En esta nueva entrega de Historias Funerarias nos trasladamos a uno de los episodios más dramáticos de la historia porteña. El 11 de marzo de 1871 comenzó a habilitarse un enterratorio improvisado en las afueras de la ciudad para enfrentar una tragedia sin precedentes: la epidemia de fiebre amarilla que colapsó cementerios.
El verano de 1871 quedó grabado como uno de los más siniestros de la historia argentina. La fiebre amarilla comenzó a expandirse rápidamente por los barrios cercanos al puerto, especialmente en zonas bajas y húmedas donde proliferaban mosquitos, aunque en aquel momento aún se desconocía el verdadero vector de la enfermedad.
La ciudad vivía una situación sanitaria precaria: calles sin pavimentar, aguas estancadas, basurales y viviendas hacinadas. En ese escenario, el virus se propagó con rapidez devastadora. Las cifras crecían día a día hasta alcanzar picos estremecedores: 563 muertos en una sola jornada, según los registros de la época.
Los cronistas describieron escenas apocalípticas. Familias enteras abandonaban sus casas. Las clases acomodadas huían hacia el campo o hacia ciudades vecinas. Buenos Aires, que tenía unos 180.000 habitantes, llegó a perder entre 15.000 y 20.000 personas, cerca del diez por ciento de su población.
Uno de los diarios porteños de la época describía la situación con crudeza:
“Las campanas no cesan de doblar. La muerte pasa por nuestras calles como una sombra constante”.
El miedo se convirtió en la atmósfera cotidiana de la ciudad.
Cementerios colapsados y cadáveres acumulados
La tragedia pronto reveló un problema práctico y macabro: no había lugar para enterrar a los muertos.
El Cementerio del Sud —ubicado donde hoy está el Parque Ameghino— comenzó a recibir cadáveres a un ritmo imposible de sostener. En pocos meses se habían enterrado allí más de diez mil víctimas, saturando completamente el predio.
Mientras tanto, el Cementerio del Norte, actual Recoleta, había prohibido enterrar a las víctimas de la epidemia, lo que agravó aún más la crisis funeraria.
Los relatos contemporáneos hablan de féretros acumulados, carros funerarios que recorrían las calles día y noche y enterradores exhaustos. Había cadáveres esperando días enteros para ser sepultados.
Ante semejante colapso, las autoridades comprendieron que debían abrir urgentemente un nuevo enterratorio fuera del centro urbano.
Fue entonces cuando, el 11 de marzo de 1871, comenzó a habilitarse un terreno en las afueras de la ciudad conocido como Chacarita de los Colegiales, una antigua chacra vinculada al Colegio Nacional de Buenos Aires.
Se trataba de una zona rural, con quintas y huertas. Allí se destinaron inicialmente cinco hectáreas de tierra para enterrar a los muertos de la epidemia.
Pocas semanas después, el 14 de abril de 1871, el lugar fue inaugurado oficialmente como cementerio, en medio de una emergencia sanitaria sin precedentes.
El primer enterrado, según registros históricos, fue un albañil llamado Manuel Rodríguez.
Pero la magnitud de la tragedia pronto volvió insuficiente incluso a este nuevo espacio.
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Antiguos sepultureros del cementerio de la Chacarita.
Gentileza
El tren de los muertos
Uno de los episodios más escalofriantes de esta historia fue la creación del tren fúnebre.
Para transportar los cadáveres desde el centro de Buenos Aires hasta el nuevo cementerio se construyó una línea ferroviaria especial. Los ataúdes se cargaban en una estación ubicada en la intersección de Corrientes y Ecuador. Desde allí partían trenes que llevaban los cuerpos hacia la Chacarita.
Los vagones transportaban decenas de féretros en cada viaje, mientras los familiares viajaban en el último coche.
Durante los meses más duros de la epidemia, el servicio realizaba dos viajes diarios cargados de cadáveres.
Las escenas eran sobrecogedoras: ataúdes alineados en andenes improvisados, olor a descomposición y familiares que apenas podían despedirse.
Una ciudad transformada por la muerte
El cementerio improvisado funcionó durante años y llegó a recibir miles de enterramientos. Con el tiempo sería reorganizado y ampliado hasta convertirse en el actual Cementerio de la Chacarita, el más grande del país.
Pero su origen quedó marcado para siempre por la tragedia.
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Entrada actual al Cementerio de la Chacarita
Luciana Sabina
La epidemia de 1871 no solo dejó una enorme cantidad de muertos. También transformó profundamente la ciudad: impulsó reformas sanitarias, nuevas políticas de higiene urbana y una reorganización completa del sistema funerario porteño.
Buenos Aires aprendió entonces que la muerte también necesita espacio.
Y ese espacio —nacido del pánico, la improvisación y el dolor— sería la Chacarita, el gran camposanto donde la ciudad terminó depositando una de las páginas más sombrías de su historia.