13 de junio de 2026 - 01:00

40 años sin Borges: su relación con Mendoza, un laberinto interminable

Desde el primer doctorado honoris causa que recibió en su vida hasta la historia (con visos de tragedia) de unos poemas inéditos, este artículo repasa el vínculo del autor de Ficciones con nuestra provincia, a 40 años de la muerte del gran escritor argentino.

Aquí. Hoy

Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y del término, la caja,

la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre;

pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo

esta meditación es un consuelo.

Borges no podía imaginar que el soneto que había dejado correr aparecería en el bolsillo de un hombre asesinado en Medellín. Héctor Abad Gómez era un reconocido médico y defensor de los derechos humanos, decano de la facultad de Medicina. Después de que los sicarios paramilitares lo mataran a balazos el 25 de agosto de 1987, cuando su hijo llegó a donde yacía el cadáver en la calle Argentina rescató del bolsillo de la camisa dos papeles. Uno era la hoja con la condena a muerte de veinte personas, de las cuales diecisiete fueron ejecutadas. Pero también encontró ese soneto firmado al pie "J.L.B.". Luego, no sólo escribió una nota periodística reproduciendo el poema, sino que lo hizo tallar en la lápida con la firma de Borges.

Casi veinte años después, en 2006, Héctor Abad Faciolince publicó un libro extraordinario sobre su padre titulado El olvido que seremos. Rápidamente se transformó en un suceso de lectores en Colombia y las ediciones se sucedieron. Inesperadamente, en 2007 apareció el estrambótico poeta Harold Alvarado Tenorio y le aseguró a Héctor que el poema no era de Borges, que lo había escrito él. Herido por la posibilidad de haber caído en una trampa, inició una pesquisa desesperada. Pero no tardó en encontrar inconsistencias en la versión del extravagante personaje. Al final Alvarado Tenorio, acorralado, le confesó: “Es cierto, yo no escribí el poema, lo escribió un tal Jaime Correas que vive en Mendoza, pero no quiere oír hablar del tema”. Fue así que Héctor me llamó por teléfono desde Berlín la tarde del 12 de agosto de 2007. Empezó diciendo: “No quiero que usted piense que yo estoy loco”. Y luego a borbotones desarrolló una historia increíble, cuyo origen remoto yo reconocí de inmediato hundido en mi memoria de estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo a fines de los 80. En medio de la agitación de su detallado y pertubador monólogo, lleno de violencia y engaños, se detuvo y me preguntó inquisitivo: “¿Usted escribió el soneto?” Lo alivié parcialmente: “No, el soneto es de Borges y lo publicamos junto a un grupo de compañeros de estudios con otros cuatro más, todos inéditos”. Casi sin dejarme terminar volvió a la carga: “¿Me lo asegura? Después de lo que está pasando ya no creo en nada, ni en nadie y para mí es muy importante conocer la verdad”. “Sí, créame, han pasado veinte años, pero reconocí de inmediato el verso que me citó: ya somos el olvido que seremos”. “¿Me ayudaría a demostrarlo?”, contraatacó. “Por supuesto”, respondí seco casi sin pensarlo.

El olvido que seremos
El olvido que seremos, novela de Héctor Abad Faciolince

El olvido que seremos, novela de Héctor Abad Faciolince

Recuerdo esos quince días posteriores al llamado como los más excitantes de mi vida intelectual. Iban y venían mails con detalles, novedades, suposiciones, pistas falsas y ciertas, personajes increíbles que entraban a los archivos clasificados de la inteligencia estadounidense o rastreaban los datos más insólitos, poetas de toda laya, víctimas y desencantados. Mi existencia comenzó a girar alrededor de la obsesión de aquel hombre salido de las sombras y ya no pude escaparme.

La historia que nos tenía por protagonistas a Héctor Abad Faciolince y a mí parecía urdida por una mente generadora de ficción. Como la de Borges. Sin embargo, todos los detalles de lo que semejaba una novela eran totalmente reales.

Aquellos cinco sonetos inéditos nos habían llegado a través de un amigo de uno de nosotros que los había recibido a su vez de su amiga Franca Beer, que estaba casada con el pintor Guillermo Roux. Borges le había entregado los textos a ella. Se los había prometidos a un poeta francés para acompañar una entrevista que le había hecho en su departamento de la calle Maipú, mientras Roux lo dibujaba. La travesura hecha por Borges dio lugar a un largo hilo de Ariadna que lo volvió a traer a Mendoza de un modo inaudito.

Encuentro con Borges y el doctorado honoris causa

En 1983 yo había conversado con él durante una mañana de sábado en la Galería del Este de Buenos Aires, a pocos metros del departamento de donde habían salido los sonetos. Iba a la Librería de la Ciudad a sentarse para conversar al azar con algún parroquiano. Un tío mío pidió a los encargados que me presentaran y fue así como me senté frente a Borges. Como le habían dicho que venía de Mendoza, se interesó en saber cómo estaban las acequias. Y de inmediato aparecieron recuerdos personales de interés hoy para nosotros: “Imagínese, -me dijo- yo, un hombre tan injustamente premiado, todavía sigo teniendo en primer lugar de mis preferencias el doctorado que me dieron en esa casi secreta Universidad de Cuyo. Fue el primero”. Pronto casi prescindió de mí para hilvanar sus propias perplejidades sobre la China y los elefantes, hasta que casi sin quererlo lo interrumpí para preguntarle por el gusto del ajenjo. Sin inmutarse, me informó: “Tiene un dejo a la menta, al hinojo. Pero, ¿por qué me pregunta eso?”. Le conté que estaba leyendo Bajo el volcán, la novela de Malcolm Lowry, y que el protagonista iba de borrachera en borrachera tomando ajenjo. “Me han hablado de ese libro, ¿a usted qué le parece?” Era su primer pedido de opinión y atropellándome las palabras le respondí que me gustaba bastante, pero que me aburría un poco. Borges se inquietó y con un amable enojo, como si lo hubiera ofendido, me amonestó: “Usted está muy equivocado, eso no puede ser, el único deber inexcusable de una novela es entretener al lector”. Fue el fin de nuestra conversación. Con cortesía sugirió que había llegado la hora de ir a almorzar. Pidió que lo acompañaran y se fue. Nunca terminé de leer Bajo el volcán, pero aprendí la mejor lección de mi vida de lector: una novela debe ante todo entretener al lector.

Con ese antecedente, cuando nos llegaron los poemas inéditos, imaginamos contactarlo y pedirle autorización para publicarlos con un prólogo suyo. Hacíamos unas antologías de poesías anónimas con nuestros propios poemas. Conjeturamos, con entusiasmo juvenil, que nuestro sello Ediciones Anónimos le simpatizaría. Pero los hechos se aceleraron y Borges murió en Suiza.

Publicación en Mendoza de poemas inéditos de Borges

Hicimos dos acciones en su homenaje. La primera fue iniciar la entrega de Poesía Anónima 4 con la dedicatoria “A Jorge Luis Borges, in memoriam”, bajo un texto de una entrevista que le habían hecho en la Universidad de Indiana. Allí se leen otras de sus inolvidables lecciones: “Yo no prefiero una cosa en detrimento de otra. Amo a todos los países y a todos los escritores que he leído (y hay muchos que nunca he leído y que sin embargo me han influenciado). Soy discípulo del pasado, de todo el pasado. No creo en las escuelas. No creo en las cronologías. No creo en la necesidad de fechar los escritos. Pienso que la poesía debería ser anónima. Por ejemplo, si pudiera elegir, desearía que alguno de mis poemas, alguna de mis historias, sean reescritos y mejorados por otro para que perduren y que mi nombre sea olvidado, como lo será con el tiempo. Tal es el destino de todos los escritores.” Esa declaración parecía hecha a medida de nuestra aventura poética.

La segunda forma de homenaje fue publicar sus inéditos en nuestros libritos. Para esa edición, sin valor comercial, hice una breve introducción fechada en Mendoza el 13 de noviembre de 1986. Está encabezada por una cita de T. S. Eliot, también premonitoria: “And all is always now”. Un verso que seguro le agradaba. Allí escribí: “Cuando este conjunto de poemas llegó a nuestras manos no era imposible suponer la inmortalidad del poeta. A principios de 1986 estos versos aparecieron mágicamente con la novedad de ser inéditos (al menos en libro). La idea inicial era comunicarse con Borges y pedir su autorización para publicarlos en una edición como la presente, pocos ejemplares y una distribución casi mano a mano.

“Los primeros meses de 1986 transcurrieron rápidamente, el establecimiento de Borges en Ginebra y luego su fallecimiento hicieron imposible el proyecto.

“La noticia, llegada por teléfono, fue una tranquila tristeza: ‘debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta’ había escrito en uno de los poemas de Los conjurados, su último libro. Sus fechas quedaron fijadas: 1899-1986.

“Lo sucedido confirmaba que un poeta vivo no es igual a uno muerto. Siempre, frente a la poesía, existe la afirmación de un hombre vivo. Un extraño ser que en algún lugar está soñando.

“Borges nos regaló el placer de la lectura. Ahora es ya una ausencia, una sombra en el tiempo, es un nombre, unas fechas y unos textos, también algunas noches, el amor y tanto asombro. Queda una mañana compartida, una amable conversación y la extraña sensación de que no existe el olvido”.

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Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince

Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince

La clave de la difusión del soneto que llegó al asesinado en Medellín estuvo en que enviamos aquella publicación a varios poetas importantes de los que teníamos las direcciones postales: Octavio Paz, Roberto Juarroz y José Emilio Pacheco, entre otros. Los poemas salieron en la prensa más prestigiosa mexicana y española. Los ecos de esas publicaciones llegaron a la revista colombiana Semana y el padre de Héctor los leyó como una suerte de poético testamento.

De toda aquella experiencia resultaron no sólo el maravilloso libro El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, al que Mario Vargas Llosa catalogó en 2010 como “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”, sino su largo texto Un poema en el bolsillo, donde cuenta con amorosos detalles, fotos y mapas nuestra aventura conjunta. Forma parte de su libro Traiciones de la memoria de 2009. Y, también, mi novela Los falsificadores de Borges de 2011.

los falsificadores de borges
Los falsificadores de Borges, de Jaime Correas

Los falsificadores de Borges, de Jaime Correas

Más relaciones de Borges con Mendoza

Quizás lo que acabo de contar sea uno de los últimos ecos resonantes de la relación de Borges con Mendoza hasta estas jornadas magníficas que estamos viviendo, en las cuales nuestro poeta vuelve a imponerse a nosotros con su presencia.

Vale la pena entonces repasar algunas otras visitas suyas. Borges inició su contacto con la Universidad Nacional de Cuyo en 1940. Edmundo Correas, rector fundador un año antes, rememoró que se lo recomendaron cuando estaba en la organización. Se reunió con el posible postulante en el City Hotel de Buenos Aires y le ofreció $300 para encargarse de la cátedra de Literatura Española. La respuesta fue: “Es mucho, porque aquí solamente gano $180 en una biblioteca municipal, pero no puedo aceptar, no soy catedrático, no sé hablar, apenas escribo algunas cosas insignificantes”. Correas insistió, incluso agregó el ofrecimiento de la cátedra de Literatura Hispanoamericana para hacer más tentadora la oferta, pero Borges se mantuvo firme y replicó que, con seguridad, los alumnos lo silbarían. Correas no se dio por vencido y le ofreció hacer el ensayo de viajar a Mendoza y disertar sobre un tema que él eligiera. Borges le confesó que no conocía la provincia y ante el ofrecimiento de pasaje en avión o en ferrocarril, medio que le sugirió el rector, deslizó con sello inconfundible: “Creo -respondió sonriente- que el paisaje no es muy variado: unas veces se ven cuatro vacas y un caballo y otras veces, son cuatro caballos y una vaca”.

Dieciséis años después, siendo ya un notable conferenciante, viajó a Mendoza acompañado de su madre, doña Leonor Acevedo. Venía a recibir el tan mentado doctorado honoris causa.

Hace años mi maestra Emilia de Zuleta, ante mi interés por saber de aquel hecho que aparecía en la solapa de la edición verde de Obras Completas de Emecé, en las que tantos hemos leído a Borges, me entregó una nota manuscrita con su firma. Me aseguró que algún día sería historia y que quería dejármelo para que yo lo transmitiera: “Fue Félix ‘Grillo’ della Paolera quien sugirió la idea de conceder el doctorado ‘honoris causa’ a Borges. Amigo desde su juventud en Adrogué, fue también él quien le presentó a un talentoso boliviano, Marcial Tamayo, y a Adolfo Ruiz Díaz, quienes en colaboración escribirían Borges, enigma y clave.

“Borges siempre recordó ese primer Doctorado y dejó amigos en Mendoza adonde volvió en diversas ocasiones acompañado por su madre Doña Leonor Acevedo y posteriormente, por su primera esposa Elsa Astete Millán.

“El acto de la concesión de este Doctorado, para ser comprendido en su significación plena, debe ser situado en su contexto; se trataba de una reivindicación del escritor perseguido por el peronismo en el ciclo abierto por la Revolución Libertadora.”

El propio Della Paolera en 1999 en el diario La Nación dio una explicación política clave: “En 1956, un grupo de izquierda, con el argumento de que Borges no tenía un título universitario, quiso que le sacasen la cátedra de literatura inglesa. Yo conocía al decano de la Facultad de Filosofía, y le conté el caso. Lo nombraron entonces doctor honoris causa de la Universidad, y quedó habilitado para enseñar donde quisiera.”

Anécdotas de Borges en Mendoza

Otro dato también importante es que fue “Grillo” quien le presentó a Borges a Marcial Tamayo y a Adolfo Ruiz Díaz, coautores de Borges, enigma y clave. El libro apareció el 11 de marzo de 1955, cuando todavía el futuro de Perón era incierto y publicar un libro sobre Borges no era lo más prometedor para un intelectual. Sigue siendo uno de los mejores libros sobre ciertos textos borgeanos. Se lo puede leer con admiración por su prosa y por la solidez de sus análisis que no han envejecido. Rodolfo Modern ha escrito que la participación de Tamayo fue “más que nada, de carácter simbólico”.

La figura de Ruiz Díaz, injustamente olvidada, tom

a vuelo en su relación con Borges. Adolfo fue un maestro clave para muchos de los que pasamos por sus cátedras. Tuve la suerte de cursar Introducción a la Literatura y Estética con él, además del seminario de licenciatura. Desplegaba con sus alumnos el encanto inigualable de su personalidad inteligente, seductora, cómplice. Es enorme nuestra deuda con él. No sólo por sus clases y su extraordinario libro, sino también por sus muchos artículos, varios de los cuales conservo dedicados. Son el testimonio de aquellas largas charlas en la facultad o en su estudio del callejón Delgado.

Amalia Ugo, esposa de Ruiz Díaz, fue testigo privilegiada de varios capítulos de esa larga amistad y contó: “Borges llego a Mendoza en tren, en compania de su madre, Leonor Acevedo. Esa manana lo esperabamos, junto a varios escritores locales, en la estacion San Martin.

-¡Maestro!- le dijeron. Y tras los saludos, le preguntaron que estaba escribiendo.

-En el tren era difícil dictarle a madre -dijo-; pero he pensado algunas coplas, esas que parecen de todos y que ya debieran estar escritas.

Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges

Le rogaron que recitara alguna y Borges primero separo suavemente a su madre diciéndole: ‘Vaya para alla, madre, por favor’. Entonces dijo:

‘Hay en medio de la plaza

del pueblo de Pehuajó

un letrerito que dice

la puta que te parió.

Las risas distendieron los ánimos y se produjo el acercamiento cordial que quedaba trunco frente a Borges, debido a su respetada y temida intelectualidad. De allí —continúa Amalia— fuimos al Instituto de Lenguas y Literaturas Modernas en calle 9 de Julio. Dos alumnas buscaban algo en el fichero y al volverse, vieron a Borges. —¡Profesor Borges! —exclamaron efusivas y emocionadas. Al atardecer, realizaron el acto academico en el Decanato de la Facultad de Filosofia y Letras. Tras la parte protocolar, Borges agradecio: Hoy por la manana, unos colegas que fueron a recibirme a la estacion, me dijeron ¡Maestro! Y yo no soy maestro. Despues, en el Instituto de Ruiz Diaz, unas alumnas me dijeron: ¡Profesor! Y yo no soy profesor. Y ahora me dan una mencion universitaria. ¡Que carrera rapida que he hecho! Voy a decirle a mis amigos que no pierdan el tiempo en Buenos Aires y que se vengan sin tardanza a Mendoza”.

La cobertura de Los Andes de la visita de Borges a Mendoza

Seguir la cobertura del diario Los Andes de aquellas jornadas nos revela una clave esencial de una relación que duró años. El sábado 28 de abril se publicó una extensa entrevista hecha por Antonio Di Benedetto. Meses más tarde daría a conocer su obra mayor, la novela Zama. Era un joven de 34 años, que luego de aquel encuentro fue invitado por Borges en 1958 a la Biblioteca Nacional a hablar nada menos que de literatura fantástica.

He registrado algunas otras visitas de Borges a Mendoza. En 1965 le hizo una larga entrevista en Los Andes Rodolfo Bracelli que se tituló, quizás con ironía dibedenettiana, “Un reportaje-novela a Jorge L. Borges”. Esa nota fue el germen del famoso libro Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo publicado por Galerna en 1979.

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Jorge Luis Borges, entrevistado por Rodolfo Braceli en Mendoza, para el diario Los Andes.

Jorge Luis Borges, entrevistado por Rodolfo Braceli en Mendoza, para el diario Los Andes.

También es interesante y está muy bien cubierta en Los Andes la visita de julio de 1969. Borges dio dos conferencias: “La pintura y las letras” y “El compadrito”. Vino acompañado de Elsa Astete Millán, fallida esposa de la que se separaría al año siguiente.

Queda pendiente una minuciosa pesquisa sobre los viajes de Borges a San Rafael, a la casona de Los Álamos, donde lo recibía su amiga Susana Bombal, tía de nuestro añorado Camilo, hacedor del laberinto y de sus hermanos, nuestros amigos Caro y Nacho, dos titanes en la conservación y difusión de ese legado que por la vía de su hermano les viene de Susana, quien, como sentenció Borges, con precisión:

Está donde haya música, en el leve

azul, en el hexámetro del griego,

en nuestras soledades que la buscan,

en el espejo de agua de la fuente,

en el mármol de tiempo, en una espada,

en la serenidad de una terraza

que divisa ponientes y jardines.

tapa de página 12 con diploma de uncuyo
Portada del suplemento de Página/12 con una foto de Jorge Luis Borges en su habitación. En una de las paredes se ve el diploma del doctorado honoris causa que le dio en Mendoza la Universidad Nacional de Cuyo. Fue el primero de los que recibió en toda su vida.

Portada del suplemento de Página/12 con una foto de Jorge Luis Borges en su habitación. En una de las paredes se ve el diploma del doctorado honoris causa que le dio en Mendoza la Universidad Nacional de Cuyo. Fue el primero de los que recibió en toda su vida.

Para terminar este recorrido quiero hablar de una imagen que encontré hace años de casualidad y que tiene un detalle que hoy, en el contexto de este encuentro, adquiere especial significado. No he podido encontrar esa foto en ningún otro lugar, salvo en la tapa del suplemento Primer Plano del diario Página/12 del domingo 25 de febrero de 1995. Allí se ve a un Borges anciano, sentado en su austera cama de hierro, en su habitación. Hay un tigre de porcelana. He leído que era azul y sobre la cabeza del felino pende un diploma, sin marco, que se puede imaginar apenas detrás de un vidrio. El escudo es inconfundible, es el de la Universidad Nacional de Cuyo, tan caro a quienes pasamos por ella, con el cóndor y la inscripción en el libro “In spiritus remigio vita”, felizmente traducido “en el espíritu aletea la vida”. He atesorado ese suplemento entre cientos de diarios, porque comprendí que esa foto nos demuestra sin dudas que muchos años después de aquel doctorado de 1956 Borges lo seguía teniendo entre sus recuerdos más preciados, tal como me confesó. Mientras terminaba estas palabras lo busqué porque, como otras veces, estaba traspapelado. Lo encontré, por suerte. Viendo la imagen, sentí la felicidad de volver a comprobar que el amor de Borges por esa casi secreta universidad a la que tantos le debemos tanto no era una construcción falsa de mi memoria sino una realidad inobjetable.

(*) El autor es escritor, periodista y miembro de la Academia Argentina de Letras. Este texto es la adaptación de una conferencia que ofreció en 2025.

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