7 de diciembre de 2013 - 23:30

Si la democracia es la herramienta, ¿dónde quedó el manual?

Aquel 10 de diciembre del 83 todos recitábamos el Preámbulo, una oración laica. Pero el milagro no ocurrió completo: aquel flaco desnutrido de ayer es el gordo mal nutrido de hoy. Miles de argentinos tienen Facebook, pero no red cloacal. Crece el “lavado”

¿Se podría vivir hoy en día sin Internet? ¿Cómo sería no poder comunicarse con quien uno quiera, en el momento que le plazca, opinar en un foro o navegar libremente? Ahora nos parece que ha existido siempre, pero el mail tiene sólo unos 15 años.

Avancemos con la pregunta melliza: ¿se podría vivir sin democracia? ¿Cómo sería no poder opinar o circular libremente? Ahora nos parece que ha estado siempre, pero la posibilidad de darle “me gusta” a una idea política, o de decir lo que pienso en un muro real o virtual tiene sólo 30 años.

Así como existen los “nativos digitales” en contraposición a los “inmigrantes digitales”, postulemos que hay “nativos democráticos”, opuestos a los “inmigrantes democráticos”. Usted seguramente es inmigrante. Vos sos nativo.

¿Cómo hacer para transmitirles a los nativos lo que significó el 10 de diciembre del 83? ¿De qué modo hacerlos vivenciar algo del entusiasmo que sentimos los inmigrantes aquel día? Vamos a intentarlo.

A las once menos diez de la mañana del 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín firmó el acta presidencial en el Salón Blanco. Recién ahí volvió “internet”. Los argentinos estuvimos sin conexión 2.400 días -salvo las clandestinas- y sin posibilidad de reclamar (en rigor, desde 1930 siempre hubo problemas con el servidor).

Desde marzo del 76 hasta diciembre del 83, fueron ocho años sin redes sociales: las reuniones de más de tres o cuatro personas estaban sospechadas de ser subversivas y era común ver pasar los Falcon verde acelerando: perros ovejeros mostrando que no había que salirse del rebaño.

No sé qué te habrán contado, estimado nativo, pero ese golpe fue esperado por más gente de la que hoy está dispuesta a reconocerlo. No creas que Videla, Massera y Agosti vinieron del espacio en un Falcon volador y nos conquistaron con un rayo paralizante. Se decía que Isabelita no podía pacificar la Argentina, por eso cuando se la llevaron en helicóptero a Neuquén muchos usaron la palabra “alivio”.

No es por psicopatear a nadie, pero si te fijás, siempre los argentinos sentimos “alivio”. Cuando Alfonsín reemplazó a Bignone, cuando Menem reemplazó a Alfonsín, cuando De la Rúa a Menem, cuando Duhalde a De la Rúa, y así sucesivamente. La manera en que elegimos contar nuestra historia contemporánea siempre nos ubica en un lugar de pasividad. Qué mala suerte la nuestra, ¿no? ¡Siempre los platos voladores aterrizan acá!

Ya en el 75, durante el gobierno peronista de Isabel, al Obelisco le habían colocado un cartel giratorio que decía “El silencio es salud”. Parecía un gigantesco anillo. De “cazados”. Y hasta 1977 los edificios en Buenos Aires tenían incineradores y a la tarde se veían cientos de columnas de humo negro sobre la ciudad, que se llenaba de dióxido de carbono y hollín. ¿Cómo pudimos vivir con eso tan tóxico?

¿Cómo pudimos vivir con eso?

Sin embargo, algo es envidiable de aquella Argentina anterior a 1983: existía la ilusión de que, cuando llegara, esa ansiada forma de organización social llamada democracia nos salvaría de todos los males. Hoy vemos que sólo nos libró de algunos: Videla murió preso, los derechos civiles están a la altura de los países más modernos, existe cierta conciencia nacional y una suerte de acuerdo tácito sobre la no conveniencia de volver a firmar otros pactos como el de Roca-Runciman (salvo, claro está, Chevron, un homenaje).

Aquel 10 de diciembre del 83 todos recitábamos el Preámbulo, una oración laica. Pero el milagro no ocurrió completo: aquel flaco desnutrido de ayer es el gordo mal nutrido de hoy. Miles de argentinos tienen Facebook, pero no red cloacal.

Crece el “lavado” más rápido que el agua potable. Y el contrato social se sigue rompiendo una vez por año sobre los supermercados, ahora por causas más sofisticadas. Ya no delinquen por hambre, sino por hombría: para un “ni-ni”, robar y subir las fotos del botín es ascender socialmente frente a sus pares.

Los valores se construyen de arriba hacia abajo: ¿cómo pedirle un comportamiento social adecuado a quien saquea electrodomésticos subido a una moto, cuando un funcionario importantísimo, subido a su moto, se llevó una imprenta?

Treinta años después nadie duda de que la democracia es la herramienta. Pero todos nos preguntamos si el manual de instrucciones quedó olvidado en la caja. Parece que no la estaríamos usando del todo bien.

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