El gobierno catalán había amenazado con una Declaración Unilateral de Independencia (una DUI). Ese acrónimo es en angloamericano Driving Under the Influence (conducir bajo la influencia). Es la conducción temeraria bajo exceso de alcohol o de estupefacientes.
El proyecto de independencia catalán ha sido en efecto impelido por un impulso de nacionalismo. El problema es que la policía (Mariano Rajoy), en lugar de patrullar las calles de España, creyó que la fiebre de la conducción del Govern catalán se disiparía. Se limitó durante demasiado tiempo a recordar al conductor, Carles Puigdemont, el texto de la Constitución española.
Cataluña había visto que le habían recortado los privilegios al conductor (afeites al estatuto de autonomía). Recientemente, Puigdemont ya había tenido que recoger a un "autoestopista" (la Candidatura de Unidad Popular, CUP) que le podía pagar la gasolina que le faltaba (los votos necesarios para la investidura).
Puigdemont insinuó la amenaza de la DUI como si fuera Corea del Norte con lanzamientos de misiles capaces de cargar cabezas nucleares y así ejecutar de manera efectiva la operación de independencia. Los vecinos del centro y la derecha (la rama catalana del Partido Popular y la formación centrista de Ciudadanos), e incluso los socialistas, observaban con alarma las preparaciones de un lanzamiento de un proyectil de mayor alcance.
En el ambiente enrarecido por el referéndum del 1 de octubre, la mitad del Parlament aprobó un par de leyes que sirvieran de base al estilo de la NASA de Cabo Cañaveral para el lanzamiento de la DUI. Con el conteo hacia atrás, Puigdemont apretó el botón a medias, y quiso congelar el lanzamiento. Rajoy le conminó a que afirmara que no había pulsado el botón fatídico.
Criticado por sus propios aliados por carencia de decisión y una excesiva delegación en vecinos y subalternos, Rajoy, también bajo efecto de otra DUI especial, propulsó su misil nuclear, el inédito artículo 155 de la Constitución.
Mientras el temido cohete catalán de la independencia ni siquiera se elevaba sobre el horizonte, el descomunal artículo 155 aterrizaba en pleno centro de Barcelona. No era ya una intervención quirúrgica parcial.
El proyectil nuclear de Rajoy, impelido por los aplausos del Partido Socialista y Ciudadanos, llegaba con el número 155 en su lomo. Aunque las declaraciones del gobierno niegan que esta operación signifique la suspensión de la autonomía, y se afirma que es solamente la sustitución temporal de los inquilinos ejecutivos (Puigdemont y su gabinete) y el recorte de los poderes del Parlament, los efectos van más allá de la geografía catalana.