17 de junio de 2026 - 12:12

Los Andes Siempre: un curioso artículo "contra los niños desaplicados"

Una curiosa nota hallada durante la restauración documental revela un insólito dispositivo ideado a fines del siglo XIX. Entre pedagogía, ciencia y disciplina, la historia invita a revisar cómo ciertas prácticas buscaron adaptarse a nuevos tiempos.

Mientras trabajo en la recuperación del archivo histórico de este mismo diario, dentro del proyecto Los Andes Siempre, los daños de una página antigua empiezan a repetirse con cierta asiduidad. Pueden ser innumerables, pero algunos vuelven una y otra vez. Hoy, en un ejemplar de Los Andes de febrero de 1887, me tocan los bordes rasgados: papel abierto, fibras débiles y una reparación que conviene hacer despacio.

Mientras preparo el adhesivo y rasgo a mano unas tiras de papel japonés, aparece una noticia breve. Se titula: “Contra los niños desaplicados”.

La nota habla de Mr. Henry Roget, físico ginebrino, y de un invento que, por suerte para generaciones enteras de alumnos distraídos, no parece haber prosperado. Roget había imaginado un nuevo castigo para los “niños desaplicados o revoltosos”: una máquina eléctrica capaz de aplicar descargas graduadas según la falta cometida.

La escena, contada con la naturalidad de los diarios viejos, es bastante completa. El niño es colocado frente al aparato, con la parte castigable del cuerpo desnuda, y recibe una descarga de chispas eléctricas. La intensidad es regulable de acuerdo con la gravedad de la falta. A falta grave, intensidad alta. A falta leve, intensidad leve. La vieja costumbre de castigar aparece envuelta en mejoras tecnológicas.

Hacia el final de la pequeña nota está el detalle más inquietante. Según la noticia, el dolor era intenso, momentáneo y no dejaba marcas.

Inmediatamente me dediqué a buscar quién era este tal Henry Roget. Casi siempre, cuando uno busca un dato como ese, aparecen diferentes puntas. Un nombre parecido, una fecha, una publicación, alguna mención lateral. Algo. Sin embargo, con Henry Roget ocurrió algo extraño.

Mientras más buscaba al físico ginebrino, menos físico ginebrino parecía. En otras versiones de la misma noticia figura con el nombre apenas cambiado. En el semanario francés Le Rasoir aparece como un sabio de Ginebra; en The Religio-Philosophical Journal, publicado en Chicago, el mismo invento aparece asociado a Lyon y destinado a castigos militares. Cambia la ciudad, cambia la víctima, cambia el escenario. El invento podía rastrearse. El inventor, en cambio, parecía hecho de humo.

Entonces dejé a Roget y empecé a fijarme en el contexto histórico. ¿Qué estaba pasando con la educación argentina cuando una noticia así circulaba por los diarios y llegaba también a Mendoza?

Ahí apareció la Ley 1420.

En 1884, apenas tres años antes de esta publicación, Argentina había sancionado la ley de educación común, gratuita y obligatoria. La ley, además de organizar la educación nacional, prohibía los castigos corporales o afrentosos. La autoridad escolar seguía existiendo, con toda su autoridad, pero el cuerpo del alumno tenía que dejar de ser la víctima de la corrección.

Con ese dato, la noticia de Roget tomó otro matiz. La máquina eléctrica aparecía justo cuando la educación moderna empezaba a mirar desconfiada los golpes y la pedagogía de la vara. El invento buscaba conservar el castigo, disfrazándolo de innovación. Una violencia constantemente actualizada, pensada para engañar a una época que empezaba a sentirse incómoda con la violencia.

La electricidad, además, no era cualquier cosa. En el siglo XIX prometía luz, telégrafo, futuro. Pero puesta en manos de Roget servía para algo bastante menos glorioso.

Por eso me importa tanto que Roget sea tan difícil de encontrar. Las noticias alrededor del mundo necesitaban un nombre. Y qué mejor que un físico de una ciudad europea, una autoridad científica, para cargar con la ocurrencia. Borges solía poner en boca de un filósofo chino, de un teólogo perdido o de un libro imposible una frase que sólo podía haber escrito Borges. Acá el mecanismo parece el mismo: se pone en boca de un sabio extranjero una idea que parte de la época todavía quería pensar, aunque cada vez pudiera decirse con menos comodidad.

contra los niños desaplicados
Publicación en Los Andes de la máquina de Mr. Roget.

Publicación en Los Andes de la máquina de Mr. Roget.

Roget funciona como una autoridad apócrifa. Tal vez existió. Tal vez fue una deformación de la prensa. Tal vez apenas fuera un apellido útil para dispersar la noticia. Lo importante es que su nombre permitía desplazar la responsabilidad. La crueldad podía llegar desde lejos, desde una ciudad europea, desde un laboratorio supuesto, desde un lugar que sonaba más avanzado que propio. Así entraba al diario con el barniz de la rareza científica.

La máquina prometía castigar sin dejar marcas, igual que el nombre de Roget: dejaba circular la idea sin que nadie tuviera que hacerse demasiado cargo.

Más de un siglo después, mientras uno repara los bordes rasgados de la página, la noticia sigue ahí. Roget se perdió, la máquina también. De aquel invento sin marcas quedó apenas esta: una columna breve en un diario de 1887.

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