En agosto de 1884, el médico peruano Luis Lagomaggiore asumió la presidencia municipal de Mendoza, designado por el gobernador Rufino Ortega. Durante los cuatro años que duró su gestión —hasta junio de 1888— impulsó una serie de medidas que transformaron la ciudad, especialmente en beneficio de los sectores más vulnerables.
El “Barrio de las Ruinas”
Tras el terremoto de 1861, la capital provincial se había reconstruido en una nueva ubicación, pero las familias humildes quedaron relegadas a vivir sobre los escombros, en ranchos precarios de adobe levantados alrededor de la actual plaza Pedro del Castillo. Ese sector, conocido como el “Barrio de las Ruinas”, fue una de las primeras preocupaciones de Lagomaggiore. Allí ordenó despejar calles y acequias, retirar escombros acumulados por más de dos décadas, reactivar el agua en los canales y plantar árboles. También creó espacios de asistencia para los más necesitados.
El desafío del agua potable
Todo esto fue posible gracias a un préstamo del Banco Nacional y a una administración que logró mejorar las finanzas municipales. Sin embargo, las condiciones sanitarias seguían siendo precarias. Como explica Jorge I. Segura en su biografía sobre el intendente:
“La mayor parte de los pobladores bebía el agua, a veces cenagosa, que se deslizaba por zanjas, acequias e hijuelas de la ciudad. (…) Los más pudientes compraban el agua que vendían a domicilio ciertos empresarios”.
El agua corriente había llegado a Mendoza en 1876, pero con caños de barro cocido que pronto se destruyeron. En 1882 comenzó el reemplazo por cañerías de hierro, aunque al momento de asumir Lagomaggiore apenas seis casas tenían conexión; el resto dependía de surtidores públicos.
Una ciudad sucia y vulnerable
La situación empeoraba con la suciedad en las calles, convertidas en basurales o charcos inmundos. En ese contexto, cuando el cólera irrumpió a fines de 1886, su impacto fue devastador.
Medidas frente al cólera
El intendente actuó con rapidez: clausuró establecimientos insalubres, levantó un lazareto en el sitio donde hoy se levanta el Hospital Lagomaggiore, destinó recursos a la atención de los enfermos, prohibió beber agua de acequias y habilitó nuevos surtidores. También tomó una medida drástica: ordenó destruir todas las frutas, pues se sospechaba que podían transmitir la enfermedad por la falta de higiene en su consumo.
Una epidemia devastadora
El pico de la epidemia llegó en diciembre, con más de 300 casos diarios. El último paciente ingresó al Hospital de San Antonio el 19 de febrero de 1887. El intelectual Agustín Álvarez estimó que en apenas tres meses murieron más de cuatro mil mendocinos.
Más allá de la emergencia
Lejos de limitarse a la coyuntura, Lagomaggiore fortaleció el sistema de salud. Dotó al único hospital de la provincia de insumos europeos, reemplazó las camas de madera por estructuras de hierro adquiridas en Buenos Aires y creó la primera Oficina Municipal Química, encargada de inspeccionar alimentos y analizar vinos.
Su accionar obtuvo reconocimiento nacional. Desde Buenos Aires, Domingo Faustino Sarmiento escribió al Dr. José A. Salas:
“Le escribo para darle mil parabienes por la conducta heroica durante lo más terrible del azote y sobre todo a los comienzos, en que ud se ha anticipado con Lagomaggiore y algunos otros a la acción (…) Felicite al Sr. Lagomaggiore de mi parte, recibiendo ud los aplausos de este pueblo y el aprecio de su amigo”.
El legado de un estadista
Convertido en figura popular por su energía y liderazgo, Lagomaggiore murió en 1916. Fue sepultado en el Cementerio de la Capital, en el mismo lugar donde años antes había ordenado enterrar a las víctimas del cólera en fosas comunes. Su funeral, multitudinario, reflejó la gratitud de un pueblo que reconocía en él a uno de sus grandes hombres.