23 de agosto de 2025 - 00:15

El Éxodo Jujeño: la marcha heroica de Manuel Belgrano

A 213 años del sacrificio jujeño, recordamos la historia de la heroica decisión de Manuel Belgrano y el pueblo que incendió su tierra para salvar la Revolución.

En el día de hoy se cumplen 213 años del Éxodo Jujeño, una de las gestas más conmovedoras de nuestra historia. Aquél 23 de agosto de 1812, Manuel Belgrano tomó una decisión que cambiaría el destino de la independencia sudamericana.

Al mando del Ejército del Norte, inició desde Jujuy una retirada ordenada hacia Córdoba, cumpliendo las órdenes del Triunvirato de abandonar las provincias del norte y el Alto Perú. Para Buenos Aires, asediada por Artigas, la prioridad era proteger la capital; para Belgrano, significaba enfrentarse al dilema de salvar la causa patriota aun a costa de un sacrificio extremo.

Tierra arrasada y sacrificio colectivo

La orden fue fulminante: nadie quedaría atrás. En su bando del 29 de julio, el general dispuso que “todos los habitantes se unieran al Ejército llevando cuantas armas de fuego y blancas tuvieran en su poder, además de todos sus ganados vacunos, caballares, mulares y lanares”. Las casas, los sembradíos, los ranchos y hasta los pastizales debían ser destruidos. Todo lo que pudiera alimentar o dar refugio a los realistas quedaría reducido a cenizas. Las sanciones eran implacables: cualquiera que desobedeciera sería fusilado sin juicio previo. “El amor patriótico debe hacer callar los lamentos y vencer los imposibles mismos”, escribió Belgrano al Teniente de Gobernador de Salta cuando este pidió atenuar la medida.

El pueblo jujeño obedeció. Ancianos, mujeres, niños y enfermos emprendieron el camino bajo el sol implacable de agosto. Los ríos estaban secos y el hambre se hacía sentir. Atrás dejaban su tierra y sus hogares; delante los esperaba un futuro incierto. Sin embargo, marcharon junto al Ejército, sabiendo que su sacrificio podía significar la salvación de la causa revolucionaria.

La amenaza realista y la inspiración de Cochabamba

El contexto era aterrador. El español Pío Tristán avanzaba desde el Alto Perú con 4.000 soldados, ejecutando a los líderes patriotas y exponiendo sus cabezas en picas. En mayo, en Cochabamba, Goyeneche había masacrado a un grupo de mujeres que, lideradas por la anciana ciega Manuela Gandarillas, resistieron en la colina de San Sebastián. Belgrano, conmovido por su heroísmo, informó al gobierno: Todas las noches, a la hora de la lista, un oficial preguntaba en alta voz: ‘¿Están presentes las mujeres de Cochabamba?’ y otro respondía: ‘Gloria a Dios, han muerto todas por la patria en el campo del honor’.” Esa memoria acompañaba a las familias jujeñas en su éxodo.

La desproporción de fuerzas era brutal: apenas 600 hombres desmoralizados y mal armados frente a la formidable maquinaria de guerra realista con 3.500 efectivos y 13 cañones. El mes de agosto acentuaba la tragedia: sin pasto ni agua, la mortandad de animales era enorme, y las jornadas parecían interminables. Pese a todo, la columna seguía adelante.

Tucumán: miedo y esperanza

Cuando Belgrano se internó en Tucumán, ordenó desarmar la ciudad. El desconcierto fue total: muchos vecinos se sintieron abandonados, otros temieron el escarmiento realista. Las imágenes de las cochabambinas martirizadas estaban en la mente de todos. Sin embargo, hubo gestos de solidaridad conmovedores. Las familias tucumanas recibieron a los jujeños agotados; Bernabé Aráoz donó 200 cabezas de ganado para alimentarlos. La idea de abandonar la lucha era intolerable para los norteños: o se peleaba allí o se enfrentaba la masacre segura.

Fue entonces cuando una delegación encabezada por Aráoz convenció a Belgrano de quedarse y dar batalla. El general, que había maniobrado con astucia desviando el avance de Tristán, entendió que la hora de pelear había llegado.

Belgrano y los once días que cambiaron la historia

Los once días ganados por el Éxodo Jujeño fueron decisivos. Permitieron organizar una milicia de gauchos, “los Decididos”, y darles un mínimo entrenamiento. Ese sacrificio colectivo sería el cimiento de la victoria en la Batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812. Allí, un ejército desmoralizado se transformó en protagonista de una de las gestas más audaces de la independencia.

Años más tarde, aquellos hombres y mujeres que caminaron por el polvo y el hambre continuarían defendiendo la frontera norte. Surgirían capitanes legendarios como Manuel Eduardo Arias, el “Aquiles Criollo”. Pero nada de eso hubiera sido posible sin la decisión firme de Belgrano y el sacrificio del pueblo jujeño.

El Éxodo Jujeño no fue solo una retirada: fue un acto de heroísmo extremo, una prueba de amor patrio capaz de incendiar hogares y renunciar a todo, con tal de no someterse. En esos días de agosto de 1812, la patria estuvo en los pies descalzos de quienes marcharon, en la fe de quienes no se rindieron y en el coraje de un general que supo escuchar el clamor de su gente. La historia de nuestra independencia se escribe, ante todo, con el sacrificio de esos anónimos héroes.

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