Corría el año 1899 y la promesa del "progreso económico" se repetía como un mantra en las crónicas periodísticas argentinas. El vertiginoso despliegue del modelo agroexportador y el nacimiento de las ciudades modernas dibujaban un paisaje de florecimiento para el capitalismo local. En Mendoza, el boom de la industria vitivinícola —impulsado por el rugido del ferrocarril y los miles de brazos de mano de obra migrante— proyectaba la postal de una provincia próspera, rica y moderna con perspectivas de ascenso social para todos los inmigrantes que pisaban este suelo.
Sin embargo, detrás de la fachada de la opulencia y armonía, la realidad crujía. Las páginas del diario Los Andes advirtieron la contracara de aquel milagro económico, exponiendo con una ironía implacable las profundas desigualdades y la alarmante insensibilidad de los sectores acomodados.
"Protección al obrero": un título irónico
El 5 de noviembre de 1899, una columna titulada con sarcasmo "Protección al obrero" encendió el debate sobre la cuestión social en la provincia. El texto denunciaba el auge de una filantropía de las clases altas que, a través de numerosas sociedades de beneficencia, buscaba aliviar “las dolencias del enfermo necesitado” y ayudar al “mendigo harapiento” o al “tierno niño abandonado”. Una piedad selectiva que, curiosamente, se extendía con mayor fervor hacia los animales: los caballos se encontraban, gracias a estas organizaciones, “en una situación tal que muchos seres humanos los envidian”, mientras que las corridas de toros eran severamente cuestionadas por la crueldad sobre estos seres.
Ante este escenario, la crónica de Los Andes (preservada en el registro histórico del diario) lanzaba una acusación que calaba profundamente en la sensibilidad local:
Los Andes Siempre
Publicación sobre la necesidad de una "Protección al obrero", en Los Andes de 1899.
“Existe un bípedo en carne y hueso, inteligente, que sufre toda clase de penurias y de privaciones, que sacrifica su vida para el bienestar de los demás, que vende sus fuerzas de trabajo, su salud por un pedazo de pan y al cabo de pocos años de ruda labor se halla imposibilitado para seguir ganando su sustento... este animal, este burro de carga es el obrero”.
La nota desnudaba el drama de las extenuantes jornadas laborales de entre “10 a 14 horas diarias” sin interrupción, a cambio de las cuales el trabajador recibía apenas lo mínimo indispensable para reponer fuerzas y volver a producir al día siguiente. Las familias trabajadoras de los viñedos y bodegas en crecimiento fueron un ejemplo concreto de esta narrativa. Con lucidez punzante, el diario advertía que ese ritmo de trabajo salvaje tenía fecha de caducidad: el organismo se agota, se desgasta, las fuerzas abandonan y, más temprano que tarde, la codicia “está acabando con el pueblo”.
Cuando la jornada de 8 horas para trabajadores era una utopía
Eran épocas de total desregulación estatal sobre el mercado de trabajo. Mientras las huelgas comenzaban a brotar en el país en busca de mejoras salariales, y la jornada de 8 horas era una utopía lejana por la que se estaba comenzando a luchar, el diario miraba hacia lo que denominaba las "naciones civilizadas". Países como Francia, Inglaterra o Alemania ya dictaban leyes de protección a la fuerza de trabajo, contrastando con una Argentina donde “el ser humano que se entrega a la faena corporal es considerado peor que el irracional, pues, a este se le protege y a aquel no”.
Pocos años después de este grito de alerta, la cuestión social sería cada vez más evidente, incluso para las clases acomodadas y el Estado. A raíz de esto, Juan Bialet Massé recorrería el territorio mendocino y el país para certificar y documentar esta cruda realidad en su histórico informe sobre la clase obrera argentina.
Aquel artículo de 1899 culminaba con una pregunta retórica que todavía resuena: “¿No sería justo y más humanitario que en vez de sociedades protectoras de animales tuviéramos sociedades protectoras de obreros?”.
Hoy, más de un siglo después, los avances tecnológicos y las mutaciones del capitalismo han transformado el mundo del trabajo a niveles impensados en aquella época. Sin embargo, en pleno debate contemporáneo sobre la flexibilización, las reformas laborales y el impacto del esfuerzo diario sobre los cuerpos de la nueva clase trabajadora —pero con similares características— (repartidores, operarios, precarizados de plataforma), los argumentos de aquella vieja edición de plomo parecen congelados en el tiempo.
Quizás la respuesta a la urgencia actual también fue escrita por este diario hace ya más de cien años: “Claro que sí; ganaría el país la moral, el progreso y se haría de hombres rutinarios embrutecidos en el trabajo por falta de estudio y de instrucción, hombres eminentemente útiles a su patria”.