El frío tiene formas de combatirlo y esto es lo que hacemos en estos tiempos de temperatura que rozan el cero grado, o sea ni frío ni calor.
El frío tiene formas de combatirlo y esto es lo que hacemos en estos tiempos de temperatura que rozan el cero grado, o sea ni frío ni calor.
Abrigarse es el denominador común porque castiga duramente el aire helado y hay que ponerle protección al cuerpo. Esto trae sus inconvenientes, porque, con los abrigos, uno puede llegar a pesar el doble de uno y cuesta andar con semejante peso rodeándonos el cuerpo.
También abunda la existencia de bolsillos, porque en el verano solo contabilizamos dos o tres, pero en el invierno tenemos bolsillos en el pantalón, bolsillos en el saco, en la camisa, en el sobretodo, en la campera. Se multiplican los orificios guardadores y entonces uno pierde las cosas con mucha más facilidad. Encontrar las llaves entre tantos vericuetos se transforma en un empeño realmente difícil.
Ni les digo con el teléfono celular. Adrenalina es meterse la mano en el bolsillo y no notar el teléfono celular.
No todos sufren el invierno de igual manera, inclusive están los que prefieren el frío al calor y se sienten verdaderamente a gusto con temperaturas más chiquitas que las mínimas. Observo, al andar por la ciudad, gente en plena mañana de invierno, con mangas cortas y no lo puedo entender. Deben de ser un tipo de humano especial o les falla el termostato. Pero existen y no pocos.
Hay algunos elementos que se transforman en imprescindibles en estos tiempos. Por ejemplo la puerta. Una puerta mal cerrada, o apenas entornadas permite que el frío se cuele en la habitación e invada todo. Por eso una de las frases más escuchadas en esta temporada es “!Eh! ¡La puerta!”
Otras de las frases que se usan con abuso en estas circunstancia es “!Qué frío que hace!”, como si el otro, al que dirigimos la frase, no supiera que hace frío.
Levantarse en la mañana se transforma en una ceremonia parecida a una tortura. Porque uno está calentito adentro de su cama, en su zona de confort y tiene que reunir fuerzas para encarar todo la crueldad que lo espera afuera. Bañarse antes de salir ya es una acción que merecería alguna medalla al heroísmo por parte del Gobierno Nacional.
Regresar a casa es, por el contrario, toda una satisfacción, porque uno sabe cómo ponerla calentita y se esmera en ello. Entonces se mete a la cama a encontrar una temperatura que lo reconforte, enciende el televisor y están pasando una serie sobre trabajadores de Alaska y entonces uno siente que el frío lo persigue que se le mete adentro de la cama y no es fácil dormir con él.
Hay cosas para lucir, como por ejemplo algunas bufandas que hacen ostentación de colores y le dan al invierno cierta animosidad, porque el invierno tiende a lo oscuro, a lo opaco, tal vez porque uno piensa que la ropa oscura ha de combatir mejor los rigores de la intemperie. Entonces la bufanda aparece como una bandera pintoresca en medio de toda esta negritud.
Los polos son inevitables, este planeta sin los polos sería inhabitable, pero son ellos los que mandan para arriba o para abajo los famosos frentes fríos. Frente a los frentes electorales que se asoman en esta ápoca, los frentes fríos son muchos más conocidos. Y cada tanto nos envuelve uno y no hay forma de escaparse salvo que uno haya juntado guita como para irse tres meses a Cancún.
Recién estamos atravesando julio, nos quedan, todavía muchos días de hacer “tornillos”, así que agua y ajo, a aguantarse y a joderse con las contingencias climáticas.
Pero todavía hay un frío más embromado, el frío que produce la indiferencia. Debería ser medida por el Servicio Meteorológico.