Convocatoria de Los Andes: El reloj de cadena, un cuento de Luis Alberto Rossi

En una Buenos Aires sumida en la pobreza y el olvido, un médico asiste los últimos instantes de un ilustre patriota. El relato de Luis Alberto Rossi rescata la fidelidad frente a la inminencia de la muerte.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!…

Los golpes retumbaron sobre la gran puerta marrón y deteriorada que daba ingreso a la vieja casona ubicada en una de las calles de Buenos Aires y el eco se escurrió por las amplias galerías que rodeaban el patio. Una mujer apresurada cargaba una jarra sobre una vieja bandeja rústica, mientras de su brazo colgaban unos jirones de viejos trapos. Con voz enérgica gritó: —¡Corre, Tomasa! ¡Debe ser el doctor Álvarez! ¡Rápido, atiende la puerta!

—¡Voy, amita, voy! —respondió una mulata que salió por otra puerta que daba a la galería, mientras sus pasos apresurados resonaban sobre el desparejo piso de adoquines. La orden de su ama la empujaba inevitablemente hacia la entrada principal de la casa, donde los golpes insistentes en la puerta parecían repetirse cargados de impaciencia.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

El eco volvía a resonar insistentemente por todo el patio.

La negra, agitada, forcejeó un momento con la tranca que mantenía prisionera la inmensa puerta desteñida por el paso de los años. Sus manos temblaban presas de un nerviosismo torpe, y al abrir una de las pesadas hojas las bisagras emitieron un agudo chillido mientras la tenue luz del exterior reveló la presencia de una figura alta y delgada que vestía un traje oscuro y sostenía una maleta con su mano derecha. Su rostro, demacrado y blanquecino, parecía arrastrar muchas noches de desvelo y una preocupación que se le escapaba por cada arruga.

—Buenas tardes, Tomasa. La Señora Asunción me mandó llamar con urgencia —dijo el hombre, con voz grave.

—¡Buenas, Dotor! Pase, pase usted; la amita lo espera —respondió la mulata, abriendo paso con premura. Luego, alzando la voz hacia la galería, gritó: —¡Amita, llegó el Dotor! ¡Llegó el Dotor!

Desde una de las tantas puertas de la inmensa galería emergió Asunción, ya sin la jarra ni los trapos, con el rostro marcado por la angustia. Su voz quebrada se precipitó como un lamento: —¡Doctor… el amo Don Manuel! Esta tarde ha empeorado. La fiebre lo consume y delira recordando sus luchas.

—Calma, Asunción, calma. Ya estoy aquí. Veremos qué sucede, aunque sabes que la situación es muy difícil. Procura mantener la serenidad —dijo el Doctor con voz grave, como si quisiera imponer orden en medio del caos.

Tomasa permanecía a su lado, inmóvil, con la mirada fija en Asunción. En los ojos enrojecidos de la mujer se leía un desaliento profundo, y dos lágrimas brillantes se desprendieron, resbalando por sus mejillas oscuras e hinchadas como un río silencioso que delataba la magnitud de su dolor.

Las plantas dispersas por el patio, abatidas por el frío de junio, se inclinaban con un gesto de derrota. Sus hojas, amarillas y pardas, atrapaban los últimos destellos del sol, que comenzaba a teñirse de rojo como un presagio del crepúsculo cercano.

El hombre avanzó con paso firme hacia la puerta por la que había salido Asunción y se adentró en una habitación de humilde aspecto. Una rápida mirada bastó para confirmar la desnudez de aquellas paredes sin adornos ni cuadros, marcadas por manchas de humedad que revelaban la pobreza que la casa dejaba entrever desde afuera.

En el umbral, las dos mujeres permanecían tomadas de la mano, inmóviles, observando expectantes cada movimiento del recién llegado, como si en él se depositara una última esperanza.

Al fondo del cuarto, envuelta en penumbras, se alzaba una cama de hierro forjado, sobria y sin adornos. Sobre ella yacía un hombre cubierto por varias mantas, con un paño húmedo en la frente que intentaba mitigar la fiebre. Su respiración era un combate fatigoso, interrumpido por accesos de tos y balbuceos incoherentes, mientras el sudor lo bañaba como señal de su agonía.

A un costado, un viejo mueble con cajones mostraba las huellas del tiempo. Al otro, una silla de totora y una mesa rudimentaria, pequeña y gastada, exhibían también el paso de los años. Sobre la mesa descansaban la bandeja y la jarra, junto a frascos con brebajes, un candelero antiguo y un montón de trapos húmedos y secos, testigos mudos de la lucha contra la enfermedad.

El Doctor dejó la valija sobre la silla y la abrió con una lentitud casi ritual. De su interior extrajo unos anteojos, se los colocó y, con gesto solemne, se sentó al borde del lecho. Su mano recorrió primero las mejillas febriles del enfermo, luego la frente ardiente, apartando con cuidado el paño húmedo. Con extrema delicadeza levantó un párpado, lo soltó y, girando hacia las mujeres, pronunció con voz grave: —Tráiganme un candil, por favor.

La mulata, obediente y veloz, partió de inmediato tras el gesto imperioso de Asunción. A los pocos segundos regresó con el candil encendido, cuya luz temblorosa iluminó la mesa y el rostro fatigado del Doctor.

El Doctor volvió a abrir con sus dedos los párpados del enfermo, dejando que la luz del candil revelara la opacidad de sus ojos. Los cerró con delicadeza, acarició las mejillas febriles y tomó una mano por la muñeca buscando el pulso. Permaneció así, inmóvil, como si escuchara el latido de la vida misma. Repitió la maniobra en la otra mano y, tras unos minutos de silencio reflexivo, se incorporó lentamente. Guardó los anteojos en su estuche, cerró la valija y avanzó hacia las mujeres. Con voz grave, sin levantar la mirada, pronunció la sentencia que pesó como un golpe de campana: —Ya no tenemos nada por hacer.

De inmediato, las dos mujeres se fundieron en un abrazo, sollozando con la desesperación de quien intenta consolarse en medio de la desdicha. El Doctor se retiró lentamente de la habitación, avanzando por la galería en silencio. Se detuvo en un rincón sombrío y quedó pensativo, mientras en su mente se agolpaban fragmentos de las conversaciones que alguna vez había compartido con el ilustre Don Manuel, recuerdos que ahora pesaban como sombras en su memoria.

Asunción y Tomasa permanecieron junto al lecho, llorando en silencio mientras contemplaban el cuerpo del hombre que agonizaba con su último aliento. Desde que lo conocieron, habían cultivado por él un afecto sincero y profundo. Don Manuel era para ellas casi todo: un refugio de humanidad en contraste con otros lugares donde solo habían recibido indiferencia y olvido.

Así transcurrieron algunos minutos. Asunción, al notar aún la presencia del facultativo en la galería, se acercó al viejo mueble de la habitación. Revolvió entre los cajones hasta extraer un reloj de bolsillo, del que pendía una fina cadena artesanal. Lo sostuvo con ambas manos, fija la mirada en él, mientras su mente se llenaba de recuerdos.

Con paso pesado se dirigió hacia el médico y, entre sollozos, murmuró: —Doctor… usted sabe que la situación de Don Manuel no es la mejor. Después de todo lo que hizo por nosotros, ha terminado en soledad, casi en ruinas, olvidado por la mayoría. Lo único que le queda en esta tierra es nuestra fidelidad, la de nosotras dos, sus criadas.

—Asunción —interrumpió el hombre con voz grave—, tú sabes bien que siempre he respetado a Don Manuel. Jamás permití que una cuestión económica se interpusiera entre nosotros, aunque en ocasiones hayamos debatido ideas.

—Es verdad, Doctor, siempre lo supimos… —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Pero Don Manuel, tal vez presintiendo este final cercano, me pidió encarecidamente que le entregara lo último que le queda: este reloj. Quiso que, al partir de esta vida, nadie tuviera motivos…

La frase se quebró en su garganta y la mujer se desplomó en un llanto inconsolable, abrazando el reloj como si en él se aferrara la memoria de su amo.

El médico, conmovido por el dolor de aquella mujer y por la inminente pérdida de un gran hombre, tomó el reloj de las manos de Asunción. Lo contempló con melancolía, como si en sus engranajes se escondiera la memoria de una vida entera. Luego lo apretó con fuerza, descargando en ese objeto la impotencia de la ciencia y de los hombres frente al destino ineludible de la muerte.

Tomasa lanzó un grito llamando a Isabel desde la habitación. Corrió hacia ella y, al encontrarse, ambas se abrazaron, llorando con un desconsuelo que parecía no tener fin.

El Doctor Álvarez no necesitaba explicación alguna: el dolor hablaba por sí solo. En silencio atravesó el patio solitario, con la cabeza baja, rumbo a la gran puerta que Tomasa había dejado entreabierta. Las sombras de la noche comenzaban a extenderse, adueñándose de aquel 20 de junio como una mortaja que cubría la tragedia.

El Doctor salió de la vieja casa con el reloj guardado en el bolsillo de su chaqueta. El frío de junio le calaba los huesos, pero más hondo aún le pesaba la certeza de la impotencia humana frente al destino. El patio quedó atrás, sumido en sombras, y la gran puerta se cerró lentamente como un telón que clausura una última escena.

En la penumbra de la noche, el tic tac del reloj parecía resonar en su pecho, evocando en su mente que el tiempo no se detiene, aunque los hombres caigan y sean olvidados. Don Manuel había partido, pero su memoria quedaba suspendida en aquel objeto sencillo, convertido ahora en símbolo de dignidad y fidelidad.

El silencio de la casa se confundió con el silencio de la calle, y el Doctor, con la cabeza baja, se perdió en la oscuridad, llevando consigo no solo un reloj, sino el peso de una vida que había llegado a su fin.

Luis Rossi
Luis Alberto Rossi, escritor, odontólogo, enólogo y comunicador social.

Luis Alberto Rossi, escritor, odontólogo, enólogo y comunicador social.

Acerca del autor: Luis Alberto Rossi

Luis Alberto Rossi, nacido en Los Barriales (Mendoza) el 22 de mayo de 1961.

Entre sus títulos de nivel superior resaltan el de Enólogo, Odontólogo y Comunicador Social. Ha incursionado en radio, televisión y prensa gráfica desde el año 2007. Además, se dedica a la producción agropecuaria.

No tiene redes sociales porque el mejor entretenimiento es la lectura y el compromiso con sus actividades diarias. Comparte sus horas con la música y la pintura.

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