Dicen, sólo dicen, porque es imposible de comprobar, que en el momento en que Cristina Fernández de K se dio cuenta -cuando se quedó sola- de todo el fantástico “imperio material” construido por su marido en las arrabales del poder, ella se mostró sorprendida.
Es que hasta ese entonces ella oficiaba de sacerdotisa ideológica de la nueva forma de acumulación a la que consideraba para la inclusión social y nunca se puso a pensar demasiado que se trataba de bienes públicos transferidos para usos privados. Si al fin y al cabo Ella y Néstor eran el pueblo, y por lo tanto lo de ellos era del pueblo.
Pero lo cierto es que al enviudar, Cristina comprobó que una “acumulación” de tan descomunal tamaño no se puede solucionar dando marcha atrás, ni intentando transparentar la verdad a fin de eliminar corresponsabilidad como si se tratara de una perestroika.
Por eso su primera decisión fue la de intentar ocultar todo mientras se disminuía el ritmo de “acumulación”. Para ello se transformó la memoria de Néstor en un mito edificado desde el Estado, tratando de que las estatuas y monumentos con su nombre taparan el material real con el que Néstor construyó su imperio.
Sin embargo, pronto se verificaría que la solución del ocultamiento también era imposible. Eso se vio con el affaire Boudou, que apenas arribado a la vicepresidencia se le descubrieron fácilmente todas sus transfugueadas.
Pero aún así se supuso que eso no seguiría pasando porque el deschave se debía más a la torpeza del corrupto que a la magnitud de la corrupción. Sin embargo, al poco tiempo Cristina descubriría que las improvisaciones y chantadas para la “acumulación del capital” durante la era Néstor eran mayores de lo que se imaginaba.
Fue cuando saltaron al ruedo Leo Fariña y Federico Elaskar, dos aventureros de marca menor que, sin embargo, fueron contratados por los hombres económica y políticamente más poderosos del país para el traslado de los dinerillos necesitados de tintorería.
Allí el gobierno se empezó a asustar. Resulta que no sólo era Boudou el que llamaba a sus inexpertos amigos de juerga marplatense para gestar los ilícitos, sino que hasta Lázaro Báez confiaba sus bienes (mejor dicho nuestros bienes) en un par de estafadores de baja estofa que a la primera de cambio le cantaron a Lanata hasta lo que éste no les pidió.
Cristina debió sospechar, entonces, que con la táctica de ocultar lo indecible, no alcanzaría. Que Vandenbroeles, Fariñas y Elaskar debería haber a montones y poco a poco irían deschavando todo.
Entonces se tomó una solución drástica, original, bien a lo K, nacional y popular: la de legitimar la corrupción. Una genialidad. Y Cristina decidió legitimar lo ilegítimo a través de lo que ella mejor maneja: la ideología.
Tantos libros revolucionarios solapeados en su juventud y en su exilio dorado en Santa Cruz mientras Néstor atendía las ocupaciones materiales, ahora le venían como anillo al dedo; sobre todo teniendo tanto intelectual de izquierda a sueldo.
Por lo tanto, en la Argentina CFK, la corrupción pasó a ser un tema ideológico. El primero que intentó explicarla fue el principal periodista del régimen cuando ya no quedaba excusa para defender a Boudou.
Ese afamado locutor admitió que todo lo que se decía sobre el vicepresidente era cierto, pero que éste no lo había hecho ni cortándose solo ni para su enriquecimiento personal.
Lo de Boudou, según el relator, no fue un robo sino una operación eminentemente política encargada por la superioridad para evitar que la impresión de billetes quedara en manos de una empresa manejada por Duhalde. A Boudou le encargaron aplastar esa intención y si cometió algún ilícito en el método de ejecución, lo cierto es que se cumplió la finalidad.
Ahora, con la cuestión del lavado de dinero de Báez y con lo de Hotesur, la ideologización llegó a extremos inimaginables. De lo que se trata es de explicar que si desde lo alto del poder alguien robó, es porque todos roban, Bonadío por supuesto; pero también todos los que tienen cuentas en el exterior y hasta Margarita Stolbizer que denunció lo de Hotesur.
En la Argentina corrupta pero revolucionaria ya nadie alega su propia inocencia sino que todos proclaman la culpabilidad de todos. Que a los efectos prácticos vendría a ser más o menos lo mismo, aunque ética y culturalmente pueda llegar a ser catastrófico.
Hoy, para evitar un juicio contra el Estado, se inventan todas las estratagemas posibles menos declarar la inocencia que ya está de sobras comprobada que nunca existió. Ya nadie niega los hechos corruptos. En lo que se difiere es en la interpretación.
¿Qué dice la defensa ideológica de la corrupción, a la cual le dan inmenso sustento los intelectuales del régimen? Que el capitalismo de por sí es un robo y ante el robo del capitalismo, el robo producido por gente del proyecto nacional y popular es hasta una forma de resistencia al capital.
De devolver al pueblo lo que es del pueblo. En la década ganada, ya no se roba para la corona -aunque se robe más que nunca y hasta principalmente robe la propia corona-. Ahora se roba para la revolución.
Los robos al “sistema” no son robos sino expropiaciones de los bienes de los ricos para beneficiar a los pobres, aunque los pobres vivan en Puerto Madero. Robar no es cuestionable si tiene objetivos políticos revolucionarios. Es de lo que nos quieren convencer.
Reiteramos que si bien en términos jurídicos Ciccone requiere cierta demostración (aunque no mucha porque Boudou dejó huellas hasta en el baño), lo de Hotesur no requiere demostración alguna ya que aquí la investigación no es más que un mero trámite.
Con los datos aparecidos a nivel público (ni pensar los que debe tener el juez) ningún hijo de vecino se salvaría de una condena.
Es entonces cuando surge lo que actúa como una radiografía del poder político en la Argentina de estos tiempos: Bonadío no tiene miedo por la falta de pruebas para comprobar su acusación.
Bonadío tiene miedo porque tiene demasiadas pruebas y no sabe si la correlación política de fuerzas que aún lo sostiene en su cargo, le alcanza para proseguir con su acusación. Ése es el quid de la cuestión, el tema de fondo. Lo crucial.
En síntesis, a la corrupción política en la Argentina -debido a su desproporcionada magnitud- ya ni siquiera se la intenta ocultar, puesto que ni una manada de elefantes podría ocultar al elefante argentino, mucho más grande que el resto. Hoy la corrupción es el sistema político en sí mismo, no su desvío o enfermedad. Y la apuesta del gobierno es la de llegar a legitimarla.
Para eso cuentan con el apoyo invalorable de los intelectuales revolucionarios que ponen en sus notas títulos de delirio como hace Felipe Yapur en el diario ultra K Tiempo Argentino: “La simulación ética detrás de la ofensiva conservadora”.
Y dentro de la nota perfecciona tan insólito y creativo título explicando que las denuncias sobre corrupción al gobierno forman parte de “una falsa moral que en realidad encubre los intereses de la clase social a la que sirven”.
Expliquemos estas palabras a la gente común no ducha en tamaños bolazos intelectualizados: nos quieren hacer creer que el chorro de ideología capitalista es un delincuente, mientras que el chorro de ideología socialista es un revolucionario.