13 de julio de 2013 - 21:15

Definir la prosperidad a la baja

Para el autor de la nota, la recuperación del empleo en los Estados Unidos todavía aparece muy lejana. Dice que deberían crearse 300 mil empleos por mes para alcanzar, en cinco años, los niveles de desempleo de antes de la recesión.

El informe del viernes sobre el empleo no estuvo mal. Sin embargo, dado lo deprimida que sigue nuestra economía, realmente deberíamos agregar más de 300.000 empleos mensuales y no menos de 200.000.

Como señala el Instituto de Política Económica, necesitaríamos más de cinco años de crecimiento del empleo en esta proporción para volver a tener el nivel de desempleo que prevalecía antes de la Gran Recesión. La recuperación total todavía parece muy lejana. Y empieza a preocuparme que nunca suceda.

Sólo hay que plantearse esta difícil pregunta: ¿qué, exactamente, hará que volvamos a tener empleo total?

Desde luego que no podemos contar con la política fiscal. Es posible que la pandilla de la austeridad haya experimentado una derrota impresionante en el debate intelectual, pero estímulos sigue siendo una palabrota, y no es factible que pronto, o alguna vez, haya un programa de creación deliberada de empleos.

Es posible que medidas monetarias agresivas por parte de la Reserva Federal, algo como lo que está probando el Banco de Japón, resuelvan el problema. Sin embargo, lejos de ser más agresiva, la Reserva habla de "estrechar" sus esfuerzos. Estos rumores ya provocaron daños reales; más al respecto en un rato.

No obstante, aun si no tenemos, ni queremos tener, una política para la creación de empleos, ¿no podemos contar con la capacidad recuperativa natural del sector privado? Quizá no.

Es cierto que después de una prolongada depresión, el sector privado, por lo general, sí encuentra razones para volver a gastar. Las inversiones en equipo y programas informáticos ya está muy arriba del nivel anterior a la recesión, básicamente porque la tecnología prosigue su marcha y los negocios deben gastar para mantenerse al día. Después de seis años en los que apenas si se construyeron viviendas nuevas en Estados Unidos, ahora se trata de montar un retorno.

Así es que sí, la economía muestra algunos signos de estarse sanando a sí misma.

Sin embargo, ese proceso de sanación no irá muy lejos si quienes diseñan las políticas lo pisotean, en particular con el incremento en las tasas de interés. No se trata de una inquietud ociosa. Es bien sabido que un presidente de la Reserva declaró que su trabajo era quitar el bol del ponche, justo cuando la fiesta empieza a animarse; desafortunadamente, la historia ofrece muchos ejemplos de banqueros centrales que retiran el ponche antes de que siquiera empiece la fiesta.

Y, prácticamente, los mercados están apostando a que la Reserva va a poner otro ejemplo parecido. Las tasas de interés a largo plazo, que reflejan principalmente las expectativas sobre las tasas futuras a corto plazo, se dispararon después del informe sobre el empleo del viernes; mismo que, para repetir, sólo estuvo bien, en el mejor de los casos.

Es posible que la vivienda esté tratando de recuperarse, pero la recuperación tiene que contender con costos de financiamiento que aumentan bruscamente: las tasas de las hipotecas a 30 años subieron un tercio desde que la Reserva empezó a hablar de relajar sus esfuerzos hace como un par de meses.

¿Por qué pasa esto? Parte de la razón es que la Reserva está bajo presión constante de los halcones monetarios, que siempre quieren ver más restricciones monetarias y tasas de interés más elevadas. Estos halcones pasaron años advirtiendo que una inflación en aumento estaba al doblar la esquina.

Estaban equivocados, claro, pero en lugar de cambiar su posición sólo han inventado razones nuevas -estabilidad financiera, o cualquier cosa- para defender las tasas más elevadas. En este momento, está claro que la halconería monetaria es, principalmente, una forma de puritanismo, en el sentido que le daba H.L. Mencken: "El persistente temor de que alguien, en alguna parte, pueda ser feliz". Sin embargo, sigue influyendo peligrosamente.

Es lamentable que también exista un problema técnico que interviene en los prejuicios de los halcones monetarios. Las técnicas estadísticas que usan con frecuencia quienes elaboran las políticas para estimar "el potencial" de la economía ?el nivel máximo de producción y empleo que puede lograrse sin un sobrecalentamiento inflacionario?, resultaron tener demasiados errores: se interpreta cualquier depresión económica sostenida como un descenso en el potencial, para que así los halcones puedan señalar las gráficas y hojas de cálculo que supuestamente muestran que no hay demasiado espacio para el crecimiento.

En resumen, existe un riesgo real de que una mala política ahogue a nuestra recuperación, de por sí inadecuada.

¿Acaso el electorado no exigirá más? Bueno, ahí es donde soy especialmente pesimista.

Se podría pensar que una economía persistentemente negativa ?una en la que millones de personas que podrían y deberían tener empleos productivos están desempleadas y, en muchos casos, lo han estado durante mucho tiempo? encendería en algún momento la indignación popular. Sin embargo, la evidencia de la ciencia política sobre la economía y las elecciones es inequívoca: lo que importa es el índice del cambio, no el nivel.

Se puede expresar así: si el desempleo aumenta a entre seis y siete por ciento durante un año electoral, es probable que pierda el titular. Sin embargo, si persiste estable en ocho por ciento durante todo el mandato del titular, es factible que retorne al poder. Y esto significa que, notablemente, existe muy poca presión política para terminar con nuestra depresión continua, aunque de bajo grado.

Algún día, supongo, surgirá algo que por fin haga que volvamos a tener empleo total. Sin embargo, no puedo evitar recordar que la vez anterior en la que estuvimos en este tipo de situación, lo que surgió al final fue la Segunda Guerra Mundial.

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