15 de enero de 2014 - 00:22

La cuestión educativa

La necesaria reflexión que conduce a la comprensión y a la aprehensión de conocimientos se ha ido perdiendo en los alumnos de todos los niveles. El autor analiza esta problemática de la educación y propone un retorno a antiguos sistemas, aunque adaptándol

En estos días, puede sonar un tanto "gastado" este asunto que siempre me ha preocupado, como a tantos educadores argentinos. No intentaré realizar un análisis ni tan siquiera superficial del resultado de la prueba PISA. No, puede prestarse a la polémica; todo es opinable, pero algo pasa según PISA.

Simplemente quiero rescatar, desde mis papeles de no hace mucho tiempo, un pequeño gran tópico que (con la cabida del oxímoron) es -precisamente- uno de los motivos más difíciles de subsanar en nuestro sistema educativo, aunque pueda parecer una cuestión menor.

En este mismo medio (el 1/8/2008) pude publicar el título: "La educación perdida", en el que expuse la afligente carencia que hoy se advierte en el alumno (término medio), cual es el no haber alcanzado a comprender qué significa estudiar. No debe interpretarse esta aseveración, nacida en la percepción personal, como una minimización de mi valoración de las capacidades de los estudiantes.

Muy por el contrario: no son ellos los responsables del desvanecimiento de aquella costumbre del estudio cotidiano, que era cosa corriente en los años sesenta, setenta y mitad de los ochenta. Tiempos en los que la lección oral del día, la prueba sorpresa, etc., nos forjaron el hábito de estudiar cada día, tan siquiera un poco.

Estoy plenamente convencido de que no es éste el único motivo de la merma que señalo, pero no logro comprender por qué el sistema ha ido perdiendo vigor en los niveles de exigencia sobre la reflexión, las implicancias y vinculaciones entre conceptos y otros aspectos que hacen al fortalecimiento del "organismo" que es necesario estructurar para la comprensión integral de lo que se estudia.

Puede observarse (en numerosos casos) una deficitaria comprensión del texto; también faltan las antes clásicas preguntas "¿por qué?" y "¿para qué?" en cada paso del razonamiento, inclinándose la balanza del esquema de estudio hacia el automatismo volátil de la memorización, con escasa dosis de reflexión.

El esfuerzo docente se hace más intenso, y el mismo alumno sufre la gran adversidad de no saber manejar la "maquinaria" del aprendizaje que se sustenta, entre otras técnicas, en el detenimiento oportuno y suficiente para la fijación de la idea, antes de continuar intentando  armar el edificio sin el cimiento consolidado.

Una teoría que me animo a exponer es que la velocidad de respuesta de las búsquedas por internet -poderosa aliada- nos ha hecho "amigos de la urgencia".
 
Pero cuando hay que frenar las premuras para dar tiempo a la absorción y adsorción del conocimiento que se pretende adquirir, hay una "velocidad máxima" que -sin quererlo- se viola con suma frecuencia.

La otra componente surge de la necesidad de llegar lo más pronto posible al diploma, precipitación impuesta incluso por el mismo medio; hay componentes de facilismo en algunos casos, etc.; pero no debe calificarse como eficaz la conducta del taxímetro que recorre grandes distancias, acelerando tanto la marcha que termina el día sin levantar un solo pasajero.

Todos los logros importantes de la humanidad comenzaron en las utopías, pero fue el pensamiento y el trabajo lo que las transformaron en realidades concretas.

Esto no es nuevo: ya lo expresaba Confucio, cinco siglos aC: "Estudiar sin reflexionar es malgastar la energía" que, no por ser antigua, esta sentencia deja de tener plena vigencia.
Es por eso que, subsanando dificultades de orden socio-económico, cuestiones no menores que no quedan fuera de esta problemática, según mi parecer deberían rescatarse las cosas buenas de los antiguos sistemas, adaptadas a los tiempos que corren, aprovechando las herramientas de la informática usadas en la justa medida, etc.

Pero hay algo que no se debe negociar jamás: la excelencia, aunque a otras corrientes de concepción pedagógica pueda no gustarles el sustantivo.

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