4 de enero de 2014 - 23:29

Desventuras en el país péndulo

La Señora está en el Sur haciendo jardinería.

-¿Qué planta?

-El olivo.

Aunque la patota de Echegaray nos invite a pensar que este gobierno se quiere ir y no sabe cómo comunicárnoslo, el arbolito que la Señora riega en El Calafate debería tardar dos años en darle el preciado fruto del alivio. Pero el desafío es complejo. El tiempo de la poda es hoy y ella odia la tijera.

-Señora, mire que para un lindo olivo, un olivo armonioso, algo va a tener que recortar. Usted regó tanto que esto ahora está enorme y por el mismo peso se le puede caer en la cabeza.

Pero la Presidenta calla. Es que todavía los guionistas oficialistas no encontraron el disfraz semántico con el que vestirán el ajuste. ¿Cómo hará Cristina para explicarle a la juventud revolucionaria que viene "bancando este proyecto" que es hora de agarrar la tijera? "Vengo de la ferretería, hoz y martillo no había, pero conseguí esto".

Mientras sobre la obra de teatro de la revolución cae un telón lento y el auditorio comprende que ya no habrá final feliz; sentado en una butaca, alguien le susurra al oído a su amigo K:

-Decime la verdad: ¿por qué te emperraste en seguir defendiendo a este gobierno después de lo de Once, de la inflación, de la pérdida de autoabastecimiento energético y del enriquecimiento patrimonial injustificado? ¿Qué te pasó que te volviste tan religioso? ¿No veías que te hacían tragar hostias de plástico?

Escondido detrás del dorso de su mano, el amigo K se desnuda:

-¿Y qué querés? Después del fracaso de la política en 2001 necesitaba creer. (Con tono acongojado) ¿Vos nunca necesitaste creer?

La frase, estudiadamente efectiva, inapelable y no por eso falsa, le pondrá fin a cualquier reproche. Entonces el espectador "no K" hará silencio y volverá a mirar al escenario. A lo sumo, espiará su reloj. A 24 meses de que concluya la función, asistimos quizás al principio del fin del desacuerdo.

Argen y Tina se volverán a unir con el pegamento más triste: el de otro fracaso colectivo. Lentamente la grieta se cierra a fuerza de choques de trenes, de apagones, de la pérdida del valor de la moneda y de "sinceramientos" tarifarios. Cinco años hablándonos de la desinversión de Clarín, y resulta que la desinversión era en materia energética y de transportes.

Cuando asumió Raúl Alfonsín, en el '83, la deuda externa era de 44.000 millones de dólares y la Argentina debía pagar por año 5.200 millones de intereses. Treinta años después, no fue el FMI ni el Consenso de Washington los que volvieron a endeudar al país.

Fue la autoproclamada centroizquierda progresista, la última cara del peronismo, encarnada en este no humilde acto por un matrimonio sureño, la que consiguió que la Argentina deba erogar 13.000 millones de dólares por año en importaciones de combustibles. Son los intereses de un capital que perdimos. Un turista lo entendería rápido: "La centroderecha les armó la deuda financiera. La centroizquierda, la deuda energética".

Sin dudas, la devaluación más feroz es la simbólica. Tome la palabra "progresismo", fíjese cuánto valía en 2003 y cuánto vale ahora. Y ahora evoque la palabra "Estado" y observe cuánto valía hace 10 años y cuánto se cotiza hoy

. En relación con éste, los adjetivos "elefantiásico" e "ineficiente" ya están otra vez entre las primeras búsquedas en el Google mental de muchos. ¿Cuál es el único medio de transporte que siempre funciona bien en la Argentina? El péndulo. Parece que fuera gratis. Pero cada viaje nos sale carísimo.

Y nos despedimos con una imagen: el titular de AFIP, Ricardo Echegaray, y el despachante de aduanas Jorge Lambiris, controlante y controlado, festejando juntos en el Sofitel de Copacabana.

¿Quién dijo que el Estado no vigila a los empresarios? Miren el mantenimiento que tiene el trencito carioca.

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