En esta nueva entrega de Historias Funerarias, recorremos algunos de los funerales más impactantes de la historia argentina, donde la muerte dejó de ser un asunto privado para convertirse en escena pública. Entre lágrimas sinceras, homenajes grandiosos y maniobras políticas, los funerales también narraron el poder.
Cuando morir también era un acto político
Desde los tiempos coloniales, las ceremonias mortuorias reflejaron jerarquías y tensiones sociales. Uno de los primeros episodios con tono político ocurrió tras la muerte del hijo del virrey Rafael de Sobremonte. Al invitarse a los miembros del Cabildo porteño, los ediles rechazaron asistir con una respuesta tajante: no existía “ley, cédula ni ceremonial” que obligara tal concurrencia. La negativa dejaba en claro que incluso ante la muerte se discutía autoridad.
Con el paso de las décadas, el duelo público adquiriría una dimensión mucho más intensa. Los entierros dejaron de ser simples despedidas familiares para transformarse en mensajes dirigidos a toda la sociedad. El cuerpo del difunto podía convertirse en símbolo, advertencia o bandera.
Rosas, Encarnación y el luto obligatorio
Pocas escenas resultan tan dramáticas como la muerte de Encarnación Ezcurra en 1838. Esposa de Juan Manuel de Rosas y figura central del rosismo, su fallecimiento provocó una reacción feroz del Restaurador. Según crónicas de época, Rosas se encerró con el cadáver y lloró desconsoladamente. También circularon rumores oscuros impulsados por sus enemigos, aunque imposibles de comprobar.
Lo indiscutible fue la magnitud de las exequias. Los funerales de Encarnación fueron fastuosos como nunca antes se habían visto en Buenos Aires. Se impuso además luto oficial durante dos años, señal de que la pérdida privada se convertía en cuestión de Estado. El dolor personal quedaba absorbido por la maquinaria política.
Rosas ya había comprendido antes el valor simbólico de los muertos ilustres. Al inicio de su gobierno ordenó exhumar los restos de Manuel Dorrego para trasladarlos a la capital y ofrecerles honores solemnes. En aquella ocasión declaró que “la mancha más negra de la historia de los argentinos” había sido lavada por las lágrimas del pueblo.
Sin embargo, el destino le reservó a Rosas un final opuesto al esplendor que supo organizar. Murió en 1877, exiliado en Southampton, Inglaterra. Su entierro fue sencillo: un coche fúnebre y apenas un puñado de acompañantes. Entre ellos estaba Manuelita, su hija fiel.
Aun así, hubo un gesto cargado de significado: sobre el féretro descansaban el sable corvo legado por San Martín y una bandera argentina. Incluso en la soledad extranjera, la grandeza simbólica no desaparecía.
Alsina y el llanto de la multitud
Uno de los funerales más conmovedores del siglo XIX fue el de Adolfo Alsina, vicepresidente de Sarmiento. Cuando agonizaba, Nicolás Avellaneda dejó escrito que deliraba dando órdenes a las tropas de frontera y que en un momento lúcido pronunció su nombre con afecto.
Muerto Alsina, el pueblo colmó las inmediaciones de su casa. Miles querían verlo por última vez. Desfilaban entre sollozos frente a la cámara mortuoria. Un anciano lanzó sobre el cuerpo un pañuelo empapado en lágrimas y gritó una frase inolvidable: “¡Doy todo lo que tengo, mis lágrimas!”.
Algunos cortaron mechones de su cabello como recuerdo. Otros perfumaron el cuerpo y ayudaron a vestirlo. Bajo una intensa lluvia, los restos fueron llevados a la Catedral Metropolitana y luego a la Recoleta, encabezando el cortejo el presidente Avellaneda. La pompa oficial quedó empequeñecida ante la emoción popular.
Sarmiento y los funerales múltiples
Domingo Faustino Sarmiento murió en Paraguay en 1888, pero su despedida se extendió a lo largo de varias ciudades. Fue embalsamado mediante el método Wickershaim y homenajeado primero en Asunción. El ataúd, cubierto con las banderas de Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, inició luego un extenso viaje.
Hubo ceremonias en Formosa, Corrientes, Rosario y San Nicolás. Finalmente, una semana después, llegó a Buenos Aires. Llovía, hacía frío, pero las autoridades y el público esperaban al ex presidente. El féretro avanzó cubierto de flores hacia la Recoleta, donde hablaron Aristóbulo del Valle, Paul Groussac y otras figuras de la época.
El espejo final del poder
Los grandes funerales argentinos fueron mucho más que despedidas. Allí convivieron el dolor genuino, la necesidad de legitimidad, la veneración popular y las disputas del momento. En torno a un ataúd se revelaban amores, odios, fidelidades y ambiciones. La muerte, lejos de apagar la historia, muchas veces la encendió por última vez.