"El supuesto es que si se han ido, no nos tenemos que preocupar", dice el ingeniero ambiental Edward Kolodziej, codirector del estudio de la Universidad de Nevada, en Reno. "Pero estamos subestimando la predicción sobre su persistencia ambiental", explica.
"Las evaluaciones de riesgo se han construido sobre la base de que la exposición a la luz es suficiente para descomponer estos productos", apunta Laura Vandenberg, una endocrinóloga de la Universidad de Massachusetts, en Amherst, que no participó del estudio. "Este trabajo socava esa idea completamente", considera.
Se sabe que los disruptores endocrinos (contaminantes que desequilibran los sistemas hormonales) dañan a los peces, y cada vez hay más pruebas que los vinculan a problemas de salud en los humanos, incluyendo infertilidad y varios tipos de cáncer.
Pero ha sido difícil señalar culpables específicos dentro de la amplia gama de rastros químicos en el ambiente.
Efectivamente, las concentraciones de disruptores endocrinos conocidos en ríos normalmente parecen demasiado bajas como para explicar los efectos perjudiciales en la fauna acuática, dice Kolodziej.
Reforzado
Kolodziej y su colega David Cwiertny, un ingeniero ambiental de la Universidad de Iowa, decidieron averiguar si los productos degradados de los disruptores endocrinos podrían aumentar su impacto ambiental.
Su equipo se centró en el acetato de trembolona, un esteroide anabólico sintético utilizado como un promotor de crecimiento en más de 20 millones de bovinos en Estados Unidos cada año (esta práctica está prohibida en la Unión Europea).
El ganado metabolizó el esteroide en compuestos como la 17a-trembolona, un potente disruptor endocrino comúnmente encontrado en aguas de drenajes agrícolas.
En pruebas de laboratorio, apenas unas pocas decenas de nanogramos de estos compuestos por litro pueden distorsionar la proporción sexual y disminuir la fertilidad en los peces. Sin embargo, algunos fabricantes han argumentado que estos metabolitos presentan poco riesgo en los ríos porque la luz del sol los degrada rápidamente.
Kolodziej y su equipo sometieron soluciones de 17a-trembolona y compuestos relacionados a varios ciclos de luz y oscuridad en el laboratorio.
Pese a que las concentraciones cayeron durante los momentos simulados de día, los científicos se sorprendieron al ver que los niveles se recuperaron durante los períodos de oscuridad.
Con pH neutro y a 25 grados Celsius, en aproximadamente cinco días se regeneró 60% de una muestra de 17a-trembolona a partir de sus productos degradados. Temperaturas más altas o condiciones ligeramente ácidas o alcalinas aceleraron este proceso.
"Nunca había visto algo así", dice Vandenberg. Los biólogos de campo usualmente recogen muestras de agua durante el día, señala Vandenberg, y la regeneración nocturna "sin duda tendría el potencial de afectar los resultados".
Aún más, los estudios de campo raramente han reportado el pH y la temperatura de las muestras de agua, lo que podría tener un efecto importante en las verdaderas concentraciones de contaminantes. "No creo que alguien haya concebido que pudiera ser tan importante", considera.
El equipo descubrió que el mismo proceso de regeneración sucedía en muestras de agua tomadas del río Iowa, y en un estanque de ensayos sembrado con estiércol de ganado tratado con acetato de trembolona.
También señalan que otros esteroides con estructuras químicas similares pueden regenerarse de la misma forma, incluyendo el Dienogest, un anticonceptivo oral, y el Dienodione, un esteroide anabólico ilícito. Los resultados fueron publicados en la revista Science.
Ocultos a plena vista
Kolodziej dice que el trabajo arroja considerable incertidumbre sobre los resultados de muestreo de los disruptores de esteroides endocrinos, y sugiere que ahora se necesita urgentemente un estudio de sus compuestos degradados en el ambiente.
También señala un serio inconveniente en basarse en estudios que buscan contaminantes ambientales individuales, en lugar de un espectro de sus derivados, precisa Kolodziej. Los estudios químicos deberían complementarse con bioensayos que utilicen células vivas para detectar disruptores endocrinos, afirma Vanderberg.
El año pasado, un bioensayo de este tipo encontró andrógenos en 35 por ciento de las muestras de agua dulce analizadas, mucho más de lo que sugerirían los ensayos químicos.
"Lo que realmente se quiere saber es si hay algo allí que pueda causar actividad biológica", dice el biólogo molecular Gordon Hage, del Instituto Nacional de Cáncer en Bethesda, en Maryland, quien desarrolló el ensayo.
Sin embargo, los actuales procedimientos de monitoreo ambiental todavía dependen de la comprobación de "una lista de químicos, y sólo saben buscar una cosa a la vez", comenta Hage. "Es una tontería", agrega.
