El ex analista de la CIA Paul R. Pillar planteó esta pregunta en un reciente ensayo publicado en la revista The National Interest: ¿Por qué estamos presenciado tantas revueltas populares en países democráticos?
El ex analista de la CIA Paul R. Pillar planteó esta pregunta en un reciente ensayo publicado en la revista The National Interest: ¿Por qué estamos presenciado tantas revueltas populares en países democráticos?
Refiriéndose específicamente a Turquía y Brasil, pero planteando una pregunta que podría aplicarse también a Egipto, Israel, Rusia, Chile y Estados Unidos, Pillar señala: “Los gobiernos contra los cuales están protestando fueron elegidos libre y democráticamente. ¿Por qué se recurre a la calle cuando se dispone de las urnas?”
Ésta es una pregunta importante y la respuesta, pienso yo, es la convergencia de tres fenómenos.
El primero es el auge y la proliferación de democracias “mayoritarias” no liberales. En Rusia, Turquía y el Egipto actual hemos visto manifestaciones masivas para protestar contra el “mayoritarismo” de partidos gobernantes que, si bien fueron elegidos democráticamente (o “más o menos”, en el caso de Rusia), interpretan el mandato recibido como un cheque en blanco para hacer lo que se les antoje una vez en el poder. Esto puede significar ignorar a la oposición, sofocar a los medios informativos y comportarse de manera imperiosa y corrupta, como si la democracia fuera tan solo el derecho de votar, sin implicar otros derechos, especialmente para las minorías.
Lo que tienen en común quienes protestan en Turquía, Rusia y Egipto es una fuerte sensación de estar siendo robados; la idea de que las personas que fueron elegidas están robando algo más que dinero: la voz del pueblo y su derecho a participar en la gobernanza. No hay nada que pueda irritar más a un flamante demócrata, a alguien que acaba de ganarse el derecho a votar.
Esto es lo que el escritor satírico Bassem Youssef, el Jon Stewart de Egipto, escribió hace dos semanas en el periódico Al Shorouk, con motivo del aniversario de la elección del hoy destituido presidente Mohammed Mursi, miembro de la Hermandad Musulmana: “Tenemos a un presidente que prometió que una Asamblea Constituyente equilibrada trabajaría en una Constitución en la que todos estuvieran de acuerdo. Tenemos a un presidente que prometió ser representativo, pero que colocó a miembros de la Hermandad Musulmana en todos los puestos de poder. Tenemos a un presidente y a un partido que rompieron todas sus promesas, así que la gente no tiene más opción que tomar la calle.”
Otro factor es el hecho de que los trabajadores de clase media están siendo oprimidos entre un Estado asistencial que se está encogiendo y un mercado laboral que exige cada vez más.
Durante muchos años, a los trabajadores se les dijo que si se esforzaban y seguían las reglas, continuarían en la clase media. Eso ya no es verdad. En esta era de rápida globalización y automatización, no solo hay que trabajar más, sino trabajar mejor, poner más innovación en cualquier trabajo que se desempeñe, adquirir nuevas herramientas con mayor frecuencia y, entonces sí, podrán permanecer en la clase media. Pero hay muchas más presiones en la gente que está en la clase media y en la que aspira a entrar en ella. Y muchos jóvenes se preguntan si algún día llegarán a estar mejor económicamente que sus padres.
Muy pocos políticos son sinceros con el pueblo acerca de este cambio, ya no digamos que ayuden a orientarse en él. Demasiados partidos políticos grandes de hoy en día son simples vehículos para que diversas coaliciones se defiendan contra el cambio en lugar de dirigir a su sociedad para adaptarse a él. Normalmente esto crearía oportunidades para los partidos de oposición. Pero en Turquía, Brasil, Rusia, Egipto y otros países, la oposición es incompetente. Así pues, la gente sale a las calles y organiza su propia oposición.
En Estados Unidos, la Fiesta del Té empezó como una protesta contra los republicanos que eran demasiado laxos en cuestión del déficit. El movimiento Ocupemos Wall Street fue una protesta contra los demócratas por ser demasiado blandos con los banqueros.
En Brasil, un aumento equivalente de 9 centavos de dólar en la tarifa del transporte urbano suscitó protestas masivas, en parte porque pareció demasiado desequilibrado cuando el gobierno está gastando unos 30.000 millones de dólares en estadios e instalaciones deportivas para la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos. En la revista The American Interest, William Waack, locutor de la televisora brasileña Globo, probablemente habló a nombre de mucha gente al observar: “Los brasileños no sienten que sus representantes electos a ningún nivel realmente los representen, especialmente cuando la mayoría de los políticos temen el estigma de tomar decisiones reales (lo que en otras palabras es dirigir). No es por los 9 centavos”.
China no es una democracia, pero esta historia es un signo de nuestros tiempos. En una fábrica de las afueras de Pekín, el empresario estadounidense Chip Starnes, presidente de la empresa Speciality Medical Supplies, de Florida, estuvo cautivo durante casi una semana a manos de cien trabajadores “que estaban exigiendo gastos de marcha idénticos a los que se les había ofrecido a 30 empleados recientemente despedidos”, según Reuters. Los trabajadores temían ser los siguientes despedidos pues la compañía trasladó parte de su producción de China a la India a fin de reducir costos. (El jueves se llegó a un acuerdo y fue liberado).
Finalmente, gracias a la proliferación de teléfonos inteligentes, tabletas, Twitter, Facebook y blogs, los individuos agraviados ahora tienen mucho más poder para participar en conversaciones bidireccionales, y también para obligar a sus dirigentes a que participen. Asimismo, tienen mayor capacidad de conectarse con otros que comparten sus opiniones y organizar protestas espontáneas. Como lo dice Leon Aron, especialista en historia rusa del Instituto Americano de la Empresa, en el mundo actual el “tiempo de respuesta” entre la sensación de agravio y la acción es instantáneo y se está acortando.
El resultado neto es éste: la autocracia es menos sustentable que nunca. Las democracias son más prevalecientes que nunca, pero también son más volátiles que nunca. Es de esperarse que haya más gente en las calles, con más frecuencia, por más motivos, con más medios independientes de narrar su historia a un volumen cada vez más alto.