectos, saludos y festejos

Ajenos a influencias políticas, sociales o económicas, las familias se disponían con optimismo y alegría a iniciar la organización de los festejos de despedida del año con la celebración del culto a la Santísima Virgen, el 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción de María, fecha tradicional establecida para el armado del pesebre que representa el nacimiento del Niño Jesús, también el arbolito de Navidad con todas las figuras y adornos de años anteriores.

El mes de diciembre predisponía a la gente a saludarse con alegría, con trato más cordial, creando un ambiente festivo en los encuentros familiares o de amigos previos a la organización de las reuniones para Navidad y Año Nuevo, oportunidades que se acostumbra establecer como finalización de las tareas del año que terminaba, de los cursos escolares de hijos y nietos, comentar la satisfacción de haber cumplido con todo lo planificado, idear las próximas vacaciones y proyectar lo que se desea o necesita concretar el próximo año.

El entusiasmo, la alegría y el optimismo que se compartía entre los miembros de las familias y amigos en cada encuentro me traen al recuerdo la felicidad de haber vivido esas tradicionales fiestas anuales a mediados del siglo pasado.

Eran tiempos en que nos sentíamos seguros, confiados, porque cuando caminábamos por calles o rutas nunca faltaba un automovilista que se detuviera para trasladarte, aunque no te conociera, porque consideraba que te dirigías a cumplir obligaciones ya que eran horarios de oficinas públicas, comercios y escuelas. El transporte urbano no estaba organizado y había que ser puntual en el ingreso al trabajo ya que la apertura del comercio en verano era de 8 a 12 y 16 a 20. Y se cumplía rigurosamente, lo que hacía que el personal responsable se hiciera presente, espontáneamente, entre un cuarto y media hora antes de iniciar sus tareas.

El hábito de la siesta familiar se cumplía religiosamente, grandes y chicos descansaban una hora. Por lo general, antes de que los hombres partieran a su trabajo y las señoras se dedicaran a las tareas de la casa, se formaba la rueda de mates con los acostumbrados comentarios familiares y vecinos.

La seguridad permitía que las puertas de calle se mantuvieran sin llave, por lo general abiertas durante el día y alguna familia no las aseguraba ni de noche. Las bicicletas, los automóviles y muchas veces los juguetes de los niños quedaban en la calle y veredas sin riesgos de robo. He disfrutado personalmente de esa comodidad dejando mi automóvil durante treinta años en la calle, frente a mi casa, y nunca me lo robaron ni aun cuando a veces quedaba algún objeto en los asientos.

Las puertas de las iglesias estaban abiertas día y noche. Cuando se regresaba al hogar en horas de la noche se hacía con toda confianza; eran tiempos sin arrebatadores, asaltantes ni asesinatos para robarte el auto. Lo paradójico es que desde hace más de cincuenta años vivo en el mismo domicilio, con las mismas costumbres, y hace cinco años me robaron el auto del mismo lugar en que estuvo siempre.

No se conocía el estrés, no estaban de moda psiquiatras ni psicólogos porque en las familias, cuando un miembro estaba silencioso, retraído, se aislaba y/o se lo veía melancólico no se consideraba enfermo. Se aplicaba una receta casera: sentarse frente al agua que corría por la acequia, canal o río, jugar con una ramita en la corriente de agua durante el tiempo que la distracción se permitiera o que fuera necesario en cada caso.

Es importante recordar el cariño con que se trataba a abuelos, bisabuelos y familiares mayores, a los que se consideraba "ancianos venerables"; los que felizmente están en actividad ayudan y acompañan no obstante haber nacido en la primera mitad del pasado siglo XX, ya que fueron protagonistas y testigos de cómo vivían las familias de Mendoza en las décadas de los años 1940 y 1950 cuando, sin riesgo, los niños jugaban en las veredas frente a los domicilios a cualquier hora del día, mientras los ciudadanos de a pie caminaban por la calles del Centro, del Gran Mendoza y de cualquier otro departamento sin ningún temor, y los privilegiados dueños de automotores salían y entraban de sus garajes totalmente despreocupados y muchos portones quedaban abiertos hasta su retorno a la noche, mientras que otros dejaban tranquilamente el vehículo estacionado frente al domicilio.

Siento felicidad y añoranza de haber disfrutado de esos lindos tiempos, de los que ningún joven o cincuentón de la actualidad puede hacerse una idea mínima idea de cómo se vivía en familia en una comunidad confiable, estudiosa y trabajadora que carecía de alarmas y llamadores con contestadores identificatorios.

Los tradicionales zaguanes con sus puertas cancel en las casas de muchas familias también permanecían abiertas y a cualquier llamado se respondía personalmente sin ningún temor.

Teníamos confianza en el servicio de transporte de pasajeros entre Mendoza- Buenos Aires-Mendoza por cuanto el ferrocarril desde el Pacífico -de los ingleses- hasta el Cuyano -estatal- brindaban seguridad y servicio de camarotes, buen comedor y salas de películas. Por otra parte, el transporte aéreo -desde los servicios iniciales de La Panagra, el Zonda y Aerolíneas Argentinas- también nos daba seguridad, puntualidad y servicio de catering, aseguraba almuerzos y cenas de primera con vinos de calidad. Cuando un pasajero cumplía años en vuelo, se lo festejaba.

El sueño de los nuevos matrimonios era la casa propia y, para concretarlo, se adquiría un terreno en los fraccionamientos de tierras que se realizaban en el Gran Mendoza, algunas secciones de Capital y en los departamentos de la provincia. Casi todos los domingos había remates de lotes de tierra a cargo de Casa Saravia, Troncoso Aberastain, Rafael Díaz Martín y Della Santa y Egea, y los valores de los lotes oscilaban entre veinte y cien pesos la cuota, que llegaba hasta cien mensualidades sin interés.

Las familias se organizaban para que el mes de diciembre fuera el indicado para que todo lo realizado en el año quedara en orden y bien terminado, dedicándose a confeccionar un balance casero del año por finalizar y las prioridades eran proyectos de vida para el próximo año: cuentas al día, exámenes de los hijos, saludos a parientes y amigos, y las últimas dos semanas, eran dedicadas a organizar los festejos de Nochebuena, Navidad y Año Nuevo. Sin olvidar colocar a la entrada los adornos alusivos a los tradicionales festejos.

Con ambiente tanguero de los años cuarenta finalizo estos recuerdos aprovechando para augurar a los lectores y familias muchas felicidades con salud, fe y optimismo al compás de "Tiempos Viejos" con las siguientes estrofas:

Te acordás hermano qué tiempo aquellos, eran otros hombres, más hombres los nuestros. No se conocía coca ni morfina, los muchachos de antes no usaban gomina. Te acordás hermano qué tiempos aquellos, 25 abriles que no volverán. 25 abriles, volver a tenerlos... si cuando me acuerdo me pongo a llorar...

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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