Filippo Severati convirtió el cementerio romano de Campo Verano en su galería. Allí pintó retratos pensados para durar para siempre, muchos ya fueron robados.
Autorretrato de Filippo Severati en su tumba en el cementerio de Roma. Foto: Gentileza
Esta es una de esas historias funerarias que solo pueden contarse caminando despacio entre las tumbas de un cementerio, donde el arte no fue pensado para colgarse en un museo sino para resistir al tiempo, a la intemperie y al olvido. Una historia en la que la belleza, paradójicamente, terminó convirtiéndose en botín.
Se suele decir que no hay halago mayor para un artista que ver su obra robada de un museo. Si alguien está dispuesto a arriesgar la cárcel por un cuadro, ese gesto funciona —aunque sea de manera discutible— como un reconocimiento al talento del pintor y a su valor en el mercado. Sin embargo, hubo un artista que, de haber vivido lo suficiente para verlo, difícilmente habría sentido orgullo: a él no le robaron lienzos expuestos en salas prestigiosas, sino casi un centenar de retratos que debían permanecer donde siempre estuvieron, entre las lápidas de un cementerio, a la vista de todos.
El Campo Verano: una ciudad de los muertos
El Cementerio Monumental del Campo Verano, en Roma, con sus 83 hectáreas de superficie, impacta al visitante por la suntuosidad de muchas de sus capillas y por su atmósfera casi irreal. Mausoleos de aire faraónico, esculturas de ejecución exquisita, edificios tan grandes como casas: no es un simple cementerio, sino una auténtica ciudad metafísica. Allí se expresa hasta dónde puede llegar el ser humano en su afán por mantener viva la memoria de los seres queridos, y también la esperanza —o la ilusión— de que la muerte no sea del todo definitiva.
Al recorrer sus senderos, entre fotografías gastadas por el tiempo y nombres apenas legibles, hay retratos que llaman poderosamente la atención por su delicadeza y su intensidad. Son los singulares retratos sobre lava realizados por Filippo Severati.
Filippo Severati: formación y vocación temprana
Nacido en Roma el 4 de abril de 1819, Severati siguió desde muy pequeño los pasos de su padre, que también era pintor. A los seis años ya se dedicaba a la pintura en miniatura, y a los once había convertido esa habilidad en su oficio. Paralelamente se formó en la Accademia di San Luca, donde obtuvo numerosos premios y menciones al mérito. Bajo la tutela de Tommaso Minardi realizó grabados y dibujos, y con el correr de los años se especializó en el retrato, género en el que alcanzaría su mayor reconocimiento.
Pintar para la eternidad: la técnica sobre lava
Hacia 1850 comenzó a experimentar con el esmalte aplicado sobre una base de lava o porcelana, una técnica conocida por su extraordinaria durabilidad y por la capacidad de conservar los colores casi inalterables gracias a sucesivas cocciones. En 1859 patentó su procedimiento de pintura al fuego sobre lava esmaltada, perfeccionando métodos anteriores, y en 1873 obtuvo la medalla al progreso en la Exposición de Viena.
El retrato funerario como obra definitiva
El año 1863 marcó un punto de inflexión en su trayectoria. Severati pintó entonces un autorretrato destinado a la tumba familiar: allí puede verse al artista posando con la paleta en la mano, mientras a su lado aparece, sobre un caballete, el retrato de sus padres. Una imagen dentro de la imagen, pensada desde el inicio para dialogar con la muerte.
A partir de ese momento, los retratos funerarios se convirtieron prácticamente en su única ocupación. Gracias a la refinación de su técnica, los clipei —las efigies de los difuntos— lograban resistir el paso del tiempo conservando la viveza de los fondos y la expresividad de los rostros. La gran innovación de Severati fue trasladar al espacio abierto del cementerio las formas y la sensibilidad del retrato decimonónico pensado para los interiores de las casas burguesas. En lugar de colgar el retrato en una pared, las familias podían colocar la imagen del ser querido directamente sobre la lápida.
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Uno de las obras de Filippo Severati en el cemeterio.
Luciana Sabina
Olvido, redescubrimiento y saqueo en el cementerio
Filippo Severati murió en 1892 y su nombre cayó en el olvido durante casi un siglo. Fue el fotógrafo Claudio Pisani quien lo redescubrió en 1983, al publicar en la revista italiana Frigidaire un artículo elogioso acompañado de fotografías tomadas en el Campo Verano.
Hoy Severati continúa siendo una figura relativamente desconocida para el gran público, aunque su talento es plenamente reconocido por los especialistas. Tal vez demasiado reconocido: tanto que los ladrones mencionados al comienzo de esta historia vandalizaron numerosas tumbas del cementerio romano, arrancando alrededor de noventa de sus retratos de las lápidas. Un robo que no solo privó a las familias de una imagen irrepetible, sino que también quebró el delicado pacto entre el arte, la memoria y el silencio de los muertos.