Otra de las Historias funerarias nos lleva al Cementerio de la Ciudad de Mendoza, donde una tumba cargada de símbolos guarda la memoria de Jacinto Álvarez, médico,gobernador y filántropo. Su muerte, marcada por silencios y coincidencias históricas, cierra una vida atravesada por la tragedia temprana, el servicio público y una profunda vocación humanitaria.
Jacinto Álvarez nació el 15 de julio de 1857 en la capital provincial, apenas minutos después que su hermano gemelo Agustín Álvarez, en el seno de una familia tradicional cuyana. La infancia de ambos quedó abruptamente interrumpida por una de las mayores catástrofes de la historia local: el terremoto del 20 de marzo de 1861.
De los siete integrantes de la familia Álvarez, cinco murieron, entre ellos sus padres. Durante días se creyó que nadie había sobrevivido. La ciudad era un campo de ruinas, de cadáveres rescatados y de patrullas buscando signos de vida. En ese escenario desolador ocurrió lo inesperado: un hombre escuchó el llanto de dos niños bajo los escombros de una casa derrumbada.
Los gemelos, de apenas tres años, fueron rescatados con vida y adoptados por un tío. La tragedia los había dejado huérfanos, pero también los había unido para siempre por una experiencia fundante de dolor y supervivencia.
Criados en un entorno que priorizó la educación, Jacinto cursó la primaria y luego el secundario en el Colegio Nacional de Mendoza. Finalizados sus estudios, partió a la Capital Federal para estudiar Medicina en la Universidad de Buenos Aires.
Recibido de doctor, regresó a Mendoza y fue designado médico forense, cargo que desempeñó durante varios años. Su compromiso profesional quedó especialmente expuesto durante la epidemia de cólera de 1886, que provocó más de 4.000 muertes en la provincia. Álvarez asistió a cientos de enfermos y colaboró activamente en la difusión de medidas preventivas, en un contexto donde el miedo a los médicos -a quiénes muchos culpaban de las muertes- y la desinformación se propagaban tan rápido como la enfermedad.
Del consultorio a la Casa de Gobierno
La política fue otra de sus pasiones. En 1887 se presentó por primera vez a elecciones municipales y ese mismo año, el 8 de octubre, contrajo matrimonio con Elina Calderón de la Barca.
Su carrera pública avanzó con rapidez: integró la fórmula que llevó a Emilio Civit a la gobernación y, en 1898, asumió él mismo como gobernador tras la renuncia de Civit para ocupar el Ministerio de Obras Públicas de la Nación en la segunda presidencia de Julio Argentino Roca.
Durante su gestión se produjeron transformaciones decisivas como la reforma de Constitución provincial. Luego fue electo senador nacional y se trasladó nuevamente a Buenos Aires dónde vivía su hermano hacía muchos años.
Filantropía silenciosa
Alejado de la política, Jacinto volvió por completo a la medicina. Atendía gratuitamente a los pobres, pagaba medicamentos de su propio bolsillo y se convirtió en una figura respetada por los sectores más humildes. Fue director del Hospital El Carmen -creado por Antonio Tomba- y dedicó especial atención a los ancianos y desvalidos.
Su vida pública nunca estuvo separada de una ética del cuidado, que contrastaba con el brillo intelectual de su hermano Agustín, cuyas palabras —de una vigencia inquietante— denunciaban los vicios estructurales del poder y la sociedad.
La herida de una muerte temprana
La muerte de Agustín Álvarez, el 15 de febrero de 1914, sacudió al ambiente intelectual argentino. Caras y Caretas escribió entonces: “se ha extinguido una figura culminante de la vida argentina”. Jacinto sufrió profundamente esa pérdida, aunque logró sobrellevarla acompañado por su familia.
Agustín había escrito, pocos años antes, una reflexión que aún interpela:
“Sacar del gobierno todos los beneficios posibles, cargar a los gobernados con todos los perjuicios consiguientes (…) se ajusta por completo a la máxima fundamental de la psicología positiva: el hombre busca el placer y huye el dolor, con el menor trabajo posible”.
Una muerte cargada de coincidencias
Jacinto Álvarez falleció en Mendoza, la ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó su vida, el 3 de julio de 1933. La fecha no es menor: murió el mismo día y año que Hipólito Yrigoyen, en un país que cerraba una etapa política y moral compleja.
Su muerte fue discreta, sin homenajes ruidosos, pero dejó una huella profunda en la memoria mendocina.
La tumba y los símbolos
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El gobernador Jacinto Álvarez murió el mismo día que Yrigoyen y su tumba guarda más de una clave.
Luciana Sabina
La tumba de Jacinto Álvarez, ubicada en el Cementerio de la Ciudad de Mendoza, es una de las más elocuentes desde el punto de vista simbólico. Presenta cadenas, suelo ajedrezado y otros elementos de clara iconografía masónica, asociados a la fraternidad, la igualdad y el trabajo moral del hombre.
Un ángel que ofrece una dádiva corona el conjunto funerario, como gesto de agradecimiento por una vida dedicada al servicio del pueblo. No hay ostentación: hay mensaje. En esa piedra se sintetiza una existencia atravesada por la tragedia, el compromiso público y la filantropía silenciosa.
Así, entre símbolos y silencios, Jacinto Álvarez sigue dialogando con quienes recorren el cementerio. Su tumba no solo marca un final: propone una forma de entender la vida pública, la muerte y la memoria.