29 de junio de 2025 - 00:05

Paz, Lavalle y Lamadrid: enemigos de Juan Manuel de Rosas... y entre ellos

La historia oficial los consagró como héroes. Pero detrás de los bronces, Paz, Lavalle y Lamadrid protagonizaron una rivalidad feroz

Nuestros próceres no solo fueron héroes: también vivieron intensas rivalidades, celos y traiciones. José María Paz, Juan Galo Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid, unidos por el orgullo y la desconfianza, no lograron convivir bajo una misma bandera. Esa fractura fue un regalo inesperado para su enemigo común: Juan Manuel de Rosas.

El inicio de una amistad militar

Era abril de 1826 y Paz, un cordobés meticuloso, obsesionado con la disciplina y el orden, se encontraba al frente del Regimiento 2° de Caballería. Argentina se preparaba para enfrentar a Brasil en una guerra por el dominio del actual territorio uruguayo. En ese contexto conoció a Lavalle, y la amistad nació con fuerza. Ambos compartían la pasión militar, el odio al caudillismo y un profundo desprecio por los abusos del poder. Pero el tiempo, la guerra y las derrotas fueron minando esa alianza.

Reencuentro y desencanto entre Lavalle y Paz

Más de quince años pasaron cuando Lavalle volvió de la contienda con una sombra nueva en la mirada. Había fusilado a Dorrego, y el precio fue el exilio. Paz, por su parte, cayó prisionero y pasó una década en cárceles federales. Cuando el destino volvió a reunirlos en 1839, el reencuentro fue desconcertante: Paz apenas lo reconoció. En sus memorias, dejó testimonio de ese momento con una mezcla de asombro y desilusión. Lavalle, el soldado recto, el granadero de San Martín, se había transformado en un caudillo de modales rurales, sin táctica ni uniforme, “abjurando sus antiguos principios con la misma vehemencia con que los había defendido”.

El magnetismo del caudillo Lavalle

Pero Lavalle conservaba algo que Paz jamás tuvo: carisma. Sus soldados lo adoraban, lo seguían sin dudar, dormían a su lado, sobre los caballos si era necesario, y lo miraban como si fuera invencible. Era el más caudillo de nuestros generales, y esa cercanía con sus hombres irritaba incluso al propio Lavalle, que ansiaba momentos de soledad que rara vez tenía.

Una alianza que nunca fue

Aquel ejército desordenado, mal armado y peor alimentado, recorrió buena parte del país sin lograr derrotar a Rosas. Y cuando Lavalle se encontró con Lamadrid en la frontera de Córdoba con Santiago del Estero, todo parecía alinearse para dar vuelta la historia. “Ya estamos juntos, ahora hemos de embromar a todo el mundo”, dijo el tucumano con entusiasmo. Pero no embromaron a nadie.

Sospechas, intrigas y sabotajes

Lamadrid traicionó rápidamente la confianza. En lugar de sumar fuerzas, envió circulares a las provincias acusando a los soldados de Lavalle de saqueos y abusos. El líder de las campañas del Norte, humillado, se sintió traicionado. A partir de ese momento, cada uno combatió solo, sin coordinación, sin estrategia común. Y Rosas, desde Buenos Aires, vio cómo la anarquía se tragaba a sus enemigos.

Viejos odios, nuevas heridas

La desconfianza entre ellos ya era vieja. Paz odiaba a Lamadrid desde antes. Cuando años después leyó sus memorias, se sintió atacado, y le dedicó páginas furiosas en las suyas. Lo describió como un hombre corroído por la envidia, incapaz de aceptar una derrota, un mitómano sin escrúpulos que se atribuía triunfos que jamás había conseguido. “Mucho daño hicieron las ridículas fanfarroneadas del general La Madrid”, escribió con rabia.

Un legado marcado por el ego

A pesar de sus diferencias, todos creyeron luchar por el bien de la patria. Cada uno, a su modo, entregó lo mejor —o lo peor— de sí. Pero su historia nos deja una advertencia tan antigua como la política misma: cuando el ego impide la unidad, hasta las causas más nobles se diluyen. Y así, Rosas venció sin necesidad de pelear cada batalla. Sus enemigos se encargaron de perderlas por él.

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