Convocatoria de Los Andes: Olbaid, un cuento de J. Nicolás Cerri

En este relato de terror, un anciano que vive en una finca del Este, baja al último encuentro con su monstruoso amigo.

Jorge encendió las luces en la planta baja. El botón estaba próximo a la puerta que daba las escaleras del sótano.

Jorge estaba en sus setentas, una vida larga y próspera, en su juventud se había casado, había tenido tres hijos y había comprado una pequeña finca en el este de Mendoza en donde dedicó gran parte de su vida a cosechar uva, duraznos y damascos. Sus hijos con el tiempo se hicieron grandes y se fueron a vivir a Buenos Aires, su esposa había sucumbido al cáncer hacía dos décadas. Jorge vivía solo y estaba viejo.

Se escuchó el click al dar con la tecla y vaciló un instante antes de abrir la puerta, pero al hacerlo ese olor a vacío inundó sus pulmones. Había silencio por sobre todo y las telarañas se podían observar ya en los primeros escalones, unos escalones de madera viejos y humedecidos por el pasar del tiempo.

Jorge escondía allí abajo el mayor secreto de su vida.

Nadie además de él sabía lo que aguardaba bajo esas escaleras. Terminó de abrir la puerta y comenzó a bajar. Al hacerlo, se escuchaban sus pasos golpeando cada escalón como si pesara varias veces su peso real. Continuó bajando hasta que su cuerpo se encontraba por completo bajo el nivel del suelo y no había más que solo oscuridad.

Un pequeño foco de luz solitario pendía en la mitad del espacio. Su luz era ineficiente, escasa, amarillenta, las telarañas estaban por doquier. No había dónde esconderse, pero a su vez la oscuridad era perfecta. Tras recorrer alrededor suyo con su mirada, la observó. Allí estaba: inmóvil, expectante, negra, gigante, con ojos vacíos, de muerte, agazapada en una de las esquinas del sótano, aguardando en el rincón favorito de los cuatro que tenía a su poder. En el suelo, debajo de ella, había restos de lo que una vez había sido otro ser humano que había caminado y vivido en esta tierra como cualquier otro, pero que cuando Jorge lo llevó allí con simples ardides y promesas de trabajo en el campo, se encontró con su destino.

La araña tenía las proporciones de un hombre robusto, promedio y sus ojos estaban viendo a los de Jorge, pero nada le haría a él. Lo conocía desde que era pequeña, desde que él la había encontrado en mitad del campo y aquella primera picadura que dio en su mano fue un lazo: un pacto que cerraron entre los dos para siempre.

Jorge se había ocupado de ella, la había mantenido en un pequeño frasco, luego en una pequeña jaula Y por último decidió dejarla libre en el sótano. Habían pasado muchos años desde ese entonces y la araña creció poco a poco. Al principio fueron insectos, luego roedores, luego algunos mamíferos como perros y gatos, y, por último, algunas cabezas de ganado pequeñas. Pero no fue suficiente. Siguieron los humanos. Humanos que, en opinión de Jorge, nadie extrañaría, nadie buscaría, nadie sabría de su desaparición, gente que en sus propias palabras eran “trotamundos” a los que nadie extrañaría. Olbaid lo recibió con gusto y con las mandíbulas abiertas. Aquellas mandíbulas amenazantes, frívolas, como los cuernos negros de un toro, penetrantes, cubiertas por la vellosidad que cubría todo su cuerpo: un pelo negro grueso y largo que provocarían una sudoración fría en la espalda de cualquiera que la viera por primera vez. Para Jorge no era algo nuevo: él la tuvo desde que era tan pequeña que apenas se podían distinguir sus ojos.

Jorge le sonrió levemente, con una pequeña mueca en su boca, y se sentó cruzándose de piernas, observándola casi siempre como si esperara que en cualquier momento le dijera algo. Pero pese a sus tremendas proporciones y crecimiento fuera de lo habitual no podía comunicarse de otra manera que no fuera observando.

Cuando Jorge comenzó a bajar las escaleras había empezado a llover. Era una lluvia fina, suave y esperada, muy poco habitual en Mendoza, especialmente en esa época del año, pero pasó a convertirse en una lluvia violenta y fuerte que golpeaba cualquier superficie que tocara. Cuando Jorge se sentó en el suelo se había convertido en un granizo devastador.

Jorge sabía lo que significaba el granizo. Era destructor y gran parte de la cosecha que había manejado durante el año podría perderse a causa de este granizo que no esperaba, pero del que tampoco nada podía hacer más que escucharlo y esperar al día siguiente por la mañana para salir a dar una vuelta y ver los destrozos que había provocado. Sin embargo, en este momento era solo Olbaid y él. Nada más importaba en ese momento. Los dos solían pasar horas observándose el uno al otro, en un perturbador ritual silencioso. Jorge estaba muy viejo y cansado. Se preguntaba cuánto tiempo más podría seguir haciendo esto, cuánto tiempo más podría esconder este secreto que lo atormentaba desde lo más profundo de su ser, pero que sin embargo le era imposible compartirlo con cualquiera de sus amigos o familiares. Nadie entendería jamás esta situación que apenas él entendía cuando hacía memoria y evocaba a cada uno de los momentos por los que había vivido desde la llegada de Olbaid a su vida. Olbaid se había apoyado en él como si fuera un bebé destetado. Era una pequeña araña indefensa en la mitad de un campo inmenso desolador a la luz de un sol que calentaba permanentemente la Tierra y Jorge, al compadecerse de esta pequeña araña, la incorporó a su vida. Pasó a ser tan suyo como cualquiera de sus perros o gatos que moraban en el recinto superior a la luz de cualquiera que quisiera venir a visitarlo y encontrarse con estos. Sin embargo, Olbaid era un ser que él escondía solo para él y que cualquier otra persona le tendría un terror inigualable. Acaso se preguntaba si alguien entendería su situación y, en vez de intentar destruir a la araña que le había procurado pequeños momentos de satisfacción en su vida, la cuidaba tanto como él. Si alguien le pudiera prometer muchos años más de vida… Sin embargo, Jorge, al ver el ocaso de su propia vida, pensaba en el inevitable ocaso de la de Olbaid. Pero ¿qué pasaba si él moría antes que Olbaid? En algún momento alguien bajaría al sótano y se encontraría con esta criatura monstruosa para ser solo una presa más, pues Jorge sabía que cualquier otra persona aparte de él, pasaría a ser su presa si la oportunidad así se lo presentara. Ahora, si Olbaid moría antes, él podría disponer de su cuerpo de forma tal que nadie jamás supiera de su existencia. Se preguntaba si en el mundo habría otro Olbaid, pero lo dudaba. Algo muy particular tuvo que haber pasado para que creciera de la forma en la que creció y que tuviera esos destellos de inteligencia tan distintos al de cualquier otro insecto, y se convirtiera en lo que ahora él conoce. Casi un amigo, un compañero en su solitaria vida.

La luz del foco comenzó a titilar, parecía estar agotándose y fallando, pero Jorge no temía el quedarse a oscuras con Olbaid, pues se repetía una y otra vez que nada le haría a él y que, es más, hasta podría ver la forma de ayudarlo.

El granizo cesó y Olbaid bajó un poco las patas de su posición actual y se acercó a Jorge lentamente, como solía hacerlo. Fue haciéndolo paulatinamente y de una manera tan precavida que cualquiera que no lo mirara lo suficiente podría pensar que no se estaba moviendo hasta llegar a los pies de Jorge. Jorge sonrió y se volvió a preguntar qué sería de la araña si él moría primero. Volvió a ver y observó las columnas que estaban una a cada lado de la escalera que daba al piso superior. Un esqueleto humano lo miraba con las cuencas vacías en una posición que llevaba años juntando polvo. Se reprochó el no haberlo limpiado en su momento, pues ahora habría varios de los huesos de esa persona esparcidos en el sótano y le costaría más encontrarlos entre la oscuridad, la suciedad y las telarañas que estaban por todos lados. Olbaid era un gran tejedor y las telarañas se observaban del techo al suelo por doquier. Era imposible dar un paso sin que la misma no se adhiriera al cuerpo de quien pasase.

Jorge giró su cabeza de lado a lado en señal de negación y bajó la mirada cerrando los ojos y girando su cabeza en torno a Olbaid, el cual había acercado su cara casi hasta tocar la de él. Él le sonrió y acarició suavemente su cabeza. Olbaid permaneció inerte y Jorge lo acarició como si de un perro se tratara, un perro sin cola y de ocho patas.

“Lo siento”, dijo entre dientes al tomar la decisión.

Apenas se escuchaban unas gotas caer en el embarrado suelo de arriba, sobre las chapas. El petricor estaba presente desde hacía rato.

Jorge se levantó lentamente, apoyándose sobre la rodilla al hacerlo y con mucho cuidado.

Subió las escaleras y mientras Olbaid mantenía su posición, se oían ruidos de latas y otros elementos. Jorge tardó varios minutos en volver, pero cuando lo hizo, llevaba consigo un pequeño contenedor de veinte litros de combustible que solía utilizar para su tractor.

Tras bajar nuevamente las escaleras, más lento esta vez que cuando venía sin la carga, comenzó a esparcirlo por el sótano.

“Lo siento,” dijo nuevamente, mientras se sentaba en los primeros escalones y encendía con un fósforo las telarañas que había en sus pies, lo que avivó el fuego por todo el sótano.

Olbaid observó inmóvil, quieto, silencioso. Sabiendo.

J. Nicolás Cerri
J. Nicolás Cerri: contador público y escritor mendocino.

J. Nicolás Cerri: contador público y escritor mendocino.

Sobre el autor: J. Nicolás Cerri

J. Nicolás Cerri, nacido en Buenos Aires en 1986. Contador público y autor de varias obras publicadas en distintos sitios. Vive en Mendoza desde hace seis años.

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