Esta semana reproduciremos un texto escrito en 1902 por el periodista Rafael Barreda, sobre la reacción de Sarmiento ante una critica que le realizó en la prensa:
Esta semana reproduciremos un texto escrito en 1902 por el periodista Rafael Barreda, sobre la reacción de Sarmiento ante una critica que le realizó en la prensa:
“Era [Presidente] por aquel entonces Sarmiento -comenta Barreda-, el más grande de los batalladores y tan grande era que cuando no tenía con quién hacerlo batallaba consigo mismo.
Una tarde salía de la Casa de gobierno en su carruaje (...) al llegar a la bocacalle de San Martín tuvo que detenerse a causa de unos carros que estorbaban.
Sarmiento se impacienta de estar a la expectativa (...) ordena que inmediatamente se proceda a desobstruir la calle, bajo pena de llevar presos -por unas horas- a los contraventores.
La policía cumple al pie de la letra esa orden”.
Al día siguiente «La Tribuna» (diario en el que escribía Barreda) criticó esta actitud del presidente a través de una nota. Poco después en la redacción, prosigue: “sentí golpes en la puerta del salón en que me hallaba. —Adelante,—digo y repito en voz bien alta. La puerta se abre y entra don Domingo Faustino Sarmiento. Me levanto y él me saluda con una inclinación de cabeza, preguntándome:—¿Está Don Mariano? [Varela, dueño del diario] —No, señor—le repliqué. ¿Y Luisito?—Tampoco, señor —¿Con quién puedo entenderme? —¿Referente al diario, señor?—Sí, pues. —Conmigo, señor.—Bueno pues, siga trabajando— añadió, observando aquella montaña de diarios, tomando asiento frente de mi.—que yo también soy del oficio y sé que se puede trabajar, hablar y escuchar a un mismo tiempo.
—Gracias, señor. -le respondí, volviéndome a sentar para fingir que continuaba mi tarea. ¿Fingir? Si, pues, como él decía, porque mi imaginación se devanaba curiosa por saber qué lo llevaba al excelentísimo presidente de la república. Pronto salí de mi perplejidad.
—Dígame, joven, aunque no se lo exijo, pues conozco las prerrogativas de imprenta mejor que nadie —me dijo después de un momento—¿puede saberse quién es el autor de un suelto que ha salido hoy en «La Tribuna» criticando lo que yo hice ayer? No tengo otro objeto que convencer a su autor en un tête à tête [cara a cara], de que sostiene un disparate”.
Entonces, encomendándose a algún Dios, Barreda contestó que el autor era él.
“Y aquí Sarmiento -continúa el periodista-, aquel inmortal Sarmiento, a quien no intimidaban los silbos de la plebe y ante cuya palabra se inclinaban sabios doctores, me habló como él sabía, hacerlo cuando de enseñar se trataba, sosteniendo con su caudal inagotable de ejemplos y de citas, la perfecta corrección de sus procederes. Yo lo escuchaba verdaderamente embelesado y Sarmiento seguía hablando cuando llenóse el salón de la vieja «Tribuna» de redactores y visitantes, tipógrafos y demás empleados atraídos por aquella novedad; un auditorio de más de cincuenta personas que escuchaba la palabra de aquel sublime maestro (...) mientras que yo... ¡me sentía derrotado! (...) nada menos que por Sarmiento”.
Podemos concluir que: cualquier coincidencia entre un presidente como Sarmiento con la actualidad o nuestra “década ganada” es producto de su imaginación